dilluns, 1 de desembre de 2008

Con las mujeres no hay manera - Boris Vian


Vian, Boris. Con las mujeres no hay manera
Madrid: Alianza Editorial, 1990





Elles se rendent pas compte
Traducció: Josep Elías
Col.lecció: El libro del bolsillo, 1481




>> Què en diu la contraportada...
Entre las innumerables facetas de la personalidad de Boris Vian (1920-1959) -que incluyen la de periodista, traductor, cantante, crítico de jazz, trompetista, escultor, autor de libretos de ópera y guiones cinematográficos o pintor- destaca, indudablemente, la de autor de una decena de relatos que resumen un talante innovador e inconformista, afín en numerosos aspectos al grupo surrealista que comenzaba a formarse en torno a la fecha de su nacimiento. Creador de un universo irreal y paradójico, conoció la celebridad gracias a una serie de "novelas negras", concebidas a imitación de la novela policíaca americana, que firmó con el seudónimo de Vernon Sullivan. Perteneciente a esa serie y publicada en 1950, CON LAS MUJERES NO HAY MANERA teje en torno al núcleo argumental -la persecución de una banda de traficantes de droga por parte de dos hermanos convertidos en improvisados detectives- un número de peripecias en que la crueldad y la violencia se funden con el humor en simbiosis perfecta. Travestís y lesbianas protagonizan una sucesión de escenas presididas por la ambigüedad mientras que la rápida sucesión de incidentes, huidas, persecuciones y carreras imprime al relato un ritmo muy semejante al del cine de acción.

>> Moments...
Para empezar, esto de los bailes de disfraces es algo que debería estar prohibido. Son un coñazo para todo el mundo, y me parece que en pleno siglo XX no vamos a seguir vistiéndonos de bandolero siciliano o al estilo de Tosca, sólo para que te dejen entrar en su casa los padres de la chica que te gusta, pues a fin de cuentas éste era el problema. Estábamos a 29 de junio y al día siguiente Gaya celebraba su presentación en sociedad. En Washington, na pejiguera de este tipo significa mucho. Y yo, amigo de infancia de Gaya, algo así como hermano de lecha..., bueno, ya os podéis hacer una idea. Rigurosa obligación de asistir; de lo contrario, sus padres no me lo hubiesen perdonado nunca.
Pero en fin, ¿es que Gaya no hubiese podido debutar en sociedad como toda la sociedad en cuestión, con vestido de noche normal, y los chicos con smoking? Diecisiete años es una edad que ya no da para ir cargando todavía con pingos de teatro... A ver, de qué sirve.

>> Moments...
(Pàg. 9)
Ahora, más vale quizá que me presente. Francis Deacon, salido de Harvard (no adrede, exactamente), provisto de un papá con un riñón muy bien cubierto y de una mamá extradecorativa. Veinticinco años, diecisiete en apariencia, y malas compañías; boxeadores, borrachos, alborotadores y bellezas de esas que confunden el amor con el dinero, excelente actitud. No soy mala persona. Me horrorizan los intelectuales. Me va más el deporte. Deportes tranquilos: judo, lucha libre, vela, algo de remo, esquí, etc... Con un aspecto lamentable -setenta y cinco quilos y cincuenta y seis centímetros de perímetro torácico. M madre me ganaba por uno. Claro que a costa de pagar un montón de masajistas.

(Pàg. 27)
Hoy me despierto, noto un aire primaveral, en pleno mes de julio, y no resulta tan inverosímil como parece, pues la primavera es una cualidad y no hay motivo para que no surja en cualquier época del año un día de primavera.

(Pàg. 37)
Después de mucho baño, mucha loción, mucha friega, mucha toalla y mucha flema, tumbado en el sofá, me dedico a pensar y pienso que de todos modos esta historia de reventarme los neumáticos no es tan grave. Me ha retrasado media hora, pero siempre andamos sobrados de alguna media hora, sobre todo cuando no damos golpe (...).

(Pàg. 96)
Y comenzamos a pelear duro. Paro un torta bien dirigida; el muy cerdo la dobla y me alcanza en el oído como un pisapapeles de bronce. Pero la que recibe en la nariz tampoco es manca. Al mismo tiempo, me agacho y le trabo una pierna. Ya lo tengo debajo y le retuerzo un pie de una forma que no parece gustarle. El marrano éste es fuerte como un oso, y la falda me estorba para pelear. Consigue voltearme y me manda de narices al cemento; por suerte, aterrizo sobre mi antebrazo, y es ahora uno de mis pies el que sufre la misma presa. También yo sé deshacerme de esta llave. Dios, cómo duele. Mientras luchamos no pronunciamos palabra para no alborotar al vecindario del club, y resulta muy desagradable no poder insultar a esta bestia. Se halla en mala postura para aplicar la llave; aprovecho que hace un esfuerzo con objeto de rectificar la posición y me deslizo echándole un brazo al cuello. Ahora, debe ocuparse de un brazo y de una pierna a la vez, le cuesta más... No se lo esperaba, es un truco de mi invención, hay que ser muy ágil de cintura. Si dispusiera de un cine, os presentaría un primer plano, ahora, porque ya he logrado ponerme de lado y le tengo el muslo cerca de mi mandíbula..., en mi mandíbula..., y muerdo. Emite un gruñido sutil y me suelta. Me enderezo, ya basta de lucha libre, le atrapo el brazo y sale volando..., carajo, parece que también sabe judo, con que ahora me toca a mí piruetear por culpa de sus pies...,bing..., cómo duele el cemento en la espalda... Volvemos al boxeo; nos enfrentamos sin tapujos y caemos los dos; yo sangrando de la nariz y él con un ojo a la funerala; sentados en el suelo, nos miramos y nos echamos a reír. Es algo que desarma.

>> Altres han dit...
Regina Irae, Delibris

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