diumenge, 23 de febrer de 2014

El asunto Lemoine - Marcel Proust


"Todos somos esbozos en los que el genio de una época preludia una obra maestra que, probablemente, no llegará a ejecutar jamás."



Proust, Marcel. El asunto Lemoine. 
Madrid: Funambulista, 2012

L'affaire Lemoine. Traducció d'Ascensión Cuesta
Col·lecció Literadura, 426    i


è Què en diu la contraportada...
El verdadero asunto Lemoine arranca en 1905: un ingeniero francés llamado Lemoine protagoniza una sonada estafa a sir Julius Werner (presidente de la compañía diamantera De Beers) por medio de unos experimentos que supuestamente permitían fabricar diamantes. El objetivo del timo era que, con el descubrimiento, las acciones de la compañía bajaran para así poder adquirirlas el estafador a bajo coste, si bien luego la cosa fue derivando en algo más rocambolesco. Proust tenía algunas acciones de la compañía, pero fue la notoriedad del escándalo, cuando saltó a los titulares de la prensa internacional en 1908, lo que le impulsó a escribir unas crónicas «a la manera de», en Le Figaro,sobre el asunto, parodiando a diferentes autores franceses clásicos.
Sin embargo, no es preciso conocer la obra ni el estilo de los literatos parodiados para apreciar el sentido del humor de estos pastiches trufados de anacronismos, lo que demuestra que Proust (uno de los escritores más importantes del siglo XX por su mítico En busca del tiempo perdido) podía ser también un escritor humorístico.

è Com comença... 
Uno de los últimos meses del año 1907, en una de aquellas veladas que organizaba la marquesa de Espard a las que se apresuraba a asistir la élite de la aristocracia parisina (la más elegante de Europa, en palabras del señor de Talleyrand, ese Roger Bacon de la naturaleza social que fue obispo y príncipe de Benevento), el señor de Marsay y Rastignac, el conde Félix de Vandenesse, los duques de Rhétoré y de Grandlieu, el conde Adam Laginski, la señora de Octave de Camps y lord Dudley formaban un corro alrededor de la Princesa de Cadignan, sin con ello provocar, no obstante, celos en la marquesa.

è Moments...
(Pàg. 22)
Aunque, ¿no es el genio, sno una especie de crimen contra la rutina del pasado que nuestro tiempo castiga com mayor severidad que al crimen propiamente dicho, pues mueren los sabios en el hospital, lugar más triste que el presidio?

(Pàg. 28) 
Julius Werner utilizó a Lemoine, uno de esos hombres extraordinarios a los que si les sonríe el destino se llaman Geoffroy Saint-Hilaire, Cuvier, Iván el Terrible, Pedro el Grande, Carlomagono, Berthollet, Spallanzani o Volta, pero que si no se da esa circunstancia, acaban como el mariscal de Ancre, Balthazar Claes, Pugachev, Torquato Tasso, la condesa de la Motte o Vautrin.

(Pàg. 35) 
La enormidad de su desamparo les quitaba a ésos la fuerza necesaria para maldecir al acusado; pero todos lo odiaban, pues consideraban que les había arrebatado el derroche, los honores, la celebridad, el genio, a veces las quimeras más indefinibles, lo más dulce y profundo que cada uno guardaba en secreto desde la infancia, en la necedad peculiar de su sueño.

(Pàg. 47) 
No me gustan mucho los diamantes. No les encuentro belleza alguna. La poca que añaden a la de un rostro refleja más la que éste ya posee que la suya propia. No tienen ni la transparencia de las esmeraldas ni el azul sin límite de los zafiros. Prefiero el brillo ocre de los topacios, pero, sobre todo, el sortilegio crepuscular de los ópalos.

(Pàg. 69) 
Si Lemoine realmente hubiese fabricado diamantes, sin duda habría así colmado de dicha, en cierta medida, a ese materialismo burdo con el que deberá contar cada vez más aquel que pretenda entrometerse en los asuntos de la humanidad; no habría dado a las almas apasionadas por un ideal ese elemento de exquisita espiritualidad gracias al cual, después de tanto tiempo, seguimos viviendo.

(Pàg. 80) 
Los hombres de una misma época ven, entre las diversas personalidades que se turnan solicitando la atención pública, unas diferencias que creen enormes y que la posteridad no advertirá. Todos somos esbozos en los que el genio de una época preludia una obra maestra que, probablemente, no llegará a ejecutar jamás.

