dimarts, 3 de juny de 2014

Confusión de sentimientos - Stefan Zweig






"(...) odiaba amándolo y amaba odiándolo."





Stefan Zweig - Confusión de sentimientos. 
Barcelona: Acantilado, 2014

Verwirrung der Gefühle. Traducció de Joan Fontcuberta.
Col·lecció Narrativa del Acantilado, 235    i


è Què en diu la contraportada...
Roland, un joven estudiante, está a punto de abandonar los estudios cuando su padre decide enviarlo a la universidad de una pequeña ciudad de provincias. Allí, un brillante profesor despierta en él una nueva pasión: el amor al saber. Deslumbrado, el joven se acerca al maestro y le propone ayudarlo a concluir la gran obra de su vida. El profesor acepta el ofrecimiento, pero pocas veces manifiesta la gratitud que el discípulo ansía y en ocasiones incluso lo trata con una distancia que lo atormenta. Tan devoto como inseguro, Roland se pregunta por qué no es digno del interés de una persona tan maravillosa como el admirado maestro, ¿tan despreciable lo considera? La respuesta, sin embargo, es mucho más compleja y desconcertante de lo que podía sospechar, y sólo en el otoño de su vida, cuando él mismo se ha convertido en un respetado profesor, es capaz de evocar unos hechos que, ahora lo sabe, marcaron su vida más que todos los honores o los éxitos profesionales.

è Com comença... 
La intención era buena, la de mis estudiantes y colegas de la facultad: ahí está, elegantemente encuadernado y entregado con toda solemnidad, el primer ejemplar de la miscelánea que los filólogos me han dedicado con motivo de mi sexagésimo cumpleaños y de mis treinta años de actividad académica.

è Moments...
(Pàg. 18)
Nunca hasta entonces había oído hablar a un hombre de una manera tan entusiasta y realmente cautivadora; por primera vez experimenté lo que los latinos llamaban raptus, ese sentirse transportado por encima de uno mismo: no era para él ni para los demás para quienes hablaban aquellos labios arrebatados, sino que arrojaban el fuego interior de un hombre inflamado.

(Pàg. 19) 
El mundo se ha hecho más vasto y automáticamente el alma se tensa para igualarlo, también ella quiere ser vasta, también ella quiere penetrar en las profundidades extremas del bien y del mal: quiere descubrir y conquistar, como aquellos conquistadores; necesita una nueva lengua, una nueva fuerza. Y de la noche a la mañana surgen los que hablan esta lengua, los poetas: cincuenta, cien en una década, compañeros indómitos y libres que no cultivan los jardines de Arcadia ni versifican una mitología selecta como los poetastros cortesanos que  los precedieron, sino que asaltan los teatros, montan su campo de batalla en esos páramos donde antes sólo abundaban los animales de caza y los juegos más sanguinarios, y el olor de la sangre caliente está todavía en sus obras, su mismo drama es un circus maximus en el que las bestias salvajes de los sentimientos se embisten famélicas unas a otras. El furor de estos corazones apasionados se desata como el de los leones, cada uno quiere sobrepujar al otro en ferocidad y exaltación, todo se loe consienta a la descripción, todo le está permitido: incesto, asesinato, fechoría, crimen; el tumulto desmedido de todo lo humano celebra su ardorosa orgía; así como antes las bestias hambrientas se precipitaban fuera de su prisión así también ahora las pasiones ebrias se arrojan rugientes y peligrosas a la arena cerrada con estacas. Un único estallido explota como un petardo y dura cincuenta años, un vómito de sangre, una eyaculación, un salvajismo único que agarra y despedaza al mundo entero: apenas se distingue la voz y la figura individuales en esa orgía de fuerzas. Uno se inflama con el otro, cada uno aprende y roba del otro, cada uno lucha para superar y aventajar al otro, y sin embargo todos ellos no son sino gladiadores espirituales de una fiesta, esclavos desencadenados que el genio de la hora azota y azuza hacia delante. Los saca de los cuchitriles turbios y oscuros de los suburbios, así como de palacios: Ben Jonson, nieto de albañil; Marlowe, hijo de zapatero; Massinger, retoño de un ayuda de cámara; Phipip Sydney, rico y sabio hombre de Estado, pero el torbellino de fuego los arrastra a todos juntos; hoy son celebrados, mañana revientan; Kyd, Heywood, hundidos en la más profunda miseria, mueren de hambre como Spencer en King Street, todos llevan una vida fuera de lo normal, son pendencieros, frecuenta a prostitutas, son comediantes, tramposos, pero poetas, poetas, poetas lo son todos. Shakespeare es sólo su centro, the very age and body of the time, pero no tienen tiempo para separarlo de los otros, tan impetuoso es este tumulto, con tanta exuberancia las obras brotan una en la otra, tan embrollada es la madeja de las pasiones. Y de repente, en medio de sacudidas como las alas en ascenso, esa erupción de la humanidad, la más espléndida, se desploma, el drama llega a su fin, Inglaterra está agotada y durante cientos de años la niebla gris y húmeda del Támesis pesa lúgubre de nuevo sobre el espíritu: en una sola arremetida toda una generación ha escalado todas las cimas de la pasión y ha descendido a sus abismos, ha escupido del pecho ardiente su alma exuberante y loca. Ahora el país está allí, cansado y exhausto; un puritanismo quisquilloso cierra los teatros y pone fin así al discurso apasionado, la Biblia vuelve a tomar la palabra, la palabra divina, allí donde la más humana de las palabras había hecho la confesión más fervorosa y donde una única generación llevada por su ardor había vivido de una sola vez por miles de otras.

