dimecres, 15 de febrer de 2012

Bolero en la villa de los viejos - Fatos Kongoli


Kongoli, Fatos. Bolero en la villa de los viejos.
Madrid:  Siruela, 2011







Bolero në vilën e pleque

Traducció de Ramón Sánchez Lizarralde
Col·lecció Nuevos Tiempos, 188


>> Què en diu la contraportada...
Una pareja de viejos en una casa y una enfermera que cuida de ellos. En el último tramo de su vida, los viejos se escriben cartas el uno al otro, que hacen desaparecer sin dejar rastro, mientras la enfermera se esfuerza en vano por apoderarse de ellas.
El mundo cerrado de la villa es una y otra vez alterado por el médico de la familia, un tipo socarrón y dado a los placeres; el hijo de los viejos, patrono de un poderosa empresa de construcción, junto con su joven y bella esposa; la hija mayor de los viejos, una inflexible magistrada; otra mujer tan enigmática como hermosa, siempre vestida de negro, etcétera.
Prodigándonos su prosa más perfecta mediante el relato de la enfermera, Kongoli desvela los secretos de ésta, los dramas de los personajes con sus complejidades y sus deseos ocultos, en un ambiente a menudo feroz, implacable, en el que la mujer es siempre la más indefensa.

>> Com comença...
Hacia el mediodía, la jefa de enfermeras me dijo que debía presentarme ante el jefe del pabellón. A mi mirada interrogante ella respondió con un encogimiento de hombros y me abandonó en mitad del pasillo con la orden de que dejara cualquier otro asunto y acudiera allí donde se me llamaba.

>> Moments...
(Pàg. 17)
(...) yo me incluía en la categoría de mujeres feas. Éstas, cuando tienen algún poder, como Hipopótamo, son despreciadas, odiadas por sus colegas. Cuando no lo tienen, como es mi caso, se las menosprecia. Como un objeto que forma parte quién sabe por qué de la decoración ambiental. Para mis colegas, y de manera general para cualquiera que entrara y saliera del pabellón, yo he sido siempre un objeto decorativo. Un ser en el nivel cero de desarrollo mental. Todas me daban órdenes y yo las obedecía a todas. Me hacía cargo de trabajos que no me correspondían y los cumplía sin alterarme. Era mi modo de sobrevivir, de adaptarme a un mundo en el que una mujer como yo queda fuera de juego.

(Pàg. 30)
Nada hay comparable al momento en que, después de haber reunido cierta experiencia decepcionante, llegas a experimentar tu propia banalidad. Es algo que no tiene nada que ver con la fealdad ni con la belleza. Se trata sencillamente de decepción de una misma.

(Pàg. 43)
Las mujeres albanesas, guapas o feas, jóvenes o viejas, intenten o no suicidarse mediante uno de los procedimientos conocidos, son todas bestias cansadas. Es algo que puede comprobarse por la mañana, cuando se despiertan. Lo sé por experiencia. Sus caras, cuando se levantan por la mañana, dan ganas de llorar.

(Pàg. 91)
Las aventuras y las mujeres ya no existían para él. Sus músculos se habían vuelto fofos, su piel flácida, sus manos impotentes. Solamente los ojos, con aquel brillo oculto, testimoniaban una chispa de deseo, vano, pero tan vano como la existencia misma. Una vez le dijo al doctor que cuanto más envejece un hombre más loco se vuelve en sus preferencias con las mujeres, las desea lo más jóvenes posible, y en esto la naturaleza incurría en una monstruosa injusticia: en la vejez, el ser humano está cruelmente condenado a la exclusión.

(Pàg. 117)
Me violaron los seis, con el mismo estilo. Me penetraban brutalmente, me daban mordiscos en los labios y, entre la peste a alcohol y a tabaco, me escupían la palabra inmundicia. Cuando se me echó encima el cuarto violador, creí que me moría. Ya no entendía nada, quién me violaba y quién me soltaba. No tenía ya ni su peste a alcohol y a tabaco mezclados, ni la palabra inmundicia ni el estallido de sus eyaculaciones. Solamente experimentaba un terrible dolor en el bajo vientre. Los labios rasgados. Y el estruendo del mar.
Puede que Ana muriera mientras a mí me violaban a la orilla del mar, bajo el estruendo de las olas.

(Pàg. 123)
“(...) ¡Eres ingenuo, Adán! Desde que Eva te engañó y mordiste la manzana prohibida, los hombres no hacen otra cosa que comer de esa misma manzana, eternamente, sin alcanzar nunca a comprender quién es Eva”.

(Pàg. 160)
En el fondo, el asunto radica en que el mundo está mal hecho. El dios en el que tú crees lo ha edificado de la forma más perversa, condenándonos a muerte desde el momento en que nacemos, otorgándonos ciertas cualidades y privándonos de ellas cuando empezamos a comprender algo, justamente el momento en que nos despoja de todo. No me refiero a la vida, nos la ha dado cuando le ha parecido bien y nos la arrebatará cuando se le antoje. Si el dios en el que tú crees existe, yo lo acuso de injusticia. No existe injusticia mayor que la degradación a la que somete de forma metódica a la mujer y al hombre, su transformación en seres miserables, repulsivos, eso a que nos hemos vistos reducidos tú y yo.

(Pàg. 183)
Acudí a la iglesia un domingo, a comienzos del mes de marzo del año pasado. Nunca había puesto los pies en una, desconozco las normas, y tampoco me sirven para nada. Desde que me incluí a mí misma en la categoría de las feas, las relaciones con el cielo no me interesaban.

(Pàg. 231)
Aquella noche, como de costumbre, puse la mesa a las ocho. Él bajó, tomó asiento en su silla, y a continuación me senté también yo, al lado contrario. “Este país nuestro está maldito”, dijo. Yo guardé silencio. A saber lo que había visto en el televisor. Sólo veía los informativos una vez al día, antes de la comida del mediodía. “¿No crees también tú que este país está maldito?”, preguntó al comprobar que yo no reaccionaba. Pero yo continué guardando silencio. Si hubiera hablado le habría dicho: “Me importa un bledo si este país está maldito o no. La que está maldita soy yo”.

(Pàg. 232)
No recuerdo cómo llego a este punto, pero no puse en duda que él lo supiera todo de mí. Todos debían de saberlo. “Desprecio la compasión de los demás”, dije en voz baja. “Por mí no ha sentido lástima ni Dios”. “Dios no tiene lástima de nadie”, dijo el viejo.

>> Altres n'han dit...

dimecres, 8 de febrer de 2012

Viaje al pasado - Stefan Zweig


Zweig, Stefan. Viaje al pasado.
Barcelona:  Acantilado, 2009






Reise in die Bergangenheit

Traducció de Roberto Bravo de la Varga
Col·lecció Cuadernos, 35


>> Què en diu la contraportada...
Viaje al pasado (llamado también por su autor «Resistencia de la realidad» y publicado por Acantilado en el volumen La Mujer y el Paisaje) narra la historia del reencuentro, al cabo de muchos años y en un mundo definitivamente nuevo, de dos seres que se amaron y que creen amarse aún. Separados por la Gran Guerra antes de poder objetivar su amor, se encuentran ahora inmovilizados por la resistencia a poder llevarlo adelante, tan fuerte es la carga del pasado. Propio del mejor Zweig, en esta vibrante historia de un amor imposible, el lector encontrará el hechizo inolvidable de su autor para evocar los sentimientos a través del gesto y el detalle.

>> Com comença...
-¡Ahí estás!
Con los brazos extendidos, casi se podría decir que abiertos de par en par, salió a su encuentro.
-¡Ahí estás!- repitió de nuevo, y su voz recorrió esa escala que asciende cada vez más luminosa desde la sorpresa hasta la absoluta felicidad, mientras miraba la figura de la amada, rodeándola de ternura-. ¡Ya empezaba a temer que no fueras a venir!
-¿De verdad? ¿Tan poca confianza tienes en mí?

>> Moments...
(Pàg. 21)
Había amado a aquella mujer desde su primer encuentro, pero a pesar de la irresistible pasión que dominaba sus sentimientos, filtrándose en sus sueños, le faltaba algo decisivo que conmoviera su ser: tomar conciencia de que, al margen de excusas, lo que se empeñaba en ocultarse a sí mismo bajo el nombre de admiración, respeto o afecto, hacía tiempo que se había convertido en puro amor, un amor obsesivo, desatado, ardiente.

(Pàg. 23)
Pero el amor sólo se confirma de verdad como tal cuando deja de revolverse dolorosamente en el interior de uno, oscuro como un embrión, y es nombrado con los labios y el aliento, cuando se atreve a confesar su existencia. Aunque el sentimiento se obstine en perseverar como crisálida, siempre llega el momento en que el vago capullo eclosiona de repente y se precipita con el doble de violencia desde la altura hasta lo más hondo del corazón sobresaltado.

(Pàg. 30)
Dos años, dos meses, dos semanas simplemente, sin aquella suave luz sobre su camino, sin contar con sus amenas conversaciones todas las tardes...No, no, no lo podría soportar. Y lo que hacía sólo diez minutos le había llenado de orgullo, su misión en México, el ascenso, el poder creador, se había contraído, había estallado como una radiante pompa de jabón, y ya sólo quedaba la distancia, la ausencia, el cautiverio, el destierro, el exilio, la aniquilación, una separación a la que no se podía sobrevivir.

