dimecres, 23 de març de 2016

La muerte del pequeño Shug - Daniel Woodrell




"(...)  me enteré de que me mudaba. Me enteré de que habían cambiado todos mis mañanas."






Woodrell, Daniel. La muerte del pequeño Shug. 
Barcelona: Alba, 2014

The Death of Sweet Mister. Traducció d’ Isabel González-Gallarza



 Què en diu la contraportada...
Shug Atkins tiene trece años y vive en una casa junto a un cementerio. Su comida favorita son los huevos fritos con pan. Su padre, que quizá no lo sea, lo mira con «esa mirada suya que me amenazaba con una muerte rápida que se hace eterna»; y, aunque es obvio que lo detesta, se sirve de él para entrar en casas de médicos y enfermos y robar barbitúricos. Glenda, la madre, es una belleza que ha conocido mejores días y cuya sabiduría se concreta en consejos como «Shug, la gente que ha estado en la cárcel no puede ni ver a los chivatos».
Un día irrumpe en la vida de estos tres seres un hombre amable, cortés, con un coche elegante. Despierta sueños dormidos, aviva pasiones prohibidas. La muerte del pequeño Shug es un implacable relato sobre la pérdida de la inocencia y la perversión del concepto de familia, en el que Daniel Woodrell demuestra una vez más, como en Los huesos del invierno, su dominio narrativo y su sensibilidad para ahondar en los límites de la novela negra.

 Com comença...
Nada más cruzar la frontera del estado, Red me hizo bajar de la camioneta y pintarla de otro color. Cuando me hablaba, su voz sonaba como si la tuviera llena de esos gusanos que te devoran cuando estás muerto y enterrado. Se le notaba en la voz que tenía ganas de presentarme a esos gusanos que me estaban esperando.

 Moments...
(Pàg. 17)
Siempre estaba a punto de estallar, todo le ponía de un humor de perros menos esas viejas canciones de rock and roll. Por esa música sentía un amor puro y profundo, y por Glenda algo así como un amor deteriorado y hecho polvo pero que aún duraba, aunque yo de eso no sé gran cosa.

(Pàg. 40) 
- (...) Tu perfil quedaría muy bien en una moneda de plata -comentó Glenda.
- Tengo papada.
- Bueno. Pero te da aspecto de hombre de éxito, Shug. Un hombre que vale. Como los ricos, que comen tan bien.
- Qué va. Tengo trece años, Glenda. A mi edad eres gordo y punto.

(Pàg. 74)
La barbacoa olía a carne quemada y a salsa calcinada de muchas reuniones familiares, un olor como a cenizas felices.

(Pàg. 87)
Un avión de pasajeros cruzó el cielo por encima de nosotros, un puntito plateado muy alto sobre el fondo azul, haciendo ese ruido triste en el cielo, esa especie de zumbido triste de algo que se aleja y se aleja, que te quita todo el aire del pecho y te hace sentir vacío.

(Pàg. 124)
Saqué mi navaja y la abrí. La sujeté con fuerza. Hace años esa navaja había sido de Red. La hoja era delgada y brillante. La sostuve a un par de palmos de su tripa, y él me sonrió, una lenta sonrisa crispada, y me cogió la navaja.
- Bonito cuchillo –dijo-. Pero, claro, lo que pasa con los cuchillos es que hay que tener huevos para usarlos.

(Pàg. 135)
Ella estaba mirando por la puerta mosquitera, fumando. Levantó los ojos, supongo que para mirar el cielo. Cuando exhaló, junto con el humo de su boca salió también un ruidito, un suspiro algo triste, casi un quejido.
- ¿Qué sueñas con tener, si pudieras? –le pregunté.
- Muchas cosas, demasiadas.
- ¿Cómo qué?
- Oh, Shug, no lo sé. Y, total, la mayoría de lo que llamamos sueños en realidad son necesidades. Una necesidad es algo muy distinto de un sueño. No sé cuál de las dos cosas es más probable que se cumpla.

(Pàg. 142)
- (...) no recuerdo que éste sea el camino para llegar al lago.
- Antes tengo que ver a un tío.
- Oh, no. No.
- Si vas a lloriquear, espera que te haya partido la cara.

(Pàg. 159)
Alguien que sangraba había dado vueltas y vueltas por toda la cocina. Había platos rotos por todas partes, un desastre. La sangre había dejado extrañas manchas y salpicaduras en los fogones, las paredes, el suelo y el techo. Los platos que se podían romper estaban todos hechos añicos en el suelo. En la radio sonaban viejas canciones de rock and roll.

(Pàg. 175)
Él dio el primer paso y se detuvo. Ella trató de dar un paso hacia él y se detuvo. Seguían mirándose y mirándose y mirándose, luego apartaron los ojos y echaron a correr el uno hacia el otro. Sus cuerpos chocaron con un suave chasquido de carne.  Se abrazaron junto a la hoguera sin decir palabra, solo se oían ronroneos y débiles sollozos. Él le recorría todo el cuerpo con las manos.
Ella fue la primera en hablar:
- Ya casi había conseguido olvidarte.
-  Eso era lo que más miedo me daba.

(Pàg. 183)
Más tarde, mientras estaba tumbado en la cama, me enteré de que me mudaba. Me enteré de que habían cambiado todos mis mañanas.

(Pàg. 199)
El frasco en el que escondía todos los gritos de mi vida explotó. Se fueron volando allí donde nadie podía oírlos. Avanzaba por un camino de tierra quemado por el sol, levantando nubes de polvo a cada paso. Iba solo y sentí que mis gritos podían salir. Grité por cosas que habían ocurrido hace tiempo y que creía haber olvidado. Recorrí gritando ese camino quemado por el sol, pasé gritando delante de vallas y vacas. Partes de mi mismo que no entendía se soltaron dentro de mí, atascándome la garganta. (...) Grité hasta dejarme la garganta en carne viva y hasta que el sol bajó y se ocultó tras el horizonte.
Luego volví a casa, vacío de sentimientos.

 Altres n'han dit...
Propera parada: Cultura, Prótesis, Loqueleímos, Jenesaispop, Blog para escritores, Un día leí un libro, Biblioteca CEU, Calibre 38.

 Enllaços:
Daniel Woodrell, l'adn de l'autornegra i tràgica com la mateixa vida, escriptura seca i sagnant, el nen de la mama, country noir, les montanyes Ozark, el flamant Thunderbird.

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