diumenge, 6 de desembre de 2009

La gran complicación - Allen Kurzweil


Kurzweil, Allen. La gran complicación.
Barcelona: Diagonal, 2005










The grand complication
Traducció de Raquel Salegre


>> Com comença...
La búsqueda comenzó con una ficha de préstamo de la biblioteca y la curiosa petición de un elegante caballero.
- Disculpe -dijo el hombre, haciendo una ligera reverencia-, ¿podría robarle un minuto de su tiempo?Depositó la ficha en el mostrador de referencias le dio la vuelta para que las letras quedasen de cara a mí. Y como si la inusitada cortesía no fuese suficiente para atraer la atención de cualquiera, estaba también su escritura, una preciosa caligrafía antigua de seguros trazos ascendentes y afiladas ligaduras de salida, además del título del libro que solicitaba. Compartimentos secretos en los muebles del siglo XVIII se correspondía con mi fascinación por los escondrijos.

>> Moments...
(Pàg. 54)
- (...) El único Paraíso que conozco es una sala de cine que hay a un par de manzanas de donde crecí.
- Ya no existe, supongo.
- Hace mucho, ya.
Jesson asintió comprensivo.
- El Edén era mi refugio cuando era niño y también lo derribaron.- Al menos usted tiene este lugar.- Cierto. Festinalente es un refugio.- En cuanto al nombre...- Significa “apresúrate lentamente”. Un reto privado a la veloz mediocridad a la que la sociedad nos enseña a rendir culto.- Entonces supongo que no le interesa mucho la tecnología interactiva:
- ¡Mis ojos sí que son interactivos! Viendo la mirada bovina de los usuarios de ordenador de su biblioteca, “intrapasiva” me parece un término más adecuado. Yo prefiero los libros a esas loadas cajas de plástico y cristal.

(Pàg. 69)
Mientras guiaba al grupo a lo largo de la pasarela, escuché a dos de los miembros más voluminosos del grupo comentar por qué iba a querer alguien ser bibliotecario. Me di la vuelta y pregunté:
- ¿Por qué se nos tiene tan poco respeto? ¿Alguno de vosotros me lo puede decir? Una vez tuve que impartir un seminario sobre nuestra profesión y busqué algo ingenioso en le diccionario de citas familiares de Bartlett y, ¿qué creéis que encontré? Os lo diré: nada. Ni una maldita cita. Había citas sobre besos y citas sobre bichos, pero los bibliotecarios no encajaban. Y a eso, amigos, yo lo llamaría fraude. Mao Tse-Tung, Casanova, Ralph Ellison, Stephen King, en algún momento todos ellos trabajaron en los depósitos. Cada uno de ellos fue un hombre invisible en un universo de paralabras impresas.

(Pàg. 90)
-(...) Debo decirle, Alexander, que parece extrañamente indiferente a todo esto.
- Existe una diferencia entre tener sentimientos y mostrarlos. ¿Sabía que durante mucho tiempo Dewey ni siquiera incluyó las emociones en su sistema de clasificación?
- ¿Y considera que las excluyó a propósito?
- No, sólo digo que los bibliotecarios, como colectivo, no se las arreglan demasiado bien con los sentimientos (...)

(Pàg. 170)
-(...) Le necesito, Alexander.
- Se lo agradezco, señor Jesson.
- Lo que quiero decir es que le necesito libre de las limitaciones a las que se ve sometido en casa. Sin una atención constante por su parte, no creo que completemos la arquilla.
- No se preocupe por Nic. Los celos son propios de las francesas. Es como el perfume o el champán, prácticamente un producto de exportación.

(Pàg. 252)
(...) Aquí el tiempo se expande. Las horas tienen más minutos y los días más horas. No estoy seguro de por qué, pero la hora oficial de Jesson ofrece más oportunidades de pensar y leer y hacer juegos de palabras y conspirar. Una posible razón, al menos a nivel superficial, es el dinero. La riqueza ha liberado a J. de todo tipo de tareas. Nunca le he visto pagar una factura o comprar comida. No tiene platos que lavar, ni camas que hacer (o no lavar y no hacer, que también supone tiempo). En cuestiones domésticas, apenas mueve un dedo, excepto para hacer sonar alguno de los timbres. No ve a casi nadie, prefiere pasar los días en silenciosa comunión con libros y objetos. Para el resto del mundo, tal vez el tiempo es oro, para J. es justo al revés.

(Pàg. 351)
- (...) ¿Quiere decir que el reloj de bolsillo ni siquiera existe? –preguntó el señor Paradis desde detrás de su carrito de la limpieza- ¿Qué el viejo se lo inventó?.
- No, señor P., la Reina existe.
- ¿Y donde está?
- No lo sé. Desde que la robaron en Jerusalén, se ha unido a esa pequeña comunidad elitista de objetos, como el Halcón Maltés y el tesoro de Sierra Madre, que se definen más por la búsqueda que por la posesión.
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