(Pàg. 36)
Como animales, calientes y ávidos, caían uno sobre otro cuando se encontraban en un pasillo oscuro, detrás de una puerta, en un rincón, entre dos minutos robados; la mano quería sentir la mano, el labio al labio, la sangre inquieta sentir a su hermana, todo buscaba febrilmente a todo, cada nervio ardía por gozar la sensualidad de un pie, de una mano, de un vestido, de cualquier parte viva de sus cuerpos anhelantes.

(Pàg. 51)
Y cuando, el tercer año de guerra, un viaje de negocios le llevó a la casa de un gran comerciante alemán de Veracruz y conoció a su rubia hija, discreta y hogareña, se apoderó de él el miedo a quedarse solo para siempre en medio de un mundo que se venía abajo por el odio, la guerra y la locura.

(Pàg. 60)
Y, de repente, se dio cuenta de que la serenidad que habían mantenido mientras hablaban era falsa, que en alguna parte todavía quedaba algo sin resolver, algo por solventar en su relación, y que aquella amistad no era más que una máscara puesta artificialmente sobre un rostro nervioso, inquieto, turbado por la confusión y la pasión.

(Pàg. 74)
Muros que caminaban, escuadras que marchaban unas tras otras en líneas de a cuatro empavesadas con banderas, gentes con atuendos militares que desfilaban marcando el paso como un único hombre, haciendo retumbar el suelo al mismo ritmo, la nuca rígida, echada hacia atrás con enérgica resolución, la boca abierta de par en par para cantar, una voz, un paso, un ritmo. En la primera fila, generales, dignatarios de pelo cano cubiertos de bandas, flanqueados por la juventud que llevaba con atlética firmeza gigantescas banderas tiesas y derechas, haciendo que ondearan al viento calaveras, cruces gamadas, antiguos estandartes imperiales, sacando el pecho, adelantando la frente como si salieron al encuentro de las baterías enemigas. Como si las forzara a avanzar un puño que fuera fijando la cadencia, geométricas, ordenadas, marchaban las masas al compás, guardando exactamente la distancia y manteniendo el paso, tensando todos los nervios, con una mirada amenazante la distancia y manteniendo el paso, tensando todos los nervios, con una mirada amenazante en el rostro, y siempre que una nueva falange –veteranos, jóvenes del pueblo, estudiantes- pasaba por delante de una tribuna elevada donde la percusión de los tambores descargaba golpes de acero sobre un invisible yunque dictando obstinadamente el ritmo, una sacudida recorría la muchedumbre de cabezas que se volvían marcialmente hacia la izquierda girando unánimes la nuca, levantando palpitantes las banderas desplegadas con cordones ante el caudillo del ejército que con rostro de piedra asistía impertérrito a la parada de los civiles.

(Pàg. 76)
-¡Qué locura!- balbució sorprendido sintiendo vértigo-. ¡Qué locura! ¿Qué quieren? ¿Otra guerra, otra guerra?
¿Otra guerra como la que había hecho pedazos su vida entera? Con un extraño temblor miró sus rostros jóvenes, se quedó mirando absorto a esa masa que avanzaba negra, en escuadras de a cuatro, esa cinta cinematográfica cuadrada que se desenrollaba de la estrecha bobina que contenía una oscura cajita, y cada rostro en el que se paraba estaba igual de tieso, resuelto y amargado, era un arma, una amenaza. ¿Y a qué venía esa amenaza que se extendía como una nota discordante en la suave tarde de junio, metida a martillazos en una amable ciudad que soñaba despierta?
- ¿Qué quieren? ¿Qué quieren?

(Pàg. 77)
Acababa de contemplar el mundo con la claridad de un cristal diáfano, cubierto de ternura y amor por el sol, se había dejado llevar por una melodía de bondad y de confianza, y de repente empezaba a resonar el paso de las masas marchando como entonces, aplastándolo todo, ceñidas marcialmente, mil voces, mil temperamentos y, sin embargo, un solo aliento, una sola voz, una sola mirada. Odio, odio, odio.

(Pàg. 89)
¿Cómo había podido olvidar durante tantos años ese poema, esa velada en la que solos en la casa, confusos por ello, huyeron de la embarazosa  conversación buscando un punto de encuentro más amable en los libros, donde, detrás de las palabras y de la melodía, de vez en cuando brilla el relámpago que nos permite reconocer un sentimiento íntimo (...).