(Pàg. 115) 
Así es como todo declina, se envilece, todo queda roído por el principio, en un Estado donde el hierro al rojo no es aplicado de entrada a las pretensiones para que éstas no puedan renacer.

è Altres n'han dit...
Pandora Magazine, El rincón de Adolfo, Caminando entre libros, Raintaxi.

è Enllaços:

è Llegeix-lo:
Francès (multiformat - facsimil Gallimard 1919)

diumenge, 16 de febrer de 2014

Los papeles de Aspern - Henry James



"¿Inhumanas? Así llamaban los poetas a las mujeres hace cien años. No lo intente. ¡No podrá hacerlo tan bien como ellos! -respondió Juliana-. Ya no queda poesía en el mundo..."

James, Henry. Los papeles de Aspern. 
Barcelona: Alba, 2009

Thes Aspern Papers. Traducció de Catalina Martínez.
Col·lecció Alba Clásica, 107  i


è Què en diu la contraportada...
Un joven crítico y editor fascinado con la obra del difunto poeta Jeffrey Aspern se entera de que Juliana Bordereau, una de sus musas, vive aún, anciana y aislada, en un palazzo veneciano. Convencido de que conserva cartas y material inédito del poeta, se acerca a ella camuflado sus intenciones y consigue que lo acepte como inquilino. El joven se introduce entonces en un mundo agónico y fantasmagórico, volcado exclusivamente en el recuerdo, que la orgullos anciana habita con la única compañía de una sobrina suya, una mujer ya madura que no parece haber conocido otra cosa que la reclusión y el legado de un esplendor desaparecido: "Vivimos en un silencio aterrador -dice-. No sé cómo pasan los días. No tenemos vida."
La presencia del joven trae un poco de "vida" a su relegada existencia, aunque el descubrimiento de que las razones de éste no son desinteresadas ni inocentes dé un turbio e inesperado vuelco a la situación. La idolatría del pasado y la necesidad de protegerlo envuelven a los personajes en una trama maestra de ambigüedades y bajezas, en la que el romanticismo y el materialismo se funden en una relación misteriosamente dialéctica.

è Com comença... 
Me confié a la señora Pret; lo cierto es que sin ella mis avances habrían sido muy escasos, pues la idea más provechosa salió de sus labios cordiales. Fue ella quien descubrió la fórmula y desató el nudo gordiano. Se supone que a las mujeres no les resulta fácil alcanzar una perspectiva libre y general de las cosas, de ningún asunto práctico; pero a veces improvisan con singular serenidad una idea audaz, una idea que a ningún hombre se le ocurriría.

è Moments...
(Pàg. 20)
Palacios en ruinas, si uno los busca, se encuentran por cinco chelines al año. Y, en cuanto a las persona que viven en llos, hasta que no conozca tan bien como yo a la sociedad veneciana no podrá hacerse una idea de su desolación. Viven de la nada, pues no tienen nada de que vivir.

(Pàg. 21) 
La hipocresía y la duplicidad son mi única oportunidad. Lamento tener que hacerlo, pero no hay bajeza que no esté dispuesto a cometer por Jeffrey Aspern.

(Pàg. 32) 
Se habían aplicado estas damas en vivir de tal manera que el mundo no las rozase ni hablase de ellas, y al mismo tiempo nunca llegaron a aceptar la idea de que yo pudiera no saber nada de su existencia.

(Pàg. 40) 
- (...) No me interesa quién es usted... no quiero saberlo; eso significa muy poco en estos días.

(Pàg. 48) 
(...) todas sus amistades habían fallecido hacía mucho tiempo; o los demás deberían seguir con vida o ella tendría que haber muerto. Ésta era otra de las cosas que decía muy a menudo; no lograba resignarse en absoluto... resignarse a la vida.

(Pàg. 50) 
- (...) No hay nada de que hablar. Vivimos en un silencio aterrador. No sé cómo pasan los días. No tenemos vida.
- Me agradaría pensar que tal vez yo pueda aportarles algo.
- Ah, sabemos lo que queremos -dijo-. No tiene importancia.

(Pàg. 62) 
¿Qué pasiones la devastaron, qué aventuras y sufrimientos la hicieron palidecer, qué arsenal de recuerdos tuvo que dejar a un lado para encarar el monótono futuro?

(Pàg. 63)
Había algo romántico, incluso épico, en los viajes que emprendían los americanos en 1820, en contraste con el continuo ir y venir de los ferrys en los tiempos actuales, tiempos en los que se la fotografía y otros artilugios han aniquilado por completo la sorpresa.

