diumenge, 23 de desembre de 2012

Moby Dick. La ballena blanca - Herman Melville





“Creen que estoy loco (Starbuck, desde luego), pero soy diabólico; soy la locura enloquecida. ¡Insensata locura que sólo se calma para comprenderse a sí misma!"


Melville, Herman. Moby Dick. La ballena blanca.
Barcelona: Editorial Juventud, 1969


Col·lecció: Edición especial para Discolibro




>> Com comença...
Llamadme Ismael. Años atrás, no importan cuántos exactamente, hallándome con poco, o ninguno, dinero en la faltriquera, y sin nada que me interesara especialmente en tierra, se me ocurrió hacerme a la mar por una temporada, a ver la parte acuático del mundo. Es el sistema que tengo de ahuyentar la hipocondría y regular la circulación sanguínea.

>> Moments...
(Pàg. 12)
¿Quién no es esclavo? Decídmelo. Por consiguiente, por mucho que el viejo lobo me mande de acá para allá, por mucho que me zarandeen de un lado para otro, tengo la satisfacción de saber que está perfectamente: que a todo el mundo le ocurre aproximadamente lo mismo.

(Pàg. 35)
El púlpito es lo más avanzado de este globo; todo lo demás viene detrás; el púlpito es el que dirige el mundo. Pues desde allí se desencadena primero el huracán de ira divina, y la proa ha de soportar el primer envite. Desde allí se impetra primeramente del Dios de las tempestades los vientos favorables.

(Pàg. 39)
(...)Rokovoko, isla lejana, hacia Poniente y el Sur, que no aparece en ningún mapa. Los sitios auténticos no aparecen nunca en ellos.

(Pàg. 54)
(...) con toda probabilidad había llegado hacía mucho tiempo a la discreta y juiciosa conclusión de que la religión de uno es una cosa y otra muy distinta este mundo práctico. En este mundo se prospera.

(Pàg. 62)
Como ya indiqué antes, no pongo el menor reparo a la religión de nadie, sea la que sea, siempre que el creyente no insulte ni mate a ningún prójimo porque no crea en ella. Pero cuando la religión de una persona llega a ser insensata, cuando constituye un verdadero suplicio para ella, en fin, cuando hace de este globo nuestro un mesón inhabitable, entonces creo que ha llegado la ocasión de llevar aparte al individuo y hacerle entender razones.

(Pàg. 83)
La realidad rebasaba los temores: el capitán Acab estaba plantado en el alcázar.
No parecía presentar signo alguno de enfermedad corriente ni de convalecer de ninguna. Parecía un hombre a quien se hubiera retirado al suplicio de la hoguera cuando ya las llamas hubieran prendido en sus miembros, aunque sin consumirlos ni quitarles su robusta firmeza.

(Pàg. 85)
La vejez no gusta del sueño, como si, a medida que vive más, menos quisiera el hombre tratarse con l que tanto semeja a la muerte.

(Pàg. 86)
”(...) ¡Vaya un viejo fangoso! Calculo que tiene lo que algunos en tierra llaman conciencia. Algo así como un tictac doloroso, dicen... y peor que un dolor de muelas.(...)”

(Pàg. 88)
(...) hay una gran diferencia entre un golpe vivo y otro muerto. Eso es lo que hace, Flask, el que sea cincuenta veces más difícil de soportar una bofetada que un palo. El miembro vivo, pequeño, es lo que da vida a la injuria.

(Pàg. 92)
(...) sea cualquiera la superioridad intelectual de un hombre, no puede llegar a adquirir la ascendencia práctica y posible sin ayuda de algunas argucias y reparos externos que, en sí mismos, son siempre más o menos bajos y mezquinos.

(Pàg. 97)
Acab era inaccesible socialmente. Aunque incluido nominalmente en el censo de la Cristiandad, seguía extraño a ella. Vivía en el mundo como vivieran en el Missouri colonizado los últimos osos grises. Y así como, al pasar la primavera y el estío, aquel Lotario de las selvas se encerraba en el tronco de un árbol a pasar el invierno chupándose las patas, así Acab se encerraba, en su inclemente ancianidad, en el tronco hueco de su propio cuerpo, comiéndose las lúgubres patas de su propia melancolía.

(Pàg. 103)
(...) sí, hijos míos todos, fue Moby Dick quien me desarboló; a Moby Dick le debo este muñón muerto en que me sostengo ahora. ¡Sí, sí! –clamó, en un sollozo terrible, animal como el de un alce herido en el corazón-. ¡Sí, sí! Esa maldita Ballena Blanca fue; ¡ella me dejó como un pobre impedido para toda mi vida! -Y alzando entonces ambos brazos en desmesuradas imprecaciones, siguió gritando-: ¡Sí, sí!; y la he de perseguir más allá del Cabo de Hornos, y más allá del de Buena Esperanza, y más allá del Maelstrom de Noruega, y más allá de los fuegos del Infierno antes de renunciar a cogerla. Y para eso os habéis embarcado, muchachos, para perseguir la Ballena Blanca por ambos hemisferios y todos los rincones del mundo hasta que lance sangre negra por el surtidos y flote panza arriba. Con que, muchachos, ¿queda cerrado el trato?. Me parece que tenéis cara de valientes.

(Pàg. 103) 
- (...) ¿No quieres cazar la Ballena Blanca? ¿No te atreves con Moby Dick?
- Me atrevo con su mandíbula torcida y con las fauces mismas de la muerte, capitán, si vienen como es debido en el curso de nuestra profesión; pero yo vine a cazar ballenas, ballenas, no la venganza de mi jefe. ¿Cuántos barriles te produciría la venganza, capitán Acab, aun si pudieras conseguirla?

(Pàg. 107)
“(...) Creen que estoy loco (Starbuck, desde luego), pero soy diabólico; soy la locura enloquecida. ¡Insensata locura que sólo se calma para comprenderse a sí misma! La profecía fue que sería desmembrado, y sí que perdí esta pierna. Y ahora yo profetizo que desmembraré a mi desmembrador (...).”

(Pàg. 118)
Cuanto enloquece y atormenta, todo lo sutilmente diabólico de la vida y el pensamiento, todo lo malo, se encarnaba para el insensato Acab en Moby Dick. Amontonada sobre la joroba de la Ballena Blanca la suma total del odio y la rabia que sintiera su especie entera desde el padre Adán, y, luego, como si su pecho hubiera sido un mortero, lanzaba sobre ella el candente proyectil de su corazón.

(Pàg. 118)
La locura humana es a menudo algo de lo más felino y astuto. Cuando se cree que ha desaparecido, puede que sólo se haya transformado en algo mucho más sutil. La locura total de Acab no desapareció, sino que se contrajo profundamente, como el Hudson se encoge, sin disminuir, al atravesar las gargantas montañosas. Pero así como en esta canalizable monomanía no se había perdido ni jota de la ancha locura de Acab, tampoco en ésta había perecido ni una pizca de su gran inteligencia material. Aquella potencia viva anterior se tornó ahora en instrumento. Si se me permite un tropo semejante, diré que aquella llocura especial asaltó su general cordura, conquistándola, y volvió toda sus artillería contra su propio objetivo insensato; de modo que, en lugar de perder energías con tal objeto, Acab disponía entonces de una potencia mil veces mayor de la que jamás hubiera podido concentrar cuando cuerdo, en cualquier tema razonable.

(Pàg. 121)
¿Qué hay en el hombre albino tan repelente a la vista, para que le detesten a veces hasta los de su propia clase y familia? Es la blancura que le distingue, como su propio nombre indica. El albino está tan perfectamente conformado como los demás (carece de toda deformidad esencial) y, sin embargo, su simple aspecto de blancura general le hace más repulsivo que le más feo aborto. ¿Por qué ha de ser así?

(Pàg. 134)
Para realizar su objetivo necesitaba Acab instrumentos, y de todos los que se usan bajo los cielos ninguno tan propenso a estropearse como los hombre.

(Pàg. 143)
Ni el recluta que pasa de los brazos de su madre al fragor de la primera batalla, ni la sombra del difunto que halla al primer fantasma del otro mundo, pueden experimentar emociones mayores ni más extrañas que las que siente alguien que por primera vez se encuentra remando en el círculo encantando de un cachalote perseguido.

(Pàg. 145)
En este extraño y complejo asunto que llamamos vida, existen algunos momentos y ocasiones raros en que el hombre toma al universo entero por una broma pesada, aunque no pueda descubrir la gracia de ella y esté casi seguro de que la bromita es simplemente a su costa. Con todo, nada le desanima, ni hay cosa alguna que parezca digna de discusión. Se lo traga todo: acontecimientos, credos, convicciones y creencias, todas las cosas visibles e invisibles, por duras que sean de tragar (...).

(Pàg. 171)
Recordad la astucia del mar; cómo se deslizan bajo el agua sus seres más temibles, inadvertidos en su mayoría, arteramente ocultos bajo el azul más precioso. Recordad, también, el esplendor y belleza diabólica de sus especies más crueles, como la pulcra belleza de muchas especies de tiburones. Recordad, en fin, el canibalismo universal del mar, todos cuyos seres se devoran unos a otros, haciéndose una guerra eterna desde el alborear del mundo.

(Pàg. 202)
Del mismo modo que si izáis por un lado la cabeza de Locke os inclináis hacia allí y, luego, por el otro, la de Kant, volvéis a recobrar el equilibrio, pero en qué lastimoso estado. De este modo, hay algunos espíritus que se mantienen así a flote. ¡Oh, imbéciles!, tirad todas esas cabezas por la borda y flotaréis tan frescos y enhiestos.

(Pàg. 247)
(...) si bien el hombre ama a su prójimo, es un animal para ganar dinero, circunstancia que no deja de interponerse muy a menudo en sus caridades.

(Pàg. 285)
- (...) Ayuno de felicidad yo mismo, no puedo soportar la desgracia en los demás si no es desesperada. Debías de volverte loco, herrero; dime, ¿por qué no e vuelves loco? ¿Cómo puedes sufrir sin volverte loco?¿Es que aún te odian tanto los cielos, que no puedes volverte loco? ¿Qué estabas haciendo?
- Estaba forjando una vieja punta de lanza, que tenía mellas y ranuras.
- Y ¿puedes volver a dejarla bien, después de tanto como ha servido?
- Creo que sí, señor.
- Y supongo que puedes quitar cualesquiera mellas y ranuras, por duro que sea el metal, ¿no?
- Eso, señor, creo que puedo; todas las mellas y ranuras, menos una.
- Mírame, pues, Perth –exclamó Acab, acercándose a él violentamente, y poniéndole las manos sobre los hombros-; mírame, mírame aquí. ¿No puedes remendar una hendidura como ésta? –Pasando la mano por su frente señalada-. Si pudieras, herrero, pondría con gusto la cabeza en el yunque, y aguantaría el golpe de tu martillo más pesado en el entrecejo. ¡Contesta! ¿No puedes con esta hendidura?
- ¡Oh, ésa es precisamente, señor! ¿No le dije que todas las mellas y ranuras salvo una?

(Pàg. 317)
Y ahora que, en el lugar y tiempo adecuados, después de una travesía preliminar tan larga y amplia, recorridas ya todas las demás regiones balleneras, parecía Acab tener metido a su enemigo en un rincón del océano, donde poder destruirlo con mayor seguridad; ahora que se encontraba en las mismas latitud y longitud donde sufriera su atormentadora herida; ahora que había hablado con un barco que el mismo día anterior había luchado con Moby Dick, y ahora que todos sus encuentros sucesivos con otros buques contribuían todos a demostrar la diabólica indiferencia con que la Ballena Blanca destrozaba a sus perseguidores, era ahora cuando brillaba en la mirada del viejo algo que apenas podían soportar las almas débiles. Como la Estrella Polar, que no se pone, mantiene durante los seis meses de la noche ártica su centelleo fijo y central, así brillaba fijamente ahora la decisión de Acab sobre la constante medianoche de la sombría tripulación, dominándola de tal modo que no le dejaba demostrar sus dudas, temores ni desconfianzas.

(Pàg. 322)
- ¡Starbuck!
- ¿Señor?
- ¡Oh, Starbuck, qué viento tan dulce y qué cielo tan suave! En un día así, de esta misma dulzura, arponeé a mi primera ballena... un muchachote de dieciocho años. ¡Hace cuarenta, cuarenta años ya! ¡Cuarenta años de caza continuada , cuarenta años de privaciones, y peligros, y borrascas! ¡Cuarenta años en el mar despiadado! ¡Durante cuarenta años ha huido Acab del sosiego de tierra, para luchar con los horrores del abismo! De esos cuarenta años, no habré pasado, Starbuck, ni tres en tierra. Cuando pienso en la vida que he llevado: la desolación de su soledad; la muralla tapiada de la reserva de un capitán que tiene pocos portillos a la compasión de la verde pradera exterior, ¡oh, fatiga, hastío, esclavitud africana del mando aislado!, cuando pienso en todo ello... que sólo sospechaba a medias y nunca vi tan claro como ahora. Y cómo me he alimentado durante cuarenta años con salazón, el mejor símbolo de la aridez de mi alma, cuando el hombre más pobre en tierra tenía diariamente a manos frutas frescas, y pan tierno frente a mis mendrugos mohosos... Lejos, lejísimos, océanos aparte de la joven esposa con quien me casé pasada la cincuentena, para salir rumbo al Cabo de Hornos al día siguiente, sin dejar más que leve huella en el lecho matrimonial... ¿Esposa? ¿Esposa? Viuda, más bien, de un marido vivo. Eso, la hice enviudar a aquella chica al casarme con ella, Starbuck; y luego, el frenesí, la locura, la sangre hirviente y la frente humeante con que Acab ha perseguido a su presa, furiosa y denonadamente en mil ocasiones... más que hombre, demonio... ¡Eso!, ¡eso! ¡Qué cuarenta años de insensatez! ¡Qué necio, qué necio fue durante cuarenta años el viejo Acab! ¿Para qué el fragor de la caza? ¿Para qué fatigar y entumecer los brazos en el remo y el hierro y la lanza? ¿Es Acab ahora mejor o más rico? Fíjate, Starbuck, ¿no es muy duro que, con tal carga sobre mis hombros, se me haya arrancado una pierna de debajo? Déjame apartar estos viejos cabellos, que me ciegan y parece que esté llorando. ¡El cabello tan gris no brota sino de entre las cenizas! Pero, ¿parezco tan viejo, Starbuck, tan viejísimo? Me siento horriblemente débil, encorvado, corcovado, como si fuera Adán tambaleándome bajo el peso de tantos siglos desde la creación. ¡Dios!, ¡Dios! ¡Sáltame el corazón! ¡Desfóndame el cerebro! ¡Oh amarga, mordaz burla de los cabellos grises! ¿Es que he vivido gozosamente lo bastante para pereceros? ¿Para sentirme y parecer tan insoportablemente viejo? ¡Acércate, Starbuck! Acércate a mi lado, que pueda mirarme en unos ojos humanos; es mejor que mirar al mar o al cielo; mejor que mirar a Dios. ¡Es el globo de cristal mágico, hijo! Veo en tus ojos junto al prado verde... en el hogar resplandeciente... a mi mujer y a mi hijo...(...).

(Pàg. 335)
- Starbuck, últimamente siento un extraño afecto por ti; desde aquel momento que contemplamos juntos... ya sabes que... en los ojos del otro. Pero, en esta cuestión de la ballena, tu rostro ha de ser para mí como la palma de esta mano, un vacío, sin labios, sin facciones. Acab será siempre Acab, hombre. Todo esto está ya escrito inmutablemente. Lo ensayamos tú y yo un billón de años antes de que este océano ondeara. ¡Necio! Soy el teniente de las Parcas; obro por mandato superior. ¡Ten cuidado tú , subordinado, con cumplir los míos! Veis aquí un viejo, desmochado hasta el tocón, apoyándose en una lanza rota, sosteniéndose en un solo pie. Este Acab es su parte corporal; pero el alma de Acab es un ciempiés que anda sobre su centenar de patas. Me siento tenso y retorcido, como maromas que remolcan una fragata desarbolada en una borrasca, y puede que lo parezca así. Pero antes de que me rompa crujiré; y, hasta que no oigáis, podéis estar seguros de que la guindaleza de Acab sigue tirando de sus propósitos

(Pàg. 336)
Hay mucho que pensar sobre eso, si Acab tuviera tiempo; pero Acab no piensa nunca, sólo siente, siente, siente; lo cual es ya bastante para el hombre mortal. Pensar es audacia. Únicamente Dios tiene tal derecho y prerrogativa. El pensar es, o tendría que ser, frialdad y sosiego; y nuestros pobres corazones palpitan y nuestros pobres cerebros se agitan demasiado para eso.

(Pàg. 343)
- (...) ¡Tú, quilla incólume, y casco a quine sólo Dios puedo intimidar; tú cubierta firme y orgulloso timón y roda que apunta al Polo... nave de muerte gloriosa! ¿Es que has de perecer sin mí? ¿Es que se me niega el gran honor del más humilde capitán náufrago? ¡Oh, solitaria muerte de una vida solitaria! ¡Oh, ahora me doy cuenta de que mi mayor grandeza estriba en mi mayor infortunio! ¡Oh, venid desde vuestros confines remotos, olas denodadas de toda mi vida pasada, a aumentar el volumen de esta gran ola de mi muerte! ¡Hacia ti ruedo, oh, ballena mortífera e invencible, lucho contigo hasta el fin; te acuchillaré desde el centro del infierno, escupiéndote mi odio con mi último aliento! ¡Hunde todos los ataúdes y sarcófagos en una misma laguna, y, como yo no he de tener ninguno, remólcame hasta hacerme pedazos, persiguiéndote siempre aunque sea atado a ti, ballena maldita!

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