dimarts, 28 d’abril de 2015

Angkor - Lorenzo Mattotti.




"Angkor es un umbral entre la luz y la sombra."




Mattotti, Lorenzo. Angkor
Madrid: Ediciones Sinsentido, 2003

Angkor. Traducció de Eduardo Caro
Col·lecció Cuaderno de viaje



>> Com comença...
Una vez en Bangkok Lorenzo Mattotti no salió del aeropuerto. Ni siquiera intentó ir a Phnom Penh. n pequeño bimotor de la Bangkok Airways lo trasladó directamente a Siem Repa, en el corazón de Camboya. Quería evitar el caos de la metrópoli moderna, olvidar los desastres de una guerra y de un genocodio que habían minado el país, tanto en sentido literal como figurado. A través de la ventanilla miraba el mosaico luminoso de los campos y de los arrozales, las oscuras cintas de los ríos, las chozas de las aldeas...

























>> Moments...
(Pàg. 9)
(...) cuando  el agua cae sobre la piedra roja, todo se confunde: "Los templos se convierten en manchas rojas que se diluyen en la sombra de los árboles, los rostros de las estatuas parecen desencajarse".

(Pàg. 11)
Los monzones, el sol, la vida, las masacres pasan sobre las piedras, pero todo permanece en calma imperturbable; no he visto sino armonía y dulzura.

(Pàg. 14)





































(Pàg. 52)







(Pàg. 66)
Cuando llueve, los colores cambian. La piedra, muy porosa, se tiñe de rojo herrumbroso y verde cobrizo, como si el tiempo la hubiera oxidado.Todo el entorno se desmorona: los budas se desdibujan, ya no se distinguen sus perfiles. Las esculturas de los monos guerreros y de las serpientes sagradas parecen aún más enigmáticas. La atmósfera tiene algo de dramático.

(Pàg. 67)

























(Pàg. 80)

























(Pàg. 83)
























(Pàg. 87)
























(Pàg. 94)
























(Pàg. 99)
























(Pàg. 102)
























(Pàg. 106)
Angkor está lleno de umbrales. Angkor es un umbral entre la luz y la sombra.
El paso de una dimensión a otra está constantemente subrayado.
¿Cuántas puertas hemos franqueado? Angkor es un camino jalonado de puertas.

>> Altres n'han dit...
The Comics Reporter, enola.be.

>> Enllaços:
Lorenzo Mattotti, l'autor sobre el seu estilrecorregut, sobre els quaderns de viatge, el còmic i els viatges.

dissabte, 25 d’abril de 2015

Un vigilante junto al muerto y otros relatos de terror - Ambrose Bierce




"¿Es que el lector no tiene deberes que se corresponden con sus privilegios?"




Bierce, Ambrose. Un vigilante junto al muerto y otros relatos de terror. 
Madrid: Valdemar, 1996

A watcher by the dead. Traducció de Rafael Lassaletta i J.Sánchez García-Gutiérrez
Col.lecció El Club Diógenes, 54.




 Què en diu la contraportada...
Ambrose Bierce, escritor y periodista norteamericano, apodado «bitter Bierce» debido a su humor negro y corrosivo, nació en Ohio en 1842 y participó en la Guerra de Secesión como voluntario de las tropas federales. Herido en la batalla de Kennesaw Mountain, sobrevivió para escribir una serie de cuentos inmortales antes de desaparecer en 1913 en el territorio del México insurgente, rodeado de una nube de misterio muy acorde con su tenebrosa imaginación. En este volumen continúan las crónicas del lado más siniestro del universo, por el que Bierce deambulaba como un invitado de excepción, recorriendo en este caso la región de los espectros y aparecidos y las pesadillas que acechan en el fondo de nuestros sueños.