(Pàg. 64)
Había pasado a fin de cuentas la mayor parte de su vida en su propio país, y su musa, como se decía en aquel entonces, era esencialmente americana. Fue esto lo que despertó inicialmente mi admiración: que en una época en la que nuestros país natal era pobre, tosco y provinciano, cuando aún no había perdido ese famoso "ambiente" del que hoy supuestamente carece, cuando la literatura era allí un hecho aislado, y el arte y la forma asuntos casi imposibles, él fue de los primeros en encontrar la manera de vivir y de escribir; de ser libre, de mostrar amplitud de miras y de no tener miedo a nada; de sentir, de comprender y de expresarlo todo.

(Pàg. 89) 
- (...) No olvide que tengo fundadas razones para pensar que son ustedes bastante inhumanas -dije.
- ¿Inhumanas? Así llamaban los poetas a las mujeres hace cien años. No lo intente. ¡No podrá hacerlo tan bien como ellos! -respondió Juliana-. Ya no queda poesía en el mundo... eso al menos lo sé bien.

(Pàg. 97)
Había olvidado el atractivo del mundo y comprendía que había pasado los mejores años de su vida cruelmente privada de todo. Esto no parecía enojarla, pero mientras contemplaba la deliciosa escena, había en su rostro, aunque mostraba una sonrisa complacida, un rubor de sorpresa herida. No decía nada, sumergida en la sensación de tantas oportunidades, perdidas para siempre, que estaban ahí al alcance de su mano.

(Pàg. 108) 
-¿(...)  Le parece bien hurgar en el pasado?
- Creo que no entiendo a qué se refiere con eso de hurgar. ¿No le parece que para conocerlo es necesario cavar un poco? El presente lo pisotea todo de la manera más burda.
- A mí me gusta el pasado, pero no me gustan los críticos -declaró, con esquinada complacencia.
- A mi tampoco, pero me gustan sus descubrimientos.
-¿No cree que en su mayoría son mentidas?
- A veces descubren mentiras -dije, sonriendo ante su impertinencia-. En general presentan la verdad tal cual es.
- La verdad es de Dios, no del hombre. Es mejor que la dejemos en paz. ¿Quién pude juzgar la verdad? ¿Quien lo sabe?
- Sé que vivimos en una terrible oscuridad -concedí-, pero ¿qé sería de todas las cosas hermosa, si dejamos de buscar? ¿Qué seria de la obra de los grandes filósofos y los grandes poetas? Todo se convierte en vanas palabras si no hay nada con que medirlas.

(Pàg. 160)
(...) mi penosa situación era el justo castigo por el peor de los desatinos humanos, el de no saber cuándo detenerse.

(Pàg. 162)
No sé por qué ese día me llamó la atención más que nunca ese peculiar aire de sociabilidad, de parentesco y de vida familiar que constituye la otra cara de Venecia. Sin calles ni vehículos, sin el estruendo de los carros y el brío de los caballos, con esos tortuosos pasajes en los que la gente por fuerza tienen que amontonarse, donde las voces resuenan como en los pasillos de una casa, donde las personas caminan como si esquivasen las esquinas de los muebles y los zapatos nunca se gastaran, la ciudad parece una inmensa vivienda colectiva, cuyo rincón más ornamental es la Piazza San Marco, mientras que iglesias y palacios hacen las veces de grandes divanes para el reposo, de mesas para el esparcimiento, de extensiones de la decoración. Y, en cierto sentido, el fabuloso domicilio común, familiar, doméstico y resonante, parece también un teatro en el que sus actores triunfan sobre los puentes y, en desordenadas procesiones, tropiezan a su paso por las fondamenta. Cuando se viaja en góndola, las aceras que en ciertos lugares bordean los canales cobran a la vista la importancia de un escenario, se muestran en el mismo ángulo, y los venecianos que van y vienen sobre el fondo del maltrecho decorado de sus casitas teatrales parecen los miembros de una interminable compañía teatral.

è Altres n'han dit...
Dorothy con taconesSolodelibros, La tormenta en un vaso.

è Enllaços:
Henry James, context, Aspern o els papers de Byron i els de Poe, el retrat de l'oblit.

è Llegeix-lo:
Anglès (html - símil The Atlantic Monthly - març 1.888)
Anglès (html - símil McMillan and Co - 1.888)
Anglès (html - símil Charles Scribner's Sons - 1908 - Conté prefaci de l'autor)
Anglès (multiformat)
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Espanyol (html)

è Escolta'l:
Anglès (straming - mp3)

dissabte, 8 de febrer de 2014

El horizonte - Patrick Modiano



"Estaba visto que ninguno de los dos tenía asiento en la vida. Ni familia. Ni donde agarrarse. Gentecilla." 


Modiano, Patrick. El horizonte. 
Barcelona: Anagrama, 2010

L'horizon. Traducció de María Teresa Gallego.
Col·lecció Panorama de narrativas, 760  i


è Què en diu la contraportada...
El primer encuentro entre Jean Bosmans, un aprendiz de escritor, y Margaret Le Coz se produce por azar. Los dos huyen de los disturbios de una manifestación, y en la boca del metro él tropieza, la arrastra consigo, la multitud los aplasta contra la pared. Años después el protagonista de la novela se pregunta si es posible estar seguro de que las palabras que dos personas han intercambiado durante su primer encuentro se han disipado en la nada como si nunca hubieran sido pronunciadas... ¿Y si todas esas palabras quedaran suspendidas en el aire hasta el fin de los tiempos y bastase tan sólo un poco de silencio y de atención para captar sus ecos?
Bosmans se busca en un viaje al pasado sólo recuperable a partir de fragmentos de vida que reverberan como esas palabras del primer encuentro amoroso. A trompicones, anotando uno a uno los recuerdos en un pequeño cuaderno, avanza Bosmans en su itinerario por los meandros de la memoria tras los pasos no sólo de sí mismo, sino, ante todo, de Margaret Le Coz.

è Com comença... 
Bosmans llevaba tiempo pensando en algunos episodios de su juventud, episodios sin ilación, que se interrumpían en seco, rostros sin nombre, encuentros fugitivos. Todo pertenecía a un pasado remoto, pero, como esas breves secuencias no tenían relación con el resto de su vida, se quedaban en el aire, en un presente eterno.

è Moments...
(Pàg. 23)
Bosmans había leído en alguna parte que un primer encuentro entre dos personas es como una herida leve que ambos notan y que los despierta de su soledad y su embotamiento.

(Pàg. 39) 
Dios mío, qué irrisorias parecen con el paso del tiempo las cosas que nos hicieron sufrir antaño, y cómo se vuelven también irrisorias esas personas que el azar o la mala suerte nos impusieron durante la infancia o la adolescencia, y en el registro civil.

(Pàg. 46) 
Alguien le había cuchicheado una frase mientras dormía: lejano Auteuil, barrio encantador de mis grandes tristezas; y la anotó en la libreta, sabedor de que algunas palabras que oímos en sueños y que nos llaman la atención y nos prometemos no olvidar, no las recordamos al despertar, o no tienen ya ningún sentido.

(Pàg. 67) 
Estaba visto que ninguno de los dos tenía asiento en la vida. Ni familia. Ni donde agarrarse. Gentecilla. A veces, le entraba al pensarlo una leve sensación de vértigo.

(Pàg. 81) 
(...) se había dejado llevar por los hechos cotidianos de la vida, esos que no lo diferencian a uno de la mayoría de sus semejantes y se van confundiendo sobre la marcha en algo así como una niebla, una corriente monótona, eso que llamamos el curso de los acontecimientos.

(Pàg. 84)
Otra vez había una grieta en su vida, pero ni lo lamentaba ni la preocupaba... No era la primera vez.. Y siempre sucedía igual: llegaba a una estación a la que nadie había ido a esperarla y a una ciudad el nombre de cuyas calles no sabía. Nunca había vuelto al punto de partida.

(Pàg. 98)
(...) existían personas que no habías escogido, a quienes no les pedías nada, y en las que ni siquiera te habrías fijado al cruzarte con ellas; y esa gente, sin saber por qué, quería impedirte que fueras feliz.

(Pàg. 116)
A veces sucede que perdemos, al cabo de unos días, algo a lo que tenemos mucho apego: un trébol de cuatro hojas, una carta de amor, un oso de trapo, mientras que hay otras cosas que se empeñan en seguirnos durante años sin pedirnos opinión. Cuando creemos que nos hemos librado de ellos del todo, vuelven a aparecer en el fondo de un cajón.

(Pàg. 133)
Por lo menos, en la duda, aun queda una forma de esperanza, una línea de fuga hacia el horizonte.

