dissabte, 9 de maig de 2009

La jungla de asfalto - W.R.Burnett



W.R.Burnett. La jungla de asfalto
Barcelona: RBA Libros, 2008






The Asphalt Jungle
Traducció José Mª Claramunda
Col·lecció Serie Negra, 2



>> Què en diu la contraportada...
Erwin Doc Redenschneider, un criminal legendario que acaba de salir de la prisión, tiene un plan brillanete para robar una joyería. En busca de apoyo financiero, propone la idea al abogado corrupto Alonzo D. Emmerich. Emmerich acepta financiarlo y Doc prepara el golpe sin sospechar las verdaderas intenciones de su protectos. Para llevar a cabo el robo necesita reclutar a varios hombres: al experto en cajas fuertes Louis Ciavelli, al chofer Gus Minissi y al matón Dix Handley. El robo es todo un éxito y Dix y Doc llevan el botín a su comprador, Emmerich que, arruinado y en bancarrota como consecuencia de un loco romance, intentará apoderarse las joyas robadas.

>> Com comença...
A Lou Farbstein, hombre de edad madura al que desde hacía veinte años seguían llamando “el brillante chico del periódico World”, le era indiferente la nueva autoridad de la ciudad, el recién nombrado comisario de policía Theo J. Hardy. El reportero consideraba que el flamante comisario era un ser extraordinario, y escribía con frecuencia artículos en los que hablaba de él con imparcialidad loable. Sus juicios agudos y certeros solían ejercer una gran influencia en las opiniones de sus compañeros de prensa.

>> Moments...
(Pàg. 13)
No les dedicó ninguna sonrisa, como hacían los políticos; no les estrechó a todos las manos; no les ofreció cigarrillos ni whisky; no hizo patéticas alusiones a su pobre esposa que se había quedado en casa esperándole; no habló de su encantador nieto al que todos reconocían aptitudes admirables para escalar altos cargos políticos. Se quitó el sombrero, se sentó a su mesa sin quitarse el abrigo y dirigió a los reunidos una dura mirada desde sus ojos grises, fríos e inquisitoriales. Pudieron observar que estaba molesto y que no aprobaba la conducta de la prensa. Sin embargo, aquel hombre inspiraba confianza.

(Pàg. 14)
- (...) Ustedes, representantes de la prensa, critican al Departamento de Policía como si sólo él, en un mundo lleno de pureza, sufriera del mal de la corrupción. Todas las instituciones humanas son falibles, y también el periodismo lo es, aunque ustedes, sus paladines, se resistan a admitirlo.

(Pàg. 18)
La noche, oscura y tempestuosa, cubría como una caperuza de fraile la enorme y agitada ciudad de Midwestern, situada al lado del río. Una lluvia menuda, que caía por entre los altos edificios a intervalos, mojaba las calles y pavimentos convirtiéndolos en espejos negros de una casa encantada que reflejaban con formas grotescas y retorcidas las luces de la calle y los anuncios de neón.
Los grandes puentes de la parte baja de la ciudad, tendidos sobre el río ancho y negro, formaban arcos en el vacío, y la lejana orilla quedaba borrada por la llovizna; bocanadas de aire arrastraban sin rumbo las hojas de periódico que volaban en los bulevares casi desiertos emitiendo débiles silbidos a lo largo de las fachadas de las casas y gimiendo al chocar con sus intersecciones. Coches vacíos y autobuses con los cristales empañados rodaban lentos por la parte baja de la ciudad. Si se exceptúa los taxis y los coches con maleantes como pasajeros, no había otro tráfico.

(Pàg. 124)
Dix, al salir de su ensueño, se puso a mirar, asustado, lo que le rodeaba, como si no hubiera visto antes aquel sitio, ni oído hablar de él siquiera. Le quedaba la impresión, sentía la congoja, de que unas manos desconocidas lo habían arrebatado, en la noche, de su casa y de su tierra y lo habían traído a este destierro, a esta extraña ciudad con sus tuberías de albañilería, con sus feos e imprevisibles modos de vivir, que tan lejos estaba de su pueblo, tan carente de sentido y de razón, y que resultaba tan impropia para su modo de ser.

(Pàg. 126)
Él no era un criminal. Pero ¿y si lo era? ¿Qué es ser un criminal, después de todo? ¿Un hombre que siente un desesperado afán por el dinero y que no emplea métodos muy limpios para conseguirlo? ¿Un hombre al que le falta un tornillo en la cabeza, un pobre loco? ¿Simplemente un desgraciado que no sabe seguir el juego, por desconocer las reglas del mismo, y que improvisa a medida que va jugando con escándalo de los jugadores convencionales?

(Pàg. 164)
En el tiempo que brilla un relámpago, había hecho Emmerich un descubrimiento sorprendente. Cuando la humillación llegaba a cierto punto, la muerte era preferible. Lo había oído decir muchas veces, dentro y fuera de los tribunales, algunas veces en serio; otras, con ironía. Le habían parecido siempre ideas de otra época. ¡Pero era verdad!

(Pàg. 170)
Cobby, echado sobre el asiento de cuero del sofá que había en la sala de juego del fondo, trataba de serenarse. Tenía el rostro pálido y descompuesto y, de vez en cuando, dejaba oír débiles gemidos. Estaba sufriendo de asombro y de miedo, y no podía alejar de su mente el pensamiento irracional de que se le venía encima el fin del mundo.

(Pàg. 247)
Todos los hombre tienen esas debilidades en una forma u otra... y sus desarreglos y fracasos son invariablemente el resultado de ellas. En otras palabras: los hombres sólo son seres racionales en rarísimas ocasiones. Esto es lo que se entiende por ser humano, y muy humano. Por eso las prisiones estaban llenas –incluso de criminales de sangre fría como él-.

(Pàg. 267)
Iba en silencio, acurrucada para defenderse del frío, mientras Dix conducía el coche a marcha moderada a través de millas y millas de calles poco conocidas. Dejaron atrás enormes, sombríos y misteriosos edificios; pasaron por llanos arrabales interminables; dejaron a su espalda almacenes, laberínticos parques ferroviarios, altos y ominosos viaductos, zigzagueantes calzadas asfaltadas; pasaron por los barrios pobres cuyas casas parecían torcerse un poco y donde pequeños comedores nocturnos con sus letreros luminosos de neón rojos, verdes y amarillos, rasgaban la húmeda oscuridad; por los distritos fabriles, silentes como un cementerio, donde los altos muros de los desiertos patios de las fábricas eran iluminados por algún que otro farol que arrojaba luz mortecina.
Doll, que no había dejado nunca el distrito de Camden Square en todo el tiempo que había vivido en la ciudad, estaba asustada e intimidada por la monstruosa inmensidad de lo que hasta entonces había considerado un lugar familiar.

>> Altres han dit...
El bloc de la Bòbila,

>> Enllaços
William Riley Burnett, En cinema, hampa, gangsterisme, pedres precioses, i com robar-les, Top 10, lladres i serenos

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