 Com comença...
En una habitación del piso superior de una vivienda desocupada situada en esa parte de San Francisco que se conoce con el nombre de North Beach, yacía bajo una sábana el cadáver de un hombre. La hora estaba próxima a las nueve de la noche; la habitación, apenas iluminada por una sola vela.
Un vigilante junto al muerto

 Moments...
(Pàg. 45)
Podía ser hermosa pero no era fácil decirlo porque los ojos impedían que se prestara atención al resto del cuerpo: eran de color verde grisáceo, largos y estrechos, con una expresión que desafiaba todo análisis. De lo único que podía estar seguro uno es de que eran inquietantes. Cleopatra debió tener unos ojos semejantes.
Los ojos de la pantera. 

(Pàg. 62)
No fue capaz de gritar, ni para salvar su vida; como era hombre de coraje, no lo habría hecho, ni para salvar la vida, aunque hubiera sido capaz de ello. Pudo sentir cierto temblor en su cuerpo cobarde, pero su espíritu era de un material más duro.
Los ojos de la pantera.

(Pàg. 77)
La sangre de sus venas era fuerte y estaba enriquecida con el hierro de los hombres de la frontera. Pertenecía a aquella raza que, dos generaciones atrás, había sometido al indio.
El entorno conveniente.

(Pàg. 79) 
- (...) Es tan fuerte su deseo de leer mi historia que voluntariamente está renunciando a consideraciones egoístas y perdiendo todo el placer que podría obtener de ella.
- No lo entiendo -contestó el primero plegando el periódico que sostenía y metiéndolo en el bolsillo-. De todos maneras ustedes, los escritores, son bastante raros. A ver, dígame lo que he hecho o dejado de hacer en este asunto. ¿En qué medida depende de mí el placer que obtengo, o podría obtener, de su obra?
- De muchas maneras. Permítame preguntarle si disfrutaría mucho de su desayuno si lo tomara en este coche público en la calle. Supongamos que el fonógrafo se ha perfeccionado tanto que puede darle una ópera entera: canto, orquestación y todo lo demás; ¿cree usted que le proporcionaría mucho placer si lo pusiera en marcha en el despacho mientras trabaja? ¿Importa realmente una serenata de Schubert cuando la escucha interpretada por un italiano inoportuno en un transbordados matinal? ¿Está siempre preparado y dispuesto para el placer? ¿Mantiene todos los estados de ánimo a su disposición, listos para cualquier demanda? ¡Permítame, señor, que le recuerde que la historia que me ha hecho el honor de empezar, como una manera de olvidarse de la incomodidad de este coche es una historia de fantasmas!
- ¿Y bien?
-¿Cómo que y bien? ¿Es que el lector no tiene deberes que se corresponden con sus privilegios? Usted ha pagado cinco centavos por ese periódico. Es suyo. Tiene el derecho a leerlo donde y cuando quiera. Gran parte de lo que contiene no se ve afectada, ni para bien ni para mal, por el momento, el lugar o el estado de ánimo; una parte exige en realidad que se lea enseguida: mientras se encuentra en efervescencia. Pero mi historia no tiene ese carácter. No es "lo último" de Fantasmalandia.  No se espera de usted que esté au courant de lo que está sucediendo en la esfera de los espectros. La historia se conservará hasta que tenga usted tiempo para introducirse en el marco mental apropiado para el sentimiento de lo escrito; y respetuosamente opino que no podrá conseguirlo en un coche público, aunque sea el único pasajero. ese tipo de soledad no es la adecuada. Un autor tiene sus derechos, que el lector está obligado a respetar.
- ¿Puede darme un ejemplo concreto?
- El derecho a la atención continauda del lector. Negárselo es inmoral. Compartir su atención con el traqueteo de un coche, con el móvil panorama de las multitudes por las aceras y de los edificios al otro lado -con cualquiera de las miles de distracciones de nuestro entorno habitual- es tratar el autor con grave injusticia. ¡Dios mío, es algo infame!
El entorno conveniente