(Pàg. 21)
A un fenómeno, a un hombre, siempre se le reconoce sólo por su llama, por su pasión. Porque todo espíritu nace de la sangre, todo pensamiento brota de la pasión, toda pasión del entusiasmo.

(Pàg. 22)
Apasionado y capaz de comprenderlo todo sólo apasionadamente, con el ímpetu de todos mis sentidos, me había sentido por primera vez conquistado por un profesor, por un hombre, había sentido una fuerza superior ante la que era un deber y un placer inclinarse.

(Pàg. 33)
Había tenido un primer barrunto de la inmensidad intrincada del mundo intelectual, tan seductor para mí como lo había sido la vida de aventuras de las ciudades, pero al mismo tiempo experimenté el miedo pueril de no poder dominarlo; y así economicé en sueño, en placeres, en conversaciones, en toda forma de distracción, sólo para aprovechar el tiempo, cuyo valor comprendía ahora por primera vez.

(Pàg. 42)
En casa hablaba poco, y menos a su mujer. Y con una sorpresa angustiada y casi vergonzosa reconocí, joven inexperto, que una sombra se cernía allí entre dos seres, una sombra ondeante y siempre presente, hecha de un material imperceptible, pero que, no obstante, los aislaba completamente el uno del otro, y por primera vez vislumbré cuánto secreto esconde la fachada de un matrimonio.

(Pàg. 45) 
Siendo belleza ella misma, la juventud no necesita transfiguración: en su exceso de fuerzas vivas aspira a la tragedia y permite gustosa que la melancolía absorba dulces sorbos de su sangre todavía inexperta.

(Pàg. 51)
Por primera vez me fue concedido, a mí, joven todavía en ciernes, penetrar en el misterio de la creación: vi cómo el pensamiento, todavía incoloro, todavía puro calor líquido, manaba del crisol de la emoción impulsiva cual metal fundido para una campana, cómo después se enfriaba poco a poco y encontraba su forma, y esta forma se redondeaba y se revelaba en todo su vigor, hasta que finalmente salía clara y distinta la palabra y daba al sentimiento poético, como el badajo que hace resonar la campana, el lenguaje de los hombres.

(Pàg. 63)
Y entonces..., todavía hoy lo recuerdo, "estalla de repente la tempestad de las palabras, aquel mar infinito de la pasión que, desde los límites de las tablas lanza a todas las épocas y a todas las zonas del corazón humano sus olas sangrientas, incansables, alegres y trágicas, con todas sus variantes y hechas a la imagen del hombre por excelencia: el teatro de Inglaterra, el drama shakespeariano".

(Pàg. 76) 
(...) ese verdugo al que, a pesar de todo, yo estaba amorosamente atado, al que odiaba amándolo y amaba odiándolo.

(Pàg. 87)
Desde siempre he abominado el adulterio, pero no por una moral rancia, por mojigatería o por virtud, no tanto porque significa un robo en la oscuridad, la apropiación de un cuerpo que pertenece a toro, sino porque casi todas las mujeres en esos momentos traicionan lo más secreto de sus esposos: toda mujer es una Dalila que sustrae al hombre engañado el misterio más humano para arrojarlo a un extraño: el misterio de su fuerza o de su debilidad.

(Pàg. 95)
(...) desde aquella noche de hace cuarenta años, me parece infantil e insignificante todo lo que nuestros narradores y poetas cuentan en los libros como extraordinario y todo lo que en los teatros se disfraza de tragedia. ¿Es por comodidad, por cobardía o estrechez de miras el que se limiten a dibujar la zona superior y luminosa de la vida, donde los sentidos juegan abierta y legalmente, mientras abajo, en los sótanos, en las cavernas y en las cloacas del corazón pululan, lanzando destellos fosforescentes, las verdaderas y peligrosas bestias de la pasión, se aparean y se devoran a escondidas, bajo todas las formas de mezcolanza más fantásticas? ¿Los asusta el aliento ardiente y corrosivo de los instintos demoníacos, el vapor de la sangre hirviendo? ¿Tienen miedo a ensuciar sus manos demasiado delicadas en las úlceras de la humanidad, o su mirada, acostumbrada a claridades más sólidas, no encuentra el camino para bajas los peldaños resbaladizos y peligros, chorreantes de putrefacción?

(Pàg. 96)
Pero aquí un hombre se reveló ante mí en toda su desnudez, aquí un hombre se rasgó el pecho, ávido de descubrirme su corazón roto a golpes, envenenado, consumido y supurante. Una voluptuosidad indómita se martirizaba, se flagelaba voluntariamente en aquella confesión contenida durante años y años. Sólo quien durante toda una vida había sentido vergüenza, había bajado la cabeza y se había escondido podía, bajo los efectos de una embriaguez tan abrumadora, descender hasta el rigor de tal confesión. Pedazo a pedazo, un hombre arrancó la vida de su pecho, y en aquella hora, yo, un muchacho, penetré azorado, por primera vez, en las inimaginables profundidades del sentimiento humano.

(Pàg. 103)
Ahora comprendía con horrible claridad la cruel confusión de aquella noche cuando él, sonámbulo de sus todopoderosos sentidos, había subido los crujientes peldaños para salvarse a sí mismo y salvar nuestra amistad con una palabra ofensiva.

è Altres n'han dit...

è Enllaços:

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada