dijous, 30 d’agost de 2012

Pobre gente - Fiódor M. Dostoievski



"La desgracia es una enfermedad contagiosa. Los desgraciados, los pobres, tenemos que estar apartados unos de los otros, para no agravar la infección."

Dostoievski, Fiódor M. Pobre gente.
Barcelona:  Alba, 2010

Bednyie liudi
Traducció de Fernando Otera Macías i José Ignacio López Fernández
Col.lecció Alba Clásica





>> Què en diu la contraportada...
Makar Dévushkin lleva treinta años copiando documentos en un departamento administrativo de San Petersburgo y vive en la habitación más barata de una pensión, junto a la cocina. A través de la ventana ve, sin embargo, a la joven Varvara, pariente lejana suya, que es toda su alegría. Varvara, huérfana, sin dinero ni posición, ha huido de una pariente agriada y maquiavélica e intenta ganarse la vida bordando. Varvara y Makar se cartean, se prestan dinero y libros, comparten decepciones y pequeñas alegrías. Son pobres e insignificantes, pero tienen amor propio y llegan a ver en las cartas que se escriben –en la literatura– una forma de dignidad.
Con su extraordinaria sensibilidad para el patetismo, Dostoievski extiende el relato al de las otras personas –un joven profesor tísico, un padre en lucha contra el alcohol, la triste familia de un funcionario cesante, un escritor de pluma florida- que habitan un mundo donde “la desgracia es una enfermedad contagiosa”. Cuando Pobre gente apareció en 1845, la crítica saludó a Dostoievski con el nuevo Gógol: fue su primera novela, pero en ella se anuncia espléndidamente todo lo que vendría después.

>> Com comença...
8 de abril

Mi inestimable Varvara Alekséievna:
¡Ayer estaba feliz, enormemente feliz, feliz a más no poder! Aunque sea por una vez en la vida, usted, que siempre se muestra tan testaruda, me ha hecho caso. Por la noche, a eso de las ocho, desperté (ya sabe usted, querida mía, que me gusta echarme un sueñecillo de una o dos horitas al regresar de la oficina), cogí una vela, preparé los papeles, afilé la pluma, cuando de repente, sin querer, levanté los ojos y... ¡le juro que me dio un brinco el corazón! ¡Y es que había comprendido lo que yo quería, lo que mi pobre corazón quería!

>> Moments...
(Pàg. 25)
(...) me duele la cabeza y también un poco la espalda, y mis pensamientos son tan raros que parece como si también me dolieran; ¡hoy estoy triste, Várenka!

(Pàg. 33)
Sea indulgente, alma mía, con lo que le he escrito: carezco de estilo, Várenka, carezco por completo de estilo. ¡Ojalá lo tuviera! Escribo lo primero que se me ocurre, con el único fin de alegrarla un poco. Si tuviera estudios, la cosa cambiaría; pero ¿qué he estudiado yo? Nada de nada.

(Pàg. 68)
A menudo Pokrovski me dejaba libros; al principio, yo los leía para no dormirme; después los leí con más atención, y luego con avidez. Ante mí se abrió de pronto un mundo nuevo, totalmente ignoto y desconocido. Nuevos pensamientos y nuevas impresiones se precipitaban, formando un caudaloso torrente, sobre mi corazón. Y cuanta más emoción, más turbación, más esfuerzo me costaba asimilar aquellas nuevas sensaciones, más dulce era la sacudida que me producían. Se agolpaban en mi alma, sin dejarme siquiera respirar. Un caos indefinible empezaba a trastornar todo mi ser. Pero este arrebato espiritual no tuvo fuerza suficiente para desbaratarme por completo. Yo era demasiado fantasiosa, y eso fue lo que me salvó.

(Pàg. 94)
Nosotros fumamos tabaco y él nos lee, se pasa leyendo hasta las cinco, y nosotros no dejamos de escucharle. ¡No es ya literatura, es una auténtica delicia! ¡Algo fascinante! ¡Flores, verdaderas flores; de cada página hace un ramo! Es un hombre tan afable, tan bueno, tan cariñoso... Y yo, ¿qué soy yo a su lado? Nada. Él tiene una reputación; y yo, ¿qué tengo yo? Simplemente no existo (...).

(Pàg. 118)
He alcanzado la madurez y ya peino canas; que yo sepa no he cometido ningún pecado grave. Claro que, en las pequeñas cosas, ¿quién no peca?

(Pàg. 120)
(...) ¿Por qué no puede regañar a alguno de nuestros compañeros si es necesario hacerlo? Supongamos, por ejemplo, que regañara para darse tono; pues incluso en ese caso estaría justificado; hace falta enseñar; hace falta infundir temor; porque –que quede entre nosotros, Várenka- sin temor muchos de nosotros no haríamos nada; cada uno se afana únicamente por figurar, para poder decir aquí estoy yo, pero, a la hora de trabajar, sólo saben escurrir el bulto. Y, dado que existen diversos rangos entre los funcionarios, cada rango conlleva su correspondiente reprimenda y, naturalmente, el tono de la reprimenda también está en consonancia con el rango, ¡eso está en el orden de cosas! Pues en ello se fundamenta el mundo, mátochka, en que todos nos demos tono ante los demás, y en que cada uno de nosotros regañe al prójimo. Sin esta prevención, el mundo no se sostendría en pie y no había orden.

(Pàg. 125)
La desgracia es una enfermedad contagiosa. Los desgraciados, los pobres, tenemos que estar apartados unos de los otros, para no agravar la infección.

(Pàg. 132)
El pobre es exigente; observa el mundo de Dios a su manera, a todo el que pasa le mira de soslayo, dirige una mirada perpleja a cuando le rodea, presta atención a cada palabra, no sea que estén hablando de él, no sea que estén comentando que es poco agraciado, que se estén preguntando qué siente exactamente o, por ejemplo, cómo será por este lado o cómo será por ese otro. Todo el mundo sabe, Várenka, que el pobre vale menos que un trapo viejo y que no puede esperar respeto de nadie.

(Pàg. 136)
(...)¡Al cuerno con el libro, mátochka! ¿Qué es un libro? ¡Una evidente falsedad! Una novela es una cosa absurda, escrita con ánimo de decir sandeces, para que la lea una gente ociosa: confíe en mí, mátochka, confíe en mi larga experiencia. Y si empiezan a hablarle de un tal Shakespeare, y le recuerdan la existencia de Shakespeare en la literatura, ¡sepa que Shakespeare es una sandez, que todo eso es una pura sandez y que lo único que buscan es publicar pasquines!

Suyo,
MAKAR DÉVUSHKIN

(Pàg. 149)
(...) Pero lo principal, querida mía, es que yo no estoy apesadumbrado por mí, no sufro por mí; no me importa tener que andar sin capote y sin botas con un frío helador, yo puedo siportar la miseria y aguantar lo que sea, a mí eso me da igual; soy un hombre sencillo, insignificante. Pero ¿qué va a decir la gente? ¿Qué van a decir mis enemigos, todas esas malas lenguas, cuando aparezca sin capote?

(Pàg. 161)
(...) Fue entonces cuando perdí el ánimo, mátochka . Quiero decir que, al principio, no tuve más remedio que reconocer que soy un perfecto inútil y que quizá no valga mucho más que la suela de mi zapato, y me sentía indigno de aspirar a nada de modo que empecé a considerarme a mí mismo como un individuo impresentable y, en cierta medida, indecente. Y, al haberme perdido el respeto a mí mismo, al haber renegado de mis buenas cualidades y de mi dignidad, fue cuando tiré todo por la borda y me hundí en el abismo. Pero eso lo decidió el destino, y yo no tengo ninguna culpa de lo ocurrido.

(Pàg. 198)
(...) “¿Qué importa la honra, bátiushka, cuando no hay nada que comer? El dinero, bátiushka, el dinero es lo principal; ¡por eso es por lo que tiene que darle gracias a Dios!”

(Pàg. 201)
(...) Es triste pensar que, en verdad, uno no sabe ni el día ni la hora...Y te mueres así, como si nada...

Suyo,
MAKAR DÉVUSHKIN

>> Altres n'han dit...
Solo de libros, La Tormenta en un Vaso, Papel en blanco.


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Fiódor M. Dostoievski, context, el criteri BelinskiUnes botes? un capot?, literatura epistolar, la vena existencialista.

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