divendres, 6 de maig de 2011

Burlando a la Parca - Josh Bazell


Bazell, Josh. Burlando a la Parca.
Barcelona: Anagrama, 2009









Beat the Reaper

Traducció de Benito Gómez
Col·lecció Panorama de Narrativas, 731


>> Què en diu la contraportada...
Peter Brown es un médico interno residente en el peor hospital de Manhattan. Y también un experto en artes marciales, y un tío deslenguado y cínico, con verdadero talento para la medicina. Sin embargo, Peter no es todo lo que parece. Su verdadero nombre es Pietro Brnwa, está en el programa de protección de testigos del FBI y sigue teniendo un colorido pasado, porque Pietro fue un asesino a sueldo de la mafia hasta el día en que reconoció que matar a otro también mata algo en uno mismo. Y el pasado se repite cuando el doctor Brown debe atender a Eddy Squillante, un paciente con un cáncer de estómago y tres meses de vida. Eddy piensa burlar a la muerte, y además él también se ha cambiado el nombre; antes era Nicholas LoBrutto, un mafioso que reconoce a Peter, y le ofrece un trato: si lo mantiene vivo, Eddy no lo delata a sus antiguos jefes de la mafia, de lo contrario, sus socios cogen el teléfono y empiezan a hablar...


>> Com comença...
¡De modo que voy camino del trabajo, me paro a ver cómo una paloma se pelea con un rata en la nieve y un gilipollas intenta atracerme! Naturalmente tiene una pistola. Se me acerca por detrás y me la clava en la base del cráneo. Está fría, y en realidad produce una sensación agradable, como de digitopuntura.
- Tranquilo, doctor –me sugiere.
Lo que lo explica todo, al menos. Incluso a las cinco de la mañana, no soy la clase de tío al que se suele atracar. Soy como una estatua de estibador plantada en la Isla de Pascua. Pero el capullo me ve bajo el abrigo los pantalones azules del pijama sanitario y los zuecos de plástico verde perforados, así que piensa que debo de llevar drogas y dinero encima. Y que a lo mejor he hecho alguna especie de juramento de no patearle su culo de tonto del culo por tratar de asaltarme.

>> Moments...
(Pàg. 34)
Aspiré a la peligrosidad, y la perfeccioné. Como habría hecho cualquier otro chico norteamericano, tomé como modelo a Batmana y a Charles Bronson en El justiciero de la ciudad.

(Pàg. 37)
Los hombres odian ser mentalmente fuertes y físicamente débiles. El hecho de que debamos destruir este planeta a la vez que a nosotros mismos no nos llega de alegría. En cambio admiramos a los atletas y a las personas que ejercen la violencia física, y odiamos a los intelectuales. Un puñado de gilipollas lanzan un cohete a la puñetera luna, y ¿a quién mandan? A un tipo rubio llamado Armstrong, incapaz de decir lo que debía al alunizar.
Es una extraña maldición, cuando uno se pone a pensarlo. Estamos hechos para el pensamiento y la civilización más que cualquier otro bicho viviente que conozcamos. Y en el fondo sólo queremos ser asesinos.

(Pàg. 66)
Permítanme decirles algo de la venganza. Sobre todo de la sangrienta.
No es buena cosa. En primer lugar, no dura mucho. La razón por la que dicen que la venganza se sirve en plato frío no es con idea de aplazarla para luego tomársela cumplidamente, sino para prolongar su aspecto más divertido, que es la planificación y la espera.
En segundo lugar, aun cuando te salgar con la tuya, asesinar no es nada bueno. Mata algo en tu interior, y tiene toda clase de consecuencias imposibles de prever.

(Pàg. 100)
Por supuesto, el Manual ni siquiera intenta definir la “estupidez”. Mi impresión personal es que existen unas once clases distintas de inteligencia, y cuarenta tipos diferentes de estupidez.
La mayoría de las cuales he experimentado directamente.

(Pàg. 115)
Ah, la juventud. Es como heroína fumada en vez de esnifada. Evaporada tan deprisa que resulta increible que hayas tenido que pagarla.

(Pàg. 121)
(...) Llamar “intervención estética” a un piercing en la lengua es un poco elástico, habida cuenta de que no se lo ha hecho para estar más guapa. Se lo ha hecho porque está tan falta de cariño que no duda en causarse un grave perjuicio a sí misma para anunciar lo bien que chupa la polla.

(Pàg. 150)
- (...) Dígame una cosa, doctor. ¿Por qué es tan importante contemplar un río de vez en cuando?
- Pués no sé –le digo-. Me parece que me perdí esa clase en la facultad.
- Supongo que es porque todos sentimos alguna vez la necesidad de ver algo creado por Dios. Como cuando en un campo de prisioneros de guerra se plantan flores, y entonces a la gente no le da por escaparse tanto.
- Si tengo que contemplar algo creado por Dios –terció Merschawn-, preferiría mirar un coño.
- ¿Ves alguno por aquí? –le preguntó Mosby.
- No, señor.
- Entonces tendremos que conformarnos con el río (...)

(Pàg. 267)
(...) Un impulso se apoderó de mí. Matar. Por todo el recinto, ojos, gargantas y rodillas se iluminaron como dianas en una galería de tiro.
Pero no me centré en Skinflick. Podría haberlo hecho: lanzando el talón hacia atrás, y clavándoselo en el esternón para aplastarle el corazón. Pero en cierto modo aún no creía que formara parte de todo aquello. Él lo sabía, claro. Pero a lo mejor lo habían obligado a traerme allí. O algo así. De modo que cuando empecé a matar le perdoné la vida.

>> Altres n'han dit...
El LlibreterLlegir en cas d'incendi, 1001 librosCercleCactus, La piel del almanaque,

>> Enllaços:
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