diumenge, 6 de març de 2016

Lulu - Mircea Cărtărescu




"(...) Para un ángel, la caída en el paraíso es tan triste como la caída en el infierno, porque el placer extremo quema y destruye tanto como la llama del azufre." 




Cărtărescu, Mircea. Lulu.
Madrid: Impedimenta, 2011

Travesti. Traducció de Marian Ochoa.
Col·lecció Panorama de Narrativas, 593



 Què en diu la contraportada...
Mircea Cărtărescu, eterno candidato a ser el primer premio Nobel en lengua rumana, está considerado uno de los grandes narradores europeos de la actualidad.
En Lulu (1994, Premio de la Unión de Escritores Rumanos, Premio ASPRO), Cartarescu despliega su versión de la figura del artista adolescente en la persona de Victor, un escritor asocial y torturado que parece sacado de una obra de Proust, y que vive obsesionado por Lulu, uno de sus compañeros de liceo que, disfrazado de mujer y aprovechando la fiesta de clausura de un campamento de verano en 1973, lo fuerza a un contacto sexual. Recluido en una villa de los Cárpatos, y ya convertido en un escritor de éxito, Victor intenta exorcizar a través de la escritura a los monstruos que devoran su alma. El juego del doble —encarnado en Victor, el escritor enfrentado a su «hermana gemela», la niña amputada—, de larga tradición en la literatura moderna, alcanza en Lulu una dimensión que hace de esta novela una auténtica obra maestra.

 Com comença...
Amigo, ¿cómo voy a luchar contra mi quimera? Querido compañero, tú, el único para quien escribo, para quien he escrito siempre, ¿cómo voy a escapar de ese carmín que se extiende por mi vida como en el espejo de un lavabo y que no desaparece con nada, bien al contrario, que está cada vez más seco, más sucio y más diluido?

 Moments...
(Pàg. 18)
La soledad lleva en su seno la semilla de la locura, incluso aunque hayas vivido toda la vida así, incluso aunque te hayas adaptado a la soledad y a la frustación.

(Pàg. 24) 
Si la escritura es, como dicen, una terapia, si puede curar, debería poder hacerlo ahora. Voy a emborronar una página tras otra, voy a utilizar las hojas como vendas impregnadas no de tinta, sino de lo que mi vieja herida supura. Quizá, finalmente, todo se empape en ellas y, a medida que se vuelvan más y más purulentas, más burbujeantes, yo mismo me vaya vaciando de veneno.

(Pàg. 26)
(...) más allá de sus pijoterías de niños mimados, no eran más que unos eternos críos, amorfos y trastornados por un diluvio hormonal, del que acabarían saliendo, en una cinta transportadora, los ingenieros, economistas y chóferes de camiones cisterna, todos serios y responsables, de más adelante. Mientras que de mí no iba a salir nada, aunque yo imaginaba ser el producto final y absoluto de la humanidad. Yo era un hombre del espíritu, ellos lo eran de la carne: yo era el que leía y el que iba a escribir el texto llamado a sustituir el mundo, ellos los que, felices y cretinos, vivían como unas simples plantas.

(Pàg. 38)
(...) yo no debía gastarme en ritos sexuales porque tenía que llegar a ser un escritor, tenía que vivir intensamente mi infelicidad, me esperaba una buhardilla con una silla, una mesa, una cama para leer ciento cincuenta libros al año. Para los treinta años tenía que ser todo o nada. El precio era –lo sabía y rumiaba esa idea durante horas y horas- la monstruosidad.

(Pàg. 46)
(...) me había olvidado del aburrimiento, de la mediocridad sin salida de mi vida bucarestina. Del mundo literario, de los contratos con el ISIS, de los morros de Delia, del pánico ante la idea de que tengo que escribir de vez en cuando otro libro... En este Zauberberg, en esta villa perdida en la soledad como un cráneo blanqueado por las lluvias y las nieves, envuelto en la paz de los bosques, deja de existir el mundo con sus verdades ramificadas en una red horizontal e ilusoria. A solas en esta habitación caldeada, puedes por fin descender a tu mundo, a tu verdad, a todo lo profundo y enigmático que hay en ti, si es que eres capaz de aceptar con el mismo valor lo abyecto y lo sublime, el desastre y la redención, al arcángel y al tarado...

(Pàg. 52) 
(...) el paraíso me pareció una locura tan terrible como el infierno. Nunca los había enfrentado entre sí, al contrario, sabía que tanto el infierno como el paraíso eran aliados y que luchaban juntos en la destrucción del ser, que el país de la tortura y el país del placer eran vecinos en las regiones inferiores de la mente, similares a la oscura zona ano-genital, debajo del laberinto intestinal. Para un ángel, la caída en el paraíso es tan triste como la caída en el infierno, porque el placer extremo quema y destruye tanto como la llama del azufre.

(Pàg. 53)
Orientalismos, marihuana, música rock, todo el cóctel penetraba lentamente entre nosotros, tiñendo de colores vivos la maravillosa indiferencia de la juventud.

(Pàg. 62)
Pocos iban a conocer, a través del sufrimiento, a través de la frustración, a través del rechazo orgulloso de la trampa pubiana, la verdadera existencia, la tortura de la lucidez. Los demás vivirán, amarán, tendrán hijos y morirán sin enterarse de que además de su imbécil felicidad, en este mundo existen otras cosas. Aceptaba mi maldición con odio, vergüenza y sarcasmo. Respiraba, casi mareado por el sufrimiento, el aire frío y oscuro. Me dolía la cabeza, sentía mi sexo húmedo entre los muslos. De todos modos, ¿por qué tenía que sufrir tanto? ¿Por qué tenía que amar y desear tanto eso mismo que despreciaba?

(Pàg. 77)
Todas las mujeres desnudas resultan bellas en la penumbra azulada de las noches de invierno, todas tienen algo serio y cautivador...

(Pàg. 94)
Soñaba que tenía pechos y vulva, era todo: hombre y mujer, niño y anciano, gusano y Dios, todo ello envuelto en una fiebre perturbadora. Pero, aunque era todo... ¡cuánta frustración! ¡Cuánto fiasco! ¡Cuánta locura! ¡Cuánta nostalgia!

(Pàg. 101)
Encerrado en esta minúscula habitación, arranco este texto de la carne de mi mente como si me extirpara yo solo, ante el espejo, un tumor monstruoso. Siento aquí un trauma antiguo, engañoso, escondido bajo miles de capas de piel, cegador como la perla entre las lenguas de la ostra. Cuanto más me ensaño con él, más me espanta la idea de que no corto un tumor, sino un órgano vital, como si el texto fuera mi verdadera vida y yo mismo, tan solo una ilusión.

(Pàg. 107)
Todo estaba podrido en aquella mansión de adobe, Ratas, cucarachas y tijeretas habían excavado millones de galerías y poros en la madera y en el estuco. Los rostros de los querubines estaban devorados por la lepra y el escrofulismo. Las ánforas del fondo de las escaleras estaban tan tristes, tan ajadas, tan mohosas, que no podían contener más que las momias polvorientas de unos cuerpos muertos cientos de años atrás. ¡La mansión de la podredumbre! La corriente de los pasillos solo podía ser el tiempo congelado, el tiempo amarillento de los ocasos invernales. Incluso la pintura de los cuadros de las paredes, que representaban las escenas enigmáticas de algún libro sagrado, estaba agusanada y se transmutaba lentamente en asfalto.

(Pàg. 150)
Hay que mirar el drama cara a cara, aunque sea solo por un instante. Luego la hemorragia puede irrumpir en los subterráneos de la mente, puede rebosar por las encías y la nariz y caer sobre estas hojas, empaparlas y transformarse en el quinto humor, el jugo azul de la tinta. Me encontrarán como siempre he querido : putrefacto desde tiempo atrás, con la cabeza derrumbada sobre mi manuscrito, pegado a él, uno con él... Él, carne de mi carne; yo, texto de su texto...

(Pàg. 156)
(...) he querido verte una vez más, Víctor. He ido al baño y te he contemplado de nuevo, como he hecho a lo largo de toda la semana. El rostro seco y moreno, tus ojos atentos y serios. El eterno ocaso que rodea tu cabeza como un aura. ¿Permanecerás siempre junto a mí? ¿O vas a partir, tal y como todos los adolescentes abandonan a los que se diluyen, lentamente, en la madurez?

 Altres n'han dit...
El blog de lahierbaroja, Mi estantería, El mar de letras, Heroínas Díscolas, Con L mayúscula.

 Enllaços:
Mircea Cărtărescu, text extrem, què hi ha de Borges, Kafka i Poe?, sobre l'obsessió i la pèrdua de la innocència, escriptor proliferant, l'escriptor amb dos cares, el mite de l'androgin.



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