diumenge, 18 d’agost de 2013

Un hombre que duerme - Georges Perec



"(...) hagas lo que hagas, vayas adonde vayas, lo que ves no tiene importancia, lo que haces es vano, lo que buscas es falso."


Perec, Georges. Un hombre que duerme. 
Barcelona: Anagrama, 1990


Un homme qui dort. Traducció de Eugenia Russek-Gérardin
Col·lecció Panorama de Narrativas, 99


è   Què en diu la contraportada... 
Al despertar una mañana, tras un sueño intranquilo, el joven protagonista de esta novela se descubre víctima de una imprevista metamorfosis. De pronto, algo ha dejado de funcionar, se ha roto: su vida entera ha quedado anegada por la marea gris de la indiferencia. Ya no se siente vivir. Es como si todo hubiera sido dicho, como si todo hubiera terminado. A lo lejos queda el estrépito del mundo: los estudios, los proyectos, los amigos, todas las palabras. El tiempo transcurre como una espera silenciosa y solitaria, hasta con dejarse ir. En este estado de inaccesible neutralidad hacia los hombres y las cosas, la conciencia del propio cuerpo cobra la dimensión de una aventura. como el sueño mismo. Pero he aquí que la realidad, contemplada en la distancia, aparece monstruosamente deformada. Mientras que, por otra parte, el rechazo se revela inútil: el mundo sigue su curso. Más acá de la muerte y de la locura, sólo cabe retomar dolorosamente el camino trazado.
Redactada por entero en segunda persona, Un hombre que duerme ofrece de nuevo una espléndida muestra de la maestría estilística de Georges Perec. Una escritura directa e imperturbable, recurrente, termina aquí por envolver al lector en una atmósfera kafkiana, febril, atravesada finalmente por el brillo de una ironía consoladora, de una esperanza amarga.
Diez años después de la publicación de esta novela, que supuso la confirmación de Perec como narrador excepcional, el personaje que la protagoniza sería retomado, junto a su diminuta buhardilla, en La vida instrucciones de uso.


è   Com comença...
Apenas cierras los ojos, comienza la aventura del sueño. A la familiar penumbra de la habitación, volumen oscuro cortado por algunos detalles, donde tu memoria identifica sin esfuerzo los caminos que has recorrido miles de veces, trazándolos a partir del cuadrado opaco de la ventana, resucitando el lavamanos a partir de un reflejo, la repisa a partir de la sombra un poco más clara de un libro, identificando la masa más negra de la ropa colgada, sucede, al cabo de un cierto tiempo, un espacio de dos dimensiones, como un cuadro sin límites definidos (...).

è   Moments...
(Pàg. 20)
No tienes ganas de ver a nadie, ni de hablar, ni de pensar, ni de salir, ni de moverte.

En días como éste, un poco después, o un poco antes, descubres sin sorpresa que algo no funciona, que, para hablar sin reticencias, no sabes vivir, que no sabrás jamás.

(Pàg. 23) 
Puedes hacer el inventario exacto de tu escasa fortuna, el balance preciso de tu primer cuarto de siglo. Tienes veinticinco años y veintinueve dientes, tres camisas y ocho calcetines, algunos libros que ya no lees, algunos discos que ya no escuchas.

(Pàg. 24) 
La vida moderna generalmente aprecia poco semejantes inclinaciones: a tu alrededor has visto, desde siempre, cómo se privilegiaba la acción, los grandes proyectos, el entusiasmo: hombre que avanza hacia adelante, hombre con los ojos fijos en el horizonte, hombre mirando directamente frente a sí. Mirada límpida, mentón voluntariosos, andar firme, vientre contraído. La tenacidad, la iniciativa, el golpe de genio, el triunfo, trazan el camino demasiado límpido de una vida demasiado ejemplar, dibujan las sacrosantas imágenes de la lucha por la vida. Las piadosas mentiras que acunan los sueños de todos aquellos que patalean y se atascan, las ilusiones perdidas de los miles de relegados, los que llegaron demasiado tarde, los que dejaron su maleta sobre la acera y se sentaron sobre ella para enjugarse la frente.

(Pàg. 28) 
No eres más que una sombra turbia, un duro núcleo de indiferencia, una mirada neutra que rehuye las miradas. Con los labios mudos, ojos apagados, sabrás en adelante identificar en los charcos, en los cristales, sobre las carrocerías relucientes de los automóviles, los reflejos fugitivos de tu vida detenida.

