Oso - Marian Engel




"No se sentía por fin humana, sino por fin limpia. "





Engel, Marian. Oso
Madrid: Impedimenta, 2005

Bear. Traducció de Magdalena Palmer


::: Què en diu la contraportada...
La joven e introvertida Lou abandona su trabajo como bibliotecaria cuando se le encarga hacer inventario de los libros de una mansión victoriana situada en una remota isla canadiense, propiedad de un enigmático coronel, ya fallecido. Ansiosa por reconstruir la curiosa historia de la casa, pronto descubre que la isla tiene otro habitante: un oso. Cuando se da cuenta de que este es el único que puede proporcionarle algo de compañía, surgirá entre ellos una extraña relación. Una relación íntima, inquietante y nada ambigua. Gradualmente, Lou se va convenciendo de que el oso es el compañero perfecto, que colma todas sus expectativas. En todos los sentidos. Será entonces cuando emprenda un camino de autodescubrimiento. A pesar del impacto que causó su publicación, Oso se alzó con el Governor General’s Literary Award en 1976 y está considerada una de las mejores (y más controvertidas) novelas de la literatura canadiense.

Publicada en 1976 y adorada por Robertson Davies, Margaret Atwood o Alice Munro, Oso es una novela delicadísima y calculadamente transgresora, una auténtica parábola de la vuelta a la naturaleza.

::: Com comença...
En invierno vivía como un topo, enterrada en las profundidades de su despacho, escarbando entre mapas y manuscritos. Se alojaba cerca del trabajo y hacía la compra de camino al instituto, correteando apresurada de un refugio a otro por el túnel del invierno, sin perder el tiempo. No le gustaba sentir el aire frío en la piel.

::: Moments...
(Pàg. 20)
Aunque al principio de había divertido en la reclusión erudita del trabajo, en la protección que le daba frente a las vulgaridades del mundo, después de cinco años sentía que su empleo la había envejecido desproporcionadamente, que ahora era tan vieja como los papeles amarillentos que se pasaba los días desplegando.

(Pàg. 84) 
Miró al oso. Estaba ahí sentado, sólido como un sofá, doméstico, una alfombra de oso. Se arrodilló a su lado. Olía mejor que antes de que empezaran los baños, pero su esencia seguía ahí, un aroma almizclado como la nota dulce y aguda de la flauta de un pastor.

(Pàg. 85)
Su pelaje era tan espeso que se le perdía media mano dentro. Le masajeó los encorvados hombros. Sentarse a su lado le daba una extraña paz. Como si el oso, al igual que los libros, conociese generaciones de secretos, pero no sintiera la menor necesidad de revelarlos.

(Pàg. 99)
Se preguntó con que derecho estaba allí y por que hacía lo que hacía para ganarse la vida. Y quién era.

(Pàg. 100)
¿De que servían todas esas fichas, detalles y clasificaciones? Al principio le habían parecido hermosos, capaces de crear un orden propio, capaces de, al fin, archivarse y organizarse de modo que ella pudiera encontrar una estructura, descubrir su secreto. Pero ahora la llenaban de culpabilidad, intuía que allí nunca, jamas, hallaría nada (...).

(Pàg. 109)
No había leído ese libro, aunque el tema le interesaba. ¿Por qué? Alguien, algún erudito, le había dicho que no eran más que una sarta de tonterías. Pero casi todas las autobiografías lo son, pensó. La gente recuerda mal las cosas.

(Pàg. 113)
Aquel clima era como seda sobre su piel.

(Pàg. 126)
(...) le enojaba esa voz estridente y quejosa. Las pescaderas gritonas nos dan mala fama a todas, pensó.
Pescadoras y viudas de pescadores. Y todas empezamos queriendo ser sirenas.

(Pàg. 132)
- Babs no lo apreciará. A Babs no le importa si estoy subiendo baúles o follándote, para ella es lo mismo. Simplemente no estoy allí. Es una mujer: me quiere cerca, quiere tenerme controlado. Pero hay veces en que un hombre tiene que largarse (...)

(Pàg. 143)
Ahora sabía que lo amaba. Un amor tan extravagante que el resto del mundo se había convertido en un estrecho nudo sin sentido, salvo por el paisaje que, neutral y ajeno a ellos, gozaba de sus propios orgasmos de verano.

(Pàg. 163)
Se volvió despacio y, por encima del hombro, se miró la espalda en el espejo. Un verdugón largo, rojo, coagulado, le cruzaba la espalda del hombro a la nalga. Debo conservarlo, pensó. Y no es la marca de Caín.

(Pàg. 166)
No era la simiente de los héroes, ni magia, ni ninguna virtud asombrosa, porque ella seguía siendo la misma; pero por un momento intenso y singular había notado en los poros de su piel y en el sabor de su boca que sabía para qué servía el mundo. No se sentía por fin humana, sino por fin limpia. Limpia, sencilla y orgullosa.

::: Altres n'han dit...
Bibarnabloc, Quadren vermell, Llibreria DocumentaLa petita llibreria, El mar de letras, Junto a una taza de té, El lector que llevas dentro, La jungla de las letrasDevoradora de libros, Ratas de bibliotecaCon L mayúscula, Brújulas y Espirales, El pájaro verde, Libros prohibidos, Las lecturas de Guillermo, Cuadernos del Hontanar, Heroínas díscolas, TrotalibrosZenda libros, Mundo Crítico, Medium, Pep Grill.

::: Enllaços:
Marian Engel, context de l'autoratemes de la novel.la, claus estil·listiques, gènesi mercantilista, la força motora dels dos personatges principals, sexe "natural".

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