(Pàg. 145) 
Recuerdos con forma de nubes que flotaban. Resbalaban unos tras otros cuando Bosmans estaba echado en el sofá, a primera hora de la tarde(...).


è Altres n'han dit...
El placer de la lectura, El tercer hombre, GolemLa hierba roja, Lecturas comentadas, Curioso leerHuracanes en papel.

è Enllaços:
Patrick Modiano, l'autor, sobre el llibreel desassossec etern, claus temàtiques, autor d'un únic llibre, escriptor de la melancolía, ...escriptor topològic, metodologia.

dimecres, 5 de febrer de 2014

Entre líneas - Vladimir Arsenijevic




 "(...) ¿dónde está ese poquito de luz que todo ser tiene derecho a esperar en su existencia?"



Arsenijevic, Vladimir. Entre líneas. 
Barcelona: Edhasa, 1998

U potpalublju. Traducció de Silvia Monrós i Tamara Ivancic.



è Què en diu la contraportada...
La acción de esta novela se desarrolla en la desaparecida Yugoslavia entre octubre y diciembre de 1991, unos meses en los que la zona de los Balcanes concentró el interés internacional. Empezaba una terrible guerra cuyas nefastas consecuencias aún estamos lamentando y cuya huella ha marcada profundamente a toda una generación.

En Entre líneas, el joven novelista Vladimir Arsenijevic nos ofrece una sobrecogedora visión, desde dentro, del impacto que tuvo esta guerra en la vida cotidiana e la población, alejada completamente de la que pudimos hacernos en su momento a partir de las imágenes que ofrecieron todas las pantallas de televisión. Se trata en este caso de una historia humana, la de una familia en la que el padre intenta aislarse de la contienda, en la que una joven pareja espera un hijo, en la que el mercado negro extiende su presencia por toda la ciudad, en la que las drogas ofrecen una engañosa vía de escape. Una novela sobre lo que representa vivir y amar cuando una ola de violencia está azotando la ciudad.
Con su primera novela, Arsenijevic ofreció al mundo la más lograda descripción de un conflicto bélico, porque casi nunca mil imágenes valen más que unas cuantas palabras escritas con el corazón.

è Com comença... 
En un momento de mi vida que no quiero recordar, entre los veinticinco y los treinta años, surgió en mí la necesidad de un específico rito cotidiano. Ese rito pertenece al grupo de costumbres caseras que en la adolescencia nos inducen a empezar a odiar profundamente a nuestros propios padres.

è Moments...
(Pàg. 12)
(...) anclado en la frontera entre el cansancio y la culpa, ni siquiera sé dormir como es debido. Cierro los ojos, pero detrás de la cortina de mis párpados soy consciente de todo. En esos instantes (cuando por fuera parezco tranquilo, relajado por un sueño reparador) mi inquietud es tal que la cara empieza a dolerme debido a un calambre interior, y si quisiera experimentar tratando de dibujar una sonrisa en mi rostro, tendría que cruzar medio mundo de una mejilla a la otra.

(Pàg. 21) 
(...) él me odiará como yo odié a mi padre a través de la fina pared que separaba nuestras habitaciones. ¿Lograré entender al vástago cuando él ya no desee comprenderme a mí o bien me reconciliaré vergonzosamente con una relación amarga? Ésta es la cuestión crucial de la paternidad.

(Pàg. 31) 
(...) para los malos el Cielo es lo que para los buenos el Infierno: un lugar repugnante, apestoso. Los del Reino  Inferior, contrariamente a la opinión general, no han sido expulsados allí, sino que conforme con su genuina naturaleza (de la que en vida posiblemente no han tenido conciencia) optaron por él. En ese espacio devastado no se lamentan, no tienen razón para sufrir, y, otra vez en contra de los prejuicios terrenales, no se ven expuestos a ninguna tortura de los demonios, puesto que ellos mismos lo son. Tampoco aspiran al Cielo; y, respecto a los antiguos hermanos, más bien sienten ganas de burlarse de ellos que de envidiarles. En el Reino de los camorristas, de los criminales y de los políticos, ellos se cuecen lentamente en el fuego de su propio placer oscuro.

(Pàg. 32) 
(...) la elección no existe, ya que se trata de un mero implante. ¿Acaso esto no es asombroso y espléndido al mismo tiempo? En este sentido, todos somos Ejecutores, lo mismo que un asesino en serie, que mata aunque aborrezca la violencia puesto que el pobre diablo no es más un verdugo al servicio de su propio Mal, y cuando el Gerente resulta intocable castigan a los Ejecutores.