(Pàg. 40) 
No puedes permanecer neutro frente a un perro, tampoco frente a un hombre. Pero no dialogarás jamás con un árbol. No puedes vivir con un perro, porque el perro, a cada instante, te pedirá que lo hagas vivir, que lo alimentes, que lo acaricies, que seas hombre para él, que seas su dueño, que seas el dios que clama con voz de trueno ese nombre de perro que lo hará arrastrase inmediatamente por el suelo. Pero el árbol no te pide nada. Puedes ser Dios de los perros, Dios de los gatos, Dios de los pobres, te basta con una correa, con algunos despojos, con algo de riqueza, pero no serás nunca dueño del árbol. Nunca podrás sino desear volverte árbol a tu vez.

(Pàg. 41)  
Casi no has vivido y, sin embargo, todo está ya dicho, ya terminado. No tienes más que veinticinco años, pero tu camino está trazado de antemano. Los papeles están distribuidos, las etiquetas: desde el orinal de tu primera infancia hasta la silla de ruedas de tu vejez, todos los asientos están listos y esperando su turno.

(Pàg. 49)
(...) el tiempo no se detiene jamás por completo, el tiempo no se detienen jamás totalmente, ni siquiera cuando es ya imperceptible: minúscula brecha en el muro del silencio, murmullo apagado, olvidado, gota a gota, que se confunde casi con los latidos de tu corazón.

(Pàg. 52)
Existen mil maneras de matar el tiempo y ninguna se parece a otra, pero ninguna vale más que otra, mil maneras de no esperar nada, mil juegos que puedes inventar y abandonar en seguida.

(Pàg. 83)
La indiferencia no tiene principio ni fin: es un estado inmutable, un peso, una inercia que nada podría afectar.

(Pàg. 91)
Duermes, comes, caminas, sigues viviendo, como una rata de laboratorio que un científico distraído hubiera olvidado en su laberinto y que, día y noche, sin equivocarse nunca, sin vacilar nunca, se dirigiera hacia su comedero, girara a la izquierda y luego a la derecha, empujara dos veces una palanca pintada de rojo para recibir su ración de alimento en papilla.
Ninguna jerarquía, ninguna preferencia. Tu indiferencia es inmutable: hombre gris para quien el gris no evoca gris alguno.

(Pàg. 107) 
(...) hagas lo que hagas, vayas adonde vayas, lo que ves no tiene importancia, lo que haces es vano, lo que buscas es falso. Sólo existe la soledad (...).

(Pàg. 115)
Organizas tu vida como un reloj, como si la mejor forma de no perderte, de no hundirte por completo, fuera dedicarte a tareas irrisorias, decidirlo todo de antemano, no dejar nada al azar. Que tu vida sea cerrada, lisa, redonda como un huevo, que tus gestos sean determinados por un orden inmutable que lo decide todo por ti, que te protege a pesar tuyo.

(Pàg. 130)
Hace mucho tiempo, en Nueva York, a unos cientos de metros de los arrecifes adonde vienen a romper las últimas olas del Atlántico, un hombre se dejó morir. Trabajaba de escribiente para un abogado. Escondido detrás de un biombo, se pasaba el tiempo sentado frente a su pupitre y no se movía de allí nunca. Se alimentaba de galletas de jengibre. Miraba por la ventana un muro de ladrillos ennegrecidos que casi hubiera podido tocar con la mano. Era inútil pedirle algo, que releyera un texto o que fuera al correo. Ni las amenazas ni los ruegos tenían poder sobre él. Al final, se volvió ciego. Hubo que echarlo. Se instaló en las escaleras del edificio. Entonces lo encerraron, pero se sentó en el patio de la cárcel y se negó a comer.

(Pàg. 133)
Tocar fondo no quiere decir nada. Ni el fondo de la desesperación, ni el fondo del odio, de la decadencia etílica, de la soledad orgullosa.

(Pàg. 135)
(...) nadie es lo suficientemente fuerte para luchas contra el tiempo. Pudiste hacer trampa, ganar migajas, segundos: pero las campanas de Saint-Roch, la alternancia de los semáforos en el cruce de la rue de Pyramides y de la rue Saint-Honoré, la caída previsible de la gota de agua en el grifo de la toma de agua del rellano, nunca dejaron de medir las horas, los minutos, los días y las estaciones. Pudiste hacer como que los olvidabas, pudiste caminar durante la noche, dormir durante el día. Nunca lo engañaste por completo.

è  Altres n'han dit...
Morir de frío, Jordi Cervera, Miedo a la literaturaEl placer de la lectura, El niño vampiro leeMicrocríticas literarias, Papel en blanco, Lecturas del Rey MonoMónica BasterrecheaVagando por Urano,

è  Enllaços:
Georges Perec, elogi de la ubicació, entre Oblomov..., ...i Bartleby (a París)vulgaritat quotidiana com a desencadenant, soledat, nihilisme, predestinació, tantsemenfotisme?... o potser només deixar-se esborrar?,
paranoia existencialistaadaptació cinematogràfica, contra el Yo.

è  Mira-la:
Francès (subtítols espanyol - anglès)

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