(Pàg. 82) 
- (...) ¿Cómo, cuándo y dónde debería leer su historia de fantasmas?
- En soledad, por la noche, a la luz de una vela. Hay ciertas emociones que un escritor puede provocar con bastante facilidad: como la compasión o la alegría. Puedo conmoverle  hasta las lágrimas o la risa casi bajo cualquier circunstancia. Pero para que mi historia de fanstasmas sea efectiva debe disponerse a sentir miedo, por lo menos una poderosa sensación de lo sobrenatural, y eso y a es más difícil. Tengo derecho a esperar de usted que si quiere leerme me dé una posibilidad; que usted mismo se predisponga y se vuelva accesible a la emoción ue trato de inspirar.
El coche había llegado ya a su destino y se detuvo. Acababa de completar el primer viaje del día y la conversación de los dos primeros pasajeros no había sido interrumpida. Las calles se encontraban todavía silenciosas y desoladas; las azoteas de las casa empezaban a ser rozadas por el sol naciente. Cuando se bajaron del coche y se marcharon caminado juntos, Marsh contempló atentamente a su compañero, del que se decía que era adicto, como casi todos los hombres de capacidad literaria poco frecuente, a diversos vicios destructivos.  Ésa es la venganza que las mentes oscuras sueles cobrarse contra las más brillantes, por el resentimiento que les causa la superioridad de estas últimas.
El entorno conveniente

(Pàg. 91)
Tengo la convicción de que el don de los sueños es un valioso obsequio literario, pues, si con alguna técnica aún no descubierta pudiéramos captar, fijar y utilizar las insólitas imágenes que proporciona, tendríamos una literatura "muy por encima de lo corriente".
Visiones de la noche

(Pàg. 92)
Pero la imaginación no es otra cosa que recuerdo. Si no, intenta imaginar algo que nunca hayas visto, sentido, oído o leído.
Visiones de la noche.

(Pàg. 103)
Silas estaba indudablemente muerto y nadie podría mencionar un solo fallo en la ceremonia que hubiera justificado su regreso desde la tumba. Sin embargo, y a pesar de que el testimonio humano tiene siempre una gran validez en cualquier situación (incluso una vez consiguió acabar con la brujería en Salem), Silas regresó.
La jarra de Sirope

(Pàg. 117) 
Soy un hombre de los más desafortunado. Rico, respetado, bastante bien educado y de buena salud (aparte de otras muchas ventajas generalmente valoradas por quienes las disfrutan y codiciadas por lo que las desean). A veces pienso que sería menos infeliz si tales cualidades me hubieran sido negadas, porque entonces le contraste entre mi vida exterior e interior no exigiría continuamente una atención ingrata.
Una carretera iluminada por la luna.

(Pàg. 120)
La juventud es Galad, donde existe un bálsamo para cada herida. ¡Ah! ¡Si pudiera vivir de nuevo en aquella tierra encantada!
Una carretera iluminada por la luna

(Pàg. 122)
En este mundo uno debe tener un nombre; evita la confusión, incluso hasta cuando no aporta una identidad.
Una carretera iluminada por la luna

(Pàg. 131)
(...) Pero no; no conocemos otro mundo que el vuestro, aunque para nosotros no existe la luz del sol, ni calor, ni música, ni risa, ni cantos de pájaros, ni compañía. ¡Dios mio! ¡Qué cosa es ser un fantasma, encogido y tembloroso en un mundo alterado, presa de la aprensión y la desesperación!
Una carretera iluminada por la luna.

 Altres n'han dit...

 Enllaços:

dilluns, 6 d’abril de 2015

El dimoni a cada pas - Donald R. Pollock






"-(...) Àvia, el món és ple de fills de puta."



Pollock, Donald R., El dimoni a cada pas. 
Barcelona: Empúries, 2012

The devil all the time. Traducció de Francesc Rovira
Col·lecció Narrativa, 425


 Què en diu la contraportada...
A les entranyes d'una Amèrica tan profunda com despietada de mitjan segle XX, en Willard, un pare marcat pel que ha viscut a la Segona Guerra Mundial, instrueix el seu fill: «El món és ple de fills de puta». Donald Ray Pollock repeteix escenari, la fondalada de Knockemstiff (Virgínia de l'Oest), per bastir una novel·la compacta i intensa, amb tot de personatges de vides descarnades, emmalaltides per una fe obsessiva o la falta d'ambició que ofega l'entorn. Un fotògraf assassí en sèrie i la seva parella sortint de cacera, un predicador que obeeix senyals de Déu, el nou reverend de l'església Coal Creek i la seva galeria de devotes, un propietari sense escrúpols, un xèrif a la corda fluixa... i l'Arvin, el fill d'en Willard, que mira de sobreviure no només al seu passat. «És difícil dur una vida virtuosa; sembla que el dimoni no descansi mai».

Sense concessions però sense escenes gratuïtes, D. R. Pollock emmarca la sordidesa des de dins mateix del quadre i serveix la misèria humana crua i a llesques, com si fossin simples circumstàncies.

 Com comença...
Un matí plomís de finals d'un octubre humit, l'Arvin Eugene Russell seguia el seu pare, en Willard, pel marge d'un prat des d'on es dominava tota la fondalada allargada i rocosa anomenada Knockemstiff. En Willard era un home alt i prim, i a l'Arvin li costava Déu i ajuda seguir-li el pas.

 Moments...
(Pàg. 13)
Quan van ser a la camioneta, va agafar un drap de sota el seient i es va netejar la sang de les mans.
- Recordes el que et vaig dir l'altre dia? -va preguntar a l'Arvin.
- Allò dels nens de l'autobús?
- Sí. Doncs em refereia a això -va dir en Willard, assenyalant el caçador amb un moviment de la barbeta abans de llançar el drap brut per la finestra -. El secret és trobar el moment just.
- Entesos, pare -va fer l'Arvin.
- El món és ple de fills de puta.
- Quants n'hi ha? Més de cent?
En Willard va riure per sota el nas i va posar la primera.

(Pàg. 18)
Arriba un moment que els èxits dels altres t'acaben tocant els collons.

(Pàg. 47)
"Et dono gràcies, Senyor, per donar-me forces per no fotre-li una pallissa a aquell sac de greix d'en Henry Dunlap. I dóna-li tot el que desitgi en aquesta vida, tot i que he de confessar, Senyor, que no em faria res veure'l ofegar-se en la seva pròpia riquesa".

(Pàg. 51) 
Sempre es  moria algú o altre en alguna banda del món; l'estiu del 1958, l'any en què l'Arvin Eugene Rusell feia deu anys, li va arribar el torn a la seva mare.

(Pàg. 70)
Sentia un grup de nois al pont de formigó de davant de la botiga que cridaven i feien xivarri cada vegada que passava un cotxe. Alguns hi eren cada vespre, fes bo o plogués. Tots, sense excepció, eren pobres com una rata. Tot el que desitjaven de la vida era un cotxe que corregués molt i una noia amb un bon cul. Va pensar que, en certa manera, tenia els seus avantatges viure només amb aquelles expectatives. De vegades li hauria agradat no ser tan ambiciós.

(Pàg. 78)
Algunes persones naixien només perquè algú les enterrés (...).

(Pàg. 93)
Es va fixar en un quadre de marc vulgar penjat a l'altra banda de l'habitació, un bodegó de mal gust que no retindria mai a la memòria cap dels hostes d'aquell dormitori fètid. No se li acudia cap altra utilitat per a aquells trasto que no fos recordar a tothom que el món és un lloc merdós on estem atrapats.

(Pàg. 124)
-(...) Àvia, el món és ple de fills de puta.
- Verge santa, Arvin, per què no pares de repetir aquesta frase?
- Perquè és veritat.
- Llavors potser hauries de provar de resar per ells - proposava ella-. Resar no fa mal a ningú, oi que no?
En moments com aquells, l'Emma es penedia d'haver demanat al reverend Sykes que deixés que el noi trobés tot sol el camí cap a Déu. Ara li feia l'efecte que l'Arvin sempre semblava a punt de caminar en la direcció contrària.
L'Arvin va fer ulls d'exasperació. Aquella era la solució de la seva àvia per a tot.
- Potser no -deia-, però la Lenora ja resa de sobres per tots dos, i tampoc no veig que en tregui res de bo.

