divendres, 3 de gener de 2014

Arrancad las semillas, fusilad a los niños - Kenzaburo Oé





"La epidemia: la terrible palabra había sido pronunciada."




Oé, Kenzaburo. Arrancad las semillas, fusilad a los niños.

Barcelona: Anagrama, 1999


芽むしり仔撃ち (Memushiri ko-uchi)Traducció de Miguel Wandenbergh. 
Col·lecció Panorama de narrativas, 422  i


è Què en diu la contraportada... 
La primera novela del más celebrado escritor japonés viviente, "Arrancad las semillas, fusilad a los niños" narra las proezas de quince chicos adolescentes de un reformatorio, evacuados en tiempo de guerra a un remoto pueblo de montaña, cuyo alcalde cree que hay que suprimir a los revoltosos «desde la semilla». El narrador, que es el cabecilla de la banda, su hermano pequeño y sus colegas son todos delincuentes marginados, temidos y detestados por los campesinos del lugar. Cuando se declara una epidemia, los habitantes del pueblo los abandonan y huyen, encerrándolos dentro del pueblo vacío; el breve intento de los chicos de construirse una vida autónoma de dignidad, amor y valor tribal, como reacción a la muerte y a la adulta pesadilla de la guerra, está condenado inevitablemente al fracaso. Esta novela, en la que aparecen ecos desde Mark Twain y el Golding de "El señor de las moscas" hasta Mailer y Camus, encierra todas las cualidades que distinguen la escriture de Oé: su ira radical, su evocación de mito y arquetipo y su extraordinario estilo poético.

è Com comença...
Dos de los nuestros habían huido durante la noche, y por eso no nos pusimos en camino antes de que amaneciera, como era habitual. Para matar el rato, tendimos al débil sol de la mañana nuestros bastos capotes verdes, todavía húmedos a causa del diluvio caído la noche anterior, y contemplamos las turbias aguas del río, que entreveíamos más allá de una higueras que se alzaban al otro lado del camino, del que nos separaba un seto bajo.

è Moments...
(Pàg. 82)
Cuando el tiempo se estanca, nuestro cuerpo y nuestra mente quedan en suspenso. No tenemos nada que hacer. Sin embargo, no hay sensación más dura, irritante y ponzoñosamente fatigante que sentir en lo más íntimo de tu ser que estás encerrado y no tienes nada que hacer.

(Pàg. 85) 
Necesitábamos que pasara algo. Lo que fuera, pero que nos devolviera nuestro verdadero ser y nos permitiera vivir intensamente, (...).

(Pàg. 88) 
Con tantos campos de batalla por todo el mundo, moriría un número incalculable de soldados. Y aún sería mayor el de los hombres que tendrían que cavar las fosas para enterrarlos. En mi imaginación, la tumba que habíamos cavado se multiplicaba hasta cubrir el mundo.

(Pàg. 104) 
-Yo no quiero ir a la guerra, ni matar a nadie -dijo de pronto el soldado, como si se liberara de un gran peso.
Esta vez estuvimos más tiempo callados, pues aquellas palabras nos incomodaban terriblemente y nos causaban un sentimiento de rechazo. Hubimos de reprimir unas risitas burlonas que nos hacían cosquillas en la piel del estómago y los costados.
- ¡Pues yo quiero ir a la guerra y matar! -exclamó Minami.
- A vuestra edad no podéis comprenderlo -dijo el soldado-, pero algún día lo entenderéis.
Callamos, pues sus palabras no nos convencían. Además, aquel tema de conversación no nos interesaba.

(Pàg. 137) 
-La guerra terminará pronto -dijo el soldado-. Y la victoria será del enemigo.
Guardamos silencio. A nosotros, aquello nos daba igual. Pero el soldado, irritado por nuestra indiferencia, insistió en su punto de vista:
- Bastará que me quede escondido lo poco que falta para el final de la guerra. -Su voz sonó apasionada, como si rezara una plegaria-. En cuanto Japón se rinda, seré libre.
-¿Es que no eres libre ahora? En este pueblo puedes hacer lo que te dé la gana. Vayas adonde vayas, nadie te detendrá -le dije-. ¿No eres la mar de libre?
- Ni vosotros no yo somos libres todavía -me respondió-. Estamos bloqueados

(Pàg. 138)  
El soldado, rojo de ira, nos miró desafiante, pero hundió la cara entre las rodillas, sin decir nada. Comprendí que se sentía derrotado y humillado, pero no me inspiraba compasión. Entre él y nosotros se levantaba un muro muy alto, infranqueable. A pesar de su deseo de librarse de sus imposiciones, el soldado había traído el mundo exterior al pueblo, e incluso después de todo lo que había pasado seguía apegado a él. Los adultos, incluso los que aún no lo son del todo, siempre están juzgando a los demás, pensé, la mar de satisfecho de mí mismo.

(Pàg 143)
La epidemia: la terrible palabra había sido pronunciada. La palabra que inmediatamente invadiría con sus hojas y sus raíces todo el pueblo, devastadora como un tifón, y destrozaría cuanto encontrara a su paso.

(Pàg. 153)
El día siguiente amaneció oscuro, y la aldea permaneció sumida en las sombras durante todo el día, presa de una niebla sucia que inundaba el valle. El sol que atravesaba la espesa capa de aire semitransparente derretía la sucia nieve, que se convertía en una masa fangosa.

(Pàg. 182)
Iban a liberarme de la prisión a la que me habían arrojado. Pero fuera seguiría estando igualmente encerrado. No podría escapar jamás. Tanto dentro como fuera, había puños duros y brazos brutales (...).

è Altres n'han dit...

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