dimarts, 9 de setembre de 2008

El Desayuno de los Campeones - Kurt Vonnegut


Vonnegut, Kurt. El Desayuno de los Campeones (Breakfast of Champions)
Barcelona: Anagrama, 1999

Traducció: Cecilia Ceriani i Txaro Santoro
Col.lecció: Panorama de Narrativas, 440




>> Què en diu la contraportada...
Philboyd Studge, un autor de novelas de humor muy negro y decididamente molestas para los bienpensantes, decide a sus cincuenta años de vida escribir su obra definitiva, en la que aparezcan todos los personajes e historias que han quedado flotando como desechos de sus otros libros, todas las ideas que no aprovechó, todos sus recuerdos y hasta sus dibujos.
Y Studge, que hace y deshace en su libro como si fuera Dios jugando con el universo, construye a partir del providencial encuentro entre su personaje favorito, Kilgore Trout, desconocido y cincuentón escritor de novelas de ficción científica, y Dwayne Trout, un acaudalado vendedor de coches que descubre en un libro de Trout un "mensaje" que cree que está destinado sólo a él, una obra total donde cabe todo su caótico universo real e imaginario. Y así, en una novela ficticia que se despliega dentro de una novela real como una sucesión de muñecas rusa, o de cajas chinas, encontramos los divertidísimos resúmenes de los libros publicados e inéditos del escritor Kilgore Trout, las venturas y desventuras familiares de Dwayne, el demente vendedor de coches cuya mujer se suicidó bebiendo un desatascador de tuberías y que tiene un hijo homosexual y pianista que no es precisamente su descendiente soñado, y también una miríada de sorprendentes personajes secundarios, algunos de los cuales ya han aparecido en otras novelas de Vonnegut, y otros que, como el inefable pintor Rabo Karabekian de Barbazul, retornarán como protagonistas años y libros más tarde...
Con El Desayuno de los Campeones, Vonnegut ha escrito una de las grandes novelas de los años setenta. Los críticos han comparado esta exuberante y divertidísima farsa sobre los mecanismos de la creación y la aventura de la vida con las obras de Lewis Carroll, y han visto en el ingenuo y a la vez sabio Kilgore Trout una peculiar y original versión de Alicia, trasplantada a la tremenda e inolvidable América de las Maravillas vonnegutiana.
"Único...Kurt Vonnegut es uno de los escritores que trazan el mapa de nuestros paisajes mentales, que otorgan nombre a nuestros lugares más secretos" (Doris Lessing, The New Tork Times Book Review)
"Kurt Vonnegut es George Orwell, el doctor Caligari y Flash Gordon fundidos en un solo escritor...un científico loco, que simula ser un bufón, pero jamás olvida la ética" (Time)
"Nuestro humorista negro más corrosivo. Ante sus obras, la risa es una forma de autodefensa" (The Atlantic Monthly).

>> Com comença...
El Desayuno de los Campeones es el nombre de unos cereales para el desayuno, marca registrada de General Mills, Inc. La utilización de ese mismo nombre como título de este libro no pretende sugerir ninguna relación especial con General Mills ni ningún patrocinio. Tampoco debe tomarse como un menosprecio a sus selectos productos.

La persona a quien está dedicado este libro, Phoebe Hurty, ya no se cuenta entre los vivos, como suele decirse. Era una viuda que conocí en Indianápolis bien entrada la Gran Depresión. Yo tenía unos dieciséis años y ella alrededor de cuarenta.
Era rica pero no había dejado de trabajar ni un día, así que seguía haciéndolo. Escribía una columna, sensata y divertida, de consejos para enamorados en el Times de Indianápolis, un buén periódico ya difunto.
Difunto.
También escribía anuncios para la Compañía William H. Block, unos grandes almacenes que aún siguen marchando muy bien en un edificio que diseñó mi padre. Una vez, con ocasión de unas rebajas de verano, escribió un anuncio para unos sombreros de paja que decía: "A este precio, puede ponerle sombrero a su caballo y hasta a sus rosas.".

>> Moments...
(Pàg. 69)
Un médico negro observaba cómo Mary Young moría de neumonía en el Hospital del Condado.
Aquel médico no la conocía. Llevaba en Midland City sólo una semana. Ni siquiera era un compatriota americano, aunque había hecho la carrera de medicina en Harvard. Era un indaro de Nigeria. Se llamaba Cyprian Ukwende. No sentía ninguna afinidad con Mary ni con ningún norteamericano negro. Sólo sentía afinidad con los indaros.
Cuando murió, Mary se encontraba tan sola en el planeta como Dwayne Hoover o Kilgore Trout. No se había reproducido nunca. No había alló amigos o parientes que la vieran morir, así que las últimas palabras que pronunció antes de abandonar este planeta se las dijo a Cyprian Ukwende. No tenía ya aliento suficiente para que le vibraran las cuerdas vocales. Sólo pudo mover los labios sin emitir ningún sonido.
He aquí todo lo que se le ocurrió decir sobre la muerte: "¡Caray, caray!".

(Pàg. 77)
Las prostitutas trabajaban para un chulo. Era espléndido y cruel. Para ellas era un dios. Les quitaba el libre albedrío, lo cual estaba perfectamente bien. A ellas no les interesaba, de todas formas. Era como si se hubiesen entregado a Jesucristo, por ejemplo, de tal manera que podían vivir generosa y confiadamente, sólo que en vez de eso se habían entregado a un chulo

(Pàg. 86)
-Me he dado cuenta de que Dios no es conservacionista -dijo Trout -,así que, además de un sacrilegio es una pérdida de tiempo. ¿No ha visto usted nunca alguno de Sus volcanes o de Sus tornados o de Sus maremotos?¿Nadie le ha hablado de las glaciaciones que organiza cada medio millón de años?¿Y qué me dice de la enfermedad de los olmos? Para usted es una buena medida conservacionista, ¿no? Y todo esto lo hace Dios, no el hombre. Es probable que justo cuando logremos limpiar nuestros ríos, Él haga que toda la galaxia estalle como si fuera de celuloide. Eso es lo que era la estrella de Belén, ya sabe.

(Pàg. 87)
-Pero lo de mi hermano es aún peor -continuó diciendo el camionero-. Trabaja en una fábrica que se dedica a hacer productos químicos para matar plantas y árboles en Vietnam.
Vietnam era un país en el que los Estados Unidos de América estaban intentando que la gente dejara de ser comunista tirándoles cosas desde aviones. Y los productos químicos a los que se había referido estaban pensados para matar toda la vegetación para que así a los comunistas les fuera más difícil esconderse de los aviones.
-No se preocupe por eso- le dijo Trout
- A largo plazo él también se está suicidando -dijo el camionero-. Parece como si, hoy en día, la única clase de trabajo que pudiera conseguir un americano fuera suicidarse de algún modo.
- Buena observació -dijo Trout.

(Pàg. 130)
Patty Keene era tonta a propósito, lo mismo que la mayoría de las mujeres de Midland City. Todas aquellas mujeres tenían cerebros grandes porque eran animales grandes, pero no los usaben demasiado por la siguiente razón: las ideas originales podían acarrerar enemistades, y las mujeres, si querían lograr cierta seguridad y una vida cómoda, necesitaban hacer acopio de la mayor cantidad de amigos posible.
Así que, por un simple interés de supervivencia, se entrenaban para ser máquinas "de agradar" en vez de ser máquinas "de pensar". Lo único que sus cerebros tenían que hacer era descubrir lo que estaban pensando otras personas y, después, pensar lo mismo.

(Pàg. 155)
Dwayne se quedó un rato en silencio. Luego, con tono titubeante, le contó a Francine un viaje que había hecho a las oficinas centrales de la División Pontiac de la General Motors en Pontiac, Michigan, apenas tres meses después de que su esposa tomase Drano.
- Nos enseñaron todas las áreas de investigación -dijo. Y añadió que lo que más le había impresionado fue una serie de laboratorios y zonas de pruebas al aire libre donde se destruían diferentes partes de los automóviles e incluso automóviles enteros. Los científicos de Pontiac prendían fuego a las tapicerías, arrojaban grava contra los parabrisas, partían ejes de cigüeñal y ejes de motores, organizaban choques frontales, arrancaban de cuajo las palancas de cambio, aceleraban los motores al máximo casi sin lubricación, abrían y cerraban las guanteras cien veces por minuto durante días, sometían los relojes del salpicadero a temperaturas bajo cero, y cosas por el estilo.
- Hacían todo lo que se supone que no debe hacerse a un coche - siguió contándole Dwayne a Francine-. Y nunca olvidaré el cartel que había en la puerta principal de aquel edificio donde se llevaban a cabo todas esas torturas.
Éste es el cartel que Dwayne describió a Francine:

- Al ver aquel cartel -dijo Dwayne-, no pude evitar pensar si no sería ésa la razón por la que Dios me puso en este mundo: para descubrir cuánto puede llegar a aguantar un hombre sin romperse.

(Pàg. 193)
-¿Sabes qué es para mí la verdad? -dijo Karabekian-. Pues cualquier estupidez en la que crea mi vecino. Si quiero estar a bien con él, le pregunto qué es lo que él cree, entonces me lo cuenta y yo digo: "Sí, sí...es la pura verdad".

(Pàg. 211)
La verdad es que gran parte de las conversaciones de la gente consiste en repetir los eslóganes de la televisión, tanto de los programas actuales como de los que ya han dejado de emitirse.

(Pàg. 221)
Trout era el único personaje de todos los que yo había creado que tenía la imaginación suficiente como para sospechar que podía llegar a ser la creación de otros ser humano. Ya había hablado varias veces de esta posibilidad con su periquito. Le había dicho, por ejemplo: "Si quieres que te sea sincero, Bill, tal como van las cosas, lo único que puedo pensar es que soy un personaje de un libro inventado por alguien que quiere escribir sobre un ser humano que sufre todo el tiempo."

(Pàg. 221)




A mi entender, era una ecuación errónea. Tendría que tener una "C" mayúscula en algún sitio. Una "C" de Conciencia, sin la cual ni la "E", ni la "M", ni la "c", que es una constante matemática, podrían existir.

(Pàg. 225)
Ahora voy a hacer una suposición arriesgada: Creo que el final de la guerra civil en mi patria significó una gran frustración para la gente blanca del Norte, que salió vencedora. Creo que sus descendientes heredaron esa frustración sin siquiera saber a qué atribuirla.
Los vencedores se sintieron timados porque les habían arrebatado el botín más preciado de la esa guerra, que eran los esclavos.

(Pàg. 267)
-Señor Trout...Kilgore...-le dije-, tengo en la mano el símbolo de la plenitud, la armonía y el alimento espiritual. Es de una simplicidad oriental, pero nosotros somos americanos, Kilgore, y no chinos. Y como americanos que somos necesitamos símbolos con gran riqueza cromática, tridimensionales y con contenido. Sobre todo, estamos sedientos de símbolos que no hayan sido corrompidos por los grandes pecados que nuestra nación ha cometido, como la esclavitud, el genocidio, la desidia criminal, la prepotencia, la avidez y la astucia comerciales.

>> Altres han dit...
El Archivo de Nessus, Quemen todos sus libros

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Kurt Vonnegut, El desayuno de los campeones, contracultura, misoginia, Drano, Lewis Carroll, Doris Lessing, The New York Times Book Review, George Orwell, doctor Caligari, Flash Gordon, Time, The Atlantic Monthly, General Mills Inc, Dios, conservacionismo, Vietnam, comunistas, Pontiac, General Motors, E=mc2, esclavismo, guerra civil americana


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