(Pàg. 264)
La força de l'impacte el va fer girar sobre si mateix. Va recular unes quantes passes, però va recuperar l'equilibri i va mirar d'aixecar la pistola per apuntar al noi; llavors, una altra bala li va travessar el pit. Va caure d'esquena amb un soroll sord. Notava que tenia la pistola del 38 a la mà, però els dits no li responien. Va sentir la veu remota de la Sandy, com si repetís el seu nom una vegada i una altra: Carl, Carl, Carl. Volia respondre-li i va pensar que si descansava un moment encara podia redreçar tot allò. El va començar a envair una sensació de fredor. Va notar com el cos se li enfonsava en un forat que semblava obrir-se a terra, i aquella sensació, com si alguna cosa li xuclés l'aire, el va espantar. Va serrar les dents i va fer un esforç per sortir del forat abans de caure massa endins. Va notar com s'elevava. Sí, per Déu, encara podia arreglar aquell daltabaix, i llavors tocarien el dos. Va visualitzar els dos nens que l'havien saludat dalt de les seves bicicletes. S'han acabat les fotografies, volia dir-li a la Sandy, però li costava respirar. Llavors, una cosa amb unes immenses ales negres se li va posar al damunt i el va enfonsar cap avall, i, tot i que la seva mà esquerra s'aferrava amb desesperació a l'herba i la terra per no relliscar, aquest cop no ho va poder evitar.

(Pàg. 286)
(...) va tornar a enfundar la pistola.
- Ho veus, home? No costava tant, oi que no - Va anar cap a la porta.- Algun dia serà un bon delator.
En Hank va observar com el xèrif pujava al cotxe patrulla i enfilava  Black Run Road amunt. Va posar les dues mans planes sobre el taulell i va acotar el cap. Darrere seu, amb una veu suau com un xiuxiueig, el locutor satisfeia una altra petició feta des del fons del cor.

(Pàg. 289)
Va mirar Jesús dalt de la creu i va aclucar els ulls. Va provar amb totes les forces de visualitzar Déu, però era incapaç de concentrar-se. A la fi va desistir i va imaginar que el miraven els seus pares, cosa que li va resultar mol més fàcil. Li feia l'efecte que tota la seva vida, tot el que havia vist o havia dit o havia fent, l'havia conduït a aquells moment: a la fi sol amb les fantasmes de la seva infantesa.

 Altres n'han dit...
Els llibres del senyor dolent, Tot és una mentida, EnquatricomiaNosaltres llegimLa tormenta en un vasoEl placer de la lectura, Entre montones de libros, Propera parada: culturaThe wind that shakes the barley, Un pickwickiano en BlandingsEl Cultural, El Boomeran(g)Lector malherido, Estado CríticoEl lamento de Portnoy, Hungry like the Woolf.

 Enllaços: 
Donald R. Pollock, l'autor sobre el seu llibre, l'autor sobre el seu llibre (2)bombolles de sensacions, ingredients principalsgòtic sureny?, novel·la negra?sobre la idea deformada de Déu, sobre la violència.


dimecres, 1 d’abril de 2015

Compañía K - William March




"(...) la más grande de todas las mentiras son las palabras "Dios es Amor". Esa es sin duda la peor mentira jamás inventada por el hombre."




March, William. Compañía K
Barcelona: Libros del Silencio, 2012

Company K. Traducció de Bianca Southwood


 Què en diu la contraportada...
En 1917, como tantos otros estadounidenses, William March se alistó voluntariamente en los Marines para combatir en la primera guerra mundial. De aquella experiencia brutal y absurda surgiría Compañía K, que terminó de escribir en 1933: una colección de 113 estampas —tituladas con los nombres y apellidos de cada uno de los soldados que formaban la unidad— en la que nos ofrece una visión de la guerra sumamente realista y humana; un retrato de la estupidez y la violencia a la que se ven obligados los hombres cuando son llevados a los límites de su cordura.

En lo que supone un ejercicio de precisión admirable, March consigue retratar en esta novela la oscuridad del espíritu humano en toda su dimensión; algo verdaderamente insólito tratándose de un superviviente de la Gran Guerra, ya que su generación no tuvo el coraje de escuchar las sombrías verdades que los soldados trajeron de regreso a casa.

Comparada a menudo con Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remerque, y con Trampa 22, de Joseph Heller, Compañía K es una obra con una potencia artística fuera de lo común y ha sido considerada la gran antecesora de la literatura antibelicista que se popularizó a partir de la segunda guerra mundial y, sobre todo, a partir de la guerra de Vietnam.


 Com comença...
Hemos cenado y mi esposa y yo estamos sentados en el porche. Todavía falta una hora para que anochezca y mi mujer ha traídos una labor. Es de color rosa y está llena de encaje, algo que está cosiendo para una amiga que se casará dentro de poco.
A nuestro alrededor, los vecinos riegan el césped o están sentados en sus porches, como nosotros. Mi esposa y yo hablamos con algún que otro amigo que pasa por delante y nos saluda con la cabeza o se para a charlar un momento, pero por lo general estamos callados.
Sigo pensando en el libro que acabo de terminar. Me planteo: "Por fin he acabado mi libro, pero me pregunto si he logrado lo que me propuse".
Entonces pienso: "Este libro empezó siendo un testimonio de mi compañía, pero ya no quiero que sea eso. Quiero que sea un testimonio de todas las compañías de todos los ejércitos (...)."
El soldado Joseph Delaney.

 Moments...
(Pàg. 44)
Es fácil distinguir un viejo campo de batalla donde muchos hombres han perdido la vida. La primavera siguiente, la hierba crece más verde y más lozana que la del paisaje circundante; las amapolas son más rojas, los acianos más azules. Brotan por todo el campo y por las paredes de los hoyos formados por los obuses al explotar, y se inclinan, casi rozándose, encima de las trincheras abandonadas, creando una masa de color que se mece todo el día según cómo sopla el viento.
El soldado Joseph Delaney.

(Pàg. 57)
A eso me refiero cuando hablo de los muchachos que se pasan el rato escribiendo cartas a los suyos. No lo entiendo. No son más que tonterías. Cualquiera que se preocupe por otro es un pobre idiota, en mi opinión. A mí todo me importa un comino: aprovéchate de todo lo que puedas, eso es lo que yo digo, y no des nada a cambio, si de ti depende.
El sargento Michael Riggin.

(Pàg. 58)
La guerra es un negocio como cualquier otro, es evidente, y para llegar a alguna parte hay que ajustarse a sus peculiaridades y jugar las cartas tal y como te han sido repartidas.
El sargento Theodore Donohoe.

(Pàg. 75) 
El coronel estaba en la línea esa tarde y, junto con su edecán, observaron mis tiros a través de sus potentes gemelos. Me pusieron por las nubes cuando le di al noveno y yo sonreí como un paladín. Y es qyue aquellos hombres estaban tan lejos que no parecía que matara a nadie, en realidad. De hecho, nunca los había considerado hombres, sino muñecos, y resultaba difícil pensar que algo tan pequeño pudiera sentir dolor o pena.
El sargento Wilbur Tietjen.

(Pàg. 80) 
Me tumbé, acurrucado y tembloroso, en la trinchera poco profunda con el fusil aplastado contra mi cuerpo. La lluvia también empapaba los cadáveres de los hombres enterrados a toda prisa y el aire se inundó de hedor a descomposición.
Vi a un hombre que se acercaba a mí, erguido e impertérrito. Iba descalzo y sus hermosos cabellos eran largos. Alcé el fusil para matarlo, pero cuando me di cuenta de que era Cristo volví a bajarlo.
- ¿Me habrías hecho daño? -me preguntó con tristeza.
Le dije que sí y empecé a blasfemar:
-¡Debería darte vergüenza dejar que siga todo esto! ¡Debería darte vergüenza!
Entonces Cristo extendió sus brazos hacia el campo anegado, hacia la alambrada enredada, hacia los árboles chamuscados cual dientes en un mandíbula macilenta.
- Dime qué debo hacer -dijo-. ¡Dime qué debo hacer, si lo sabes!
En ese momento me puse a llorar y él lloró conmigo y nuestra lágrimas fluyeron con las lentas gotas de la lluvia.
El soldado Edward Romano.

(Pàg. 98)
Encima de mí un tipo hablaba sin parar de Nebraska. Su cabeza, que asomaba por encima de la litera, tenía un color blanco grisáceo y sus uñas habían cobrado un color azulado. Hablaba en voz queda y lenta. Tenía muchas ganas de hablar porque sabía que iba a morir antes de llegar al hospital. Pero no había nadie que lo escuchara. Estábamos allí tumbados, casi en silencio, pensando en nuestras desgracias, como carneros recién castrados, demasiado cansados para consolarnos con juramentos. Permanecimos mudos, mirando fijamente al techo, o echando algún vistazo por las puertas al campo precioso, ahora en plena floración.
El soldado Martin Dailey.

(Pàg. 124)
(...) todos habíamos aprendido algo: si los soldados rasos de cada ejército pudieran reunirse a la orilla de un río para hablar tranquilamente de las cosas, no habría guerra que durara más de una semana.
El soldado Plez Yancey

(Pàg. 131)
Al principio solía escuchar a Les Yawfitz y a ese tal Nallet cuando discutían en la barraca. Los dos habían estudiado en la universidad y siempre tenían algo que decir acerca de cualquier tema que saliera. Pero hablaban sobre todo de la guerra y de que la habían ocasionado unos intereses económicos para unos fines egoístas. Se burlaban de la posibilidad de que el idealismo o el amor a la patria tuvieran algo que ver con la guerra. Es brutal y degradante, decían, y los bobos que luchan son títeres manipulados para servir a los intereses de otros.
Durante un tiempo los escuché y traté de esclarecer mis propias ideas. Entonces dejé de darle más vueltas. Si lo que dicen es verdad, prefiero no saberlo. Me volvería loco y me pegaría un tiro si creyera que esas cosas son cierta. A menos que un hombre realmente lo viva así, no entiendo cómo puede estar dispuesto a... cómo puede permitirse...
De manera que ahora, cuando se ponen a hablar, me levanto y me marcho de la barraca o me vuelvo hacia la pared y me tapo los oidos.
El soldado Emil Ayres. 

(Pàg. 166) 
El cabo Foster estaba colocando a los prisioneros en fila, blasfemando con ira y agitando los brazos. "¿Por qué no me niego a hacerlo? -pensé-. ¿Por qué no nos negamos todos? Si nos plantamos un número suficiente de hombres, ¿qué pueden hacer?" Entonces comprendí claramente la realidad de aquello: "Nosotros también somos prisioneros. Todos somos prisioneros...".
El soldado Walter Drury.

(Pàg. 170) 
"Todo cuanto me han enseñado a creer acerca de la misericordia, la justicia y la virtud es mentira -pensé-. Pero la más grande de todas las mentiras son las palabras "Dios es Amor". Esa es sin duda la peor mentira jamás inventada por el hombre.
El soldado Charles Gordon.

(Pàg. 190)
Unos minutos más y entraremos a atacar. Oigo el tictac de mi reloj. Este silencio es peor que el bombardeo en sí. Nunca he estado bajo fuego enemigo y desconozco si podré soportarlo. No imaginaba que fuera a ser así. Quiero dar media vuelta y echar a correr. Supongo que soy un cobarde.
El soldado Silas Pulman. 

(Pàg. 222)
- (...) He ganado a los oradores y a las funerarias en su propio campo!¡Los he vencido a todos! Nadie más podrá utilizarme como símbolo. ¡Nadie más podrá mentir a costa de mi muerte!
- Chitón! -musitó el alemán-. ¡Chitón! ¡Chitón!
El dolor entonces se hizo tan insoportable que me atraganté y mordí el alambre con los dientes. El soldado alemán se acerco un poco más y puso una mano en mi cabeza.
- Chitón -me rogó-. Chitón, por favor.
Sin embargo, no podía parar. Me retorcí en la alambrada y chillé. El alemán sacó una pistola y empezó a darle vueltas entre las manos, sin mirarme. Entonces colocó el brazo debajo de mi cabeza para levantarme y me besó suavemente la mejilla, repitiendo frases que no comprendía. Me di cuenta de que él también había estado llorando.
-¡Hazlo"-lo insté-. ¡Rápido" ¡Rápido!
Durante unos instantes permaneció donde estaba con las manos temblorosas. Luego apretó el cañón contra mi sien, apartó la mirada y disparó.  Pestañeé un par de veces antes de cerrar completamente los ojos. Apreté los puños y los aflojé muy lentamente.
- He roto la cadena -susurré-. He vencido a la estupidez inherente a la vida.
-¡Chitón! -dijo-.¡Chitón! ¡Chitón! ¡Chitón!.
El soldado desconocído.

(Pàg. 273)
Regresé de la guerra convertido en un hombre huraño y rencoroso. Creí que si los demás captaban el horror y el sinsentido de la guerra, si conocían sus hechos brutales y estúpidos, se negarían a matarse entre sí cuando una sala llena de políticos decidiera por ellos que su honor había sido vulnerado.
El soldado Sylvester Keith.

(Pàg. 280)
(...) Bien, veo que el director está haciendo señas para informarme de que las otras clases ya han acabado, pero antes de pasar a la sala de catequesis quiero que penséis en la bella muerte de Hermie Gladstone, chicos. ¡Es posible que algún día os llamen a vosotros también para defender a vuestra patria y a vuestro Dios! Y cuando llegue ese día, recordad que nuestra vidas no nos pertenecen a nosotros, sino al Creador del universo y al presidente Hoover, y que ¡siempre debemos someternos a su voluntad sin hacer preguntas!
El soldado Colin Wiltsee.

(Pàg. 286)
Nunca me curaré, pero pienso vivir todo el tiempo que pueda. Con solo estar aquí tumbado, respirando, consciente de la vida que me rodea, tengo suficiente. Con solo ver cómo se mueven mis manos y contemplarlas, mientras pienso: "¿Lo ves? Estoy vivo. Muevo las manos", tengo suficiente. Voy a vivir todo el tiempo que pueda y lucharé por el último suspiro que dé. ¡Mejor sufrir los dolores más extremos del infierno que conseguir la libertad de la nada!.
El soldado Theodore Irvine.

(Pàg. 299)
-(...) ¿Por qué me mataste? -preguntó con tristeza-.¿Por qué quisiste hacer eso?
- ¡No volvería a hacerlo! -susurré-. ¡Por Dios que no lo haría!
El alemán movió la cabeza de un lado a otro y de repente levantó los brazos y los extendió.
- Lo único que sabemos es que la vida es dulce y dura poco. ¿Por qué la gente tiene que envidiarse? ¿Por qué nos odiamos? ¿ Por qué somos incapaces de vivir en paz en un mundo tan hermoso y tan amplio?
Me tumbé boca arriba, me aplasté la boca con la almohada y golpeé el colchón con mis débiles manos. Sentía algo semejante al hielo saliendo de mi corazón y fluyendo hacia mi cabeza y hacia mis pies. Tenía las manos frías, además, y me sudaban a chorros, pero mis labios estaban resecos y no conseguía separarlos. Cuando ya no podía soportarlo más, me levanté de la cama de un brinco y me puse de pie en medio de la oscuridad del cuarto, temblando y con el cuerpo apretado contra la pared.
- No lo sé -musité-. No tengo respuestas a tus preguntas.
Entonces alguien que no era yo entró en mi cuerpo y empezó a gritar con mi voz y a golpear la puerta con mis manos.
- ¡No lo sé! ¡No lo sé! ¡No lo sé! -dijo una y otra vez, subiendo progresivamente el tono.
El soldado Manuel Burt. 

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