(Pàg. 40) 
(...) todas las muertes individuales, consideradas en su conjunto, constituían sólo un prefacio (privado) a una sangrienta tragedia clásica (que se representaba públicamente). Esta última, como toda verdadera tragedia, se centraba en el gran tema de la guerra entre los pueblos. Lo malo del asunto era que esta obra, en la época de la que estoy hablando, acababa de estrenarse.  Para ser más exactos, nos encontrábamos en el inicio del primer acto, y ya todos estábamos hartos. Nos derrotaba carecer de un mínimo de convencimiento en el asunto. Vanamente nos hacíamos la ilusión de que pronto podríamos presenciar la caída del telón, y esperábamos un final feliz, aunque al mismo tiempo sabíamos que el famoso deus ex machina no bajaría de su nube mecánica para separar de inmediato a los bandos enfrentados y repartir justicia a partes iguales. Ése fue un conocimiento bastante inquietante: todavía presenciaríamos  muertes durante mucho tiempo. Finalmente acabaríamos familiarizándonos con la muerte. Ella terminaría aburriéndonos. Ya no le tendríamos miedo, como antes, en la plácida Época de la Inocencia.

(Pàg. 46)
- ¿(...) Te das cuenta de la diferencia? -me dijo una vez Andjela-. Antes se morían, ahora se van...

(Pàg. 70)
(...) empezamos a no mirar la televisión. Nos dimos cuenta de que, simplemente, no podíamos convivir con esas imágenes. Hartos de horrores, conscientes de que acostumbrarse a la Muerte iba a durar más y de que sería mucho más doloroso de lo que habíamos pensado en nuestra vergonzosa inocencia y soberbia, y afligidos más que nunca por el destino de Lazar, nos consolábamos pensando en el Año Nuevo.

(Pàg. 73)
Lazar fue asesinado tres días más tarde. La noticia de su muerte nos llegó por teléfono, a través de la voz de la Sra. Vida, interrumpida por sollozos. Andjela se pasó el día vomitando. Yo no fui al trabajo; me quedé junto a ella. Me asusté por nuestro hijo aún no nacido. "¿A qué mundo le traemos? -me preguntaba, sosteniéndole a Andjela la frente pegajosa de sudor frío?-, ¿qué le podemos enseñar? y ¿dónde está ese poquito de luz que todo ser tiene derecho a esperar en su existencia?".

(Pàg. 87)
Sus ojos eran negros como la boquilla de una pipa y sus labios carnosos y lisos la hacían románticamente hermosa. Hablaba sin acento alguno, con mucha calma y llevaba su beldad de un modo muy distinto al de Andjela. Andjela sostenía su belleza con todo su ser, como el propietario de una preciosa prenda de vestir. La prima mantenía su propia belleza como bajo llave, pero temblaba con un pudor en llamas y una expectativa singularmente transparente, en tanto que yo temblaba delante de ella tal como temblaría delante de una estrella de cine si apareciera en su papel preferido, si bien se trataba de una chica guapa pero común, como las hay a patadas en Belgrado.

(Pàg. 90) 
Un dedo invisible me señalaba desde arriba. Pero todo se calmó muy pronto. de la nube no salió ningún relámpago para castigarme por haber blasfemado y quebrantado el sacrosanto mandamiento matrimonial, como tampoco por la carencia sociopatológica de toda culpabilidad moral. Allí, a la salida del cementerio, vigorizado por la mirada apática de Andjela, me reí de la absoluta impotencia del Firmamento: ¡o sea que es verdad! Todo está permitido.

(Pàg. 103)
(...) cuando en el banquete fúnebre le preguntaron cómo soportaba todos esos tiroteos que estaban obligados a oír noche tras noche en la aldea, a causa de la proximidad del frente, mi madre encenció un cigarrillo, y tan sólo entonces, envuelta en un humo azulado, se dirigió a su interlocutor con una sonrisa como de excusa:
- Es una verdadera calamidad, ¿sabe? Pero al final uno se acostumbra a todo.

(Pàg. 143)
Sea como fuere, volviendo a casa tras el encuentro con Vanja, desde la calle Kondina y a través de los desérticos columpios del parque Tasmajdan, decidí guardarme para mí la muerte de Dejan. Total, no sentía pena, sino que tenía un vago sentimiento de despecho que, sin embargo, fue desapareciendo rápidamente (...).

è Altres n'han dit...

è Enllaços: