Guerra Mundial Z - Max Brooks
"(...) Los monstruos que salían de sus tumbas no son nada comparados con los que llevamos dentro del corazón."
Brooks, Max.
Guerra Mundial Z.
Editorial Almuzara, 2008
World War Z. An Oral History Of Zombie War.
Traducció de Pilar Ramírez.
Col·lecció Book4pocket![]()
::: Què en diu la contraportada...
Por fin, el mundo sabrá la historia verdadera de cómo la humanidad
estuvo a punto de extinguirse. Desde el fin oficial de las hostilidades se han
producido numerosas tentativas para documentar la guerra zombi. Guerra Mundial
Z es el relato definitivo –realizado por los propios supervivientes- de los detalles
tecnológicos, militares, sociales, económicos y políticos de cómo la
civilización estuvo al borde de la extinción en la lucha total contra el muerto
viviente.
::: Com comença...
Introducción
Se la conoce por muchos nombres: La Crisis, Los Años Oscuros, La Plaga Andante,
así como otros apelativos nuevos más “a la moda”, como Guerra Mundial Z o
Primera Guerra Z. Yo prefiero no
utilizar este último apodo, ya que implica una inevitable Segunda Guerra Z.
Para mí siempre será la Guerra Zombie (...).
::: Moments...
(Pàg. 53)
La mayoría de la gente no cree que algo pueda suceder hasta que ya ha sucedido.
No es por estupidez o debilidad, sino simple naturaleza humana. No culpo a
nadie por no creer, y no pretendo ser más listo o mejor que ellos. Supongo que
todo se reduce al azar del nacimiento.
(Pàg. 56)
Casi toda la información provenía de la Organización Mundial de la Salud. La
ONU es una obra maestra de la burocracia, así que había muchas perlas valiosas
enterradas en montañas de informes sin leer. Encontré incidentes por todo el
mundo, todos descartados con explicaciones plausibles. Estos casos me
permitieron reunir un mosaico coherente de aquella nueva amenaza. Las víctimas
en cuestión estaban, de hecho, muertas, eran hostiles y se propagaban, sin
lugar a dudas. Dada su naturaleza global, creí que lo más prudente sería buscar
la confirmación en los círculos de inteligencia extranjeros.
(Pàg. 59)
¿De verdad tenía que creerme la locura de que la rabia africana era una plaga
nueva que transformaba a los muertos en caníbales sedientos de sangre? ¿Cómo
podíamos tragarnos aquella estupidez, sobre todo teniendo en cuenta que
provenía de nuestro enemigo más odiado?
(Pàg. 71)
El secreto es un vacío, y nadie llena un vacío tan bien como la especulación
paranoica.
(Pàg. 83)
¿Entiende de economía? Me refiero a capitalismos global del bueno, el de antes
de la guerra. ¿Entiende cómo funcionaba? Yo no, y cualquiera que diga que lo
entiende es un puto mentiroso. No existen reglas, ni absolutos científicos;
ganas, pierdes, es todo cuestión de suerte. La única regla que entendía la
aprendí de un profesor de Historia en Wharton, no de uno de Economía. “El miedo
–decía-, el miedo es la mercancía más valiosa del universo. –Eso me dejó pasmado-.
Encended la televisión –decía-. ¿Qué veis? ¿Gente vendiendo productos? No:
gente vendiendo el miedo que tenéis de vivir sin sus productos.
(Pàg. 90)
¿Qué? ¿Habría preferido que le contásemos la verdad a la gente? ¿Qué no era una
nueva cepa de la rabia, sino una misteriosa superplaga que reanimaba a los muertos? ¿Se imagina el
pánico que había provocado? ¿Las protestas, los disturbios, los millones en
daños a la propiedad privada? (…).
(Pàg. 91)
(…) Así que, en realidad, nunca
intentaron resolver el problema.
Oh, venga. ¿Se puede solucionar la pobreza? ¿Se puede solucionar el crimen? ¿Se
pueden solucionar las enfermedades, el desempleo, la guerra o cualquier otro
herpes social? Claro que no. Sólo puedes intentar que sean lo bastante
manejables para que la gente siga con su vida. No es cinismo, es madurez; no se
puede detener la lluvia, sólo construir un tejado y esperar que no tenga
goteras o, al menos, que no gotee sobre la gente que va a votarte.
(Pàg. 150)
(…) las armas que fallaron no fueron las que salieron de las cadenas de
montaje. Es algo tan viejo como…, no sé, supongo que tan viejo como la guerra.
Es el miedo, tío, sólo el miedo, y no tienes que ser el puto Sun Tzu para saber
que la verdadera batalla no consiste en matar, ni siquiera herir al otro, sino
en asustarlo lo suficiente para que lo deje.
(Pàg. 177)
(…) al mirar atrás, no acabo de creerme lo poco profesionales que fueron los
medios de comunicación. Tanto dar vueltas y tan pocos hechos probados… Todas
aquellas gotitas de información digerible, ofrecidas por un ejército de
supuestos expertos que se contradecían entre sí, preocupados por resultar más
sorprendentes y enterados que los demás.
(Pàg. 237)
(…) Sí, había mentiras; y, a veces, mentir no es algo malo. Las mentiras no son
buenas ni malas; como un buen fuego, pueden mantenerte caliente o quemarte
vivo, según cómo las uses. Las mentiras que nos contó nuestro gobierno antes de
la guerra, las que se suponía que nos mantenían ciegos y felices, ésas eran de
las que quemaban porque nos impedían hacer lo que había que hacer.
(Pàg. 252)
(…) Ésa es otra cosa importante que nos enseñaron en Willow Creel: no les
escribas un panegírico, no intentes imaginarte cómo eran antes, ni cómo
llegaron hasta donde están , ni cómo se convirtieron en lo que son. Lo sé,
¿quién no se lo pregunta, verdad? ¿Quién es capaz de mirar a una de esas cosas
y no empezar a preguntarse, sin quererlo? Es como leer la última página de un
libro… (…).
(Pàg. 335)
(…) ¿Qué países estaban más afectados? ¿Habría empleado alguien la solución
nuclear? De ser así, era el fin para todos nosotros. En un plantea irradiado,
los muertos vivientes podrían llegar a ser los únicos seres “vivos”.
(Pàg. 353)
Los monstruos que salían de sus tumbas no son nada comparados con los que
llevamos dentro del corazón.
(Pàg. 363)
(…) fue el ejemplo más aterrador del empuje del enemigo: no mostraban
pensamiento consciente, sólo puro instinto biológico.
(Pàg. 373)
Sí, nuestras estrategias de defensa habían salvado a la raza humana, pero ¿qué
pasaba con el espíritu humano?
Los muertos vivientes nos habían quitado algo más que tierra y seres queridos;
nos habían robado la confianza como forma de vida predominante del planeta.
(Pàg. 378)
El libro de la guerra, el que llevamos escribiendo desde que un mono le pegó
una bofetada a otros, no servía para nada en aquella situación; teníamos que
escribir uno nuevo desde cero.
(Pàg. 379)
Todos los ejércitos humanos necesitan suministros, pero aquel ejército no; ni
comida, ni munición, ni combustible, ¡ni siguiera agua para beber y aire para
respirar! No había líneas logísticas que cortar, ni almacenes que destruir. No
podíamos rodearlos y dejarlos morir de
hambre, ni dejarlos pudrirse en el árbol.
(Pàg. 381)
Por primera vez en la historia, nos enfrentábamos a un enemigo que de verdad
libraba una guerra total: no tenía límite de resistencia; no negociaba nunca;
no se rendía nunca; lucharía hasta el fin porque, a diferencia de nosotros,
todos ellos estaban dedicados cada segundo del día a consumir la vida de la
Tierra. Ése era el enemigo que nos esperaba más allá de las Rocosas; ésa la
guerra en la que teníamos que luchar.
::: Què en penso...
Qui pensi que Guerra Mundial Z parla de zombis s’equivoca del tot: la novel·la de Max Brooks parla de nosaltres, de la humanitat i de com de malament pot esdevenir la gestió d'una catàstrofe global guiada per l'egoisme.
Guerra Mundial Z o World War Z no centra la seva força en la trama (que cal reconèixer addictiva i tensa), sinó en la seva arquitectura formal. Brooks construeix la novel·la com un compendi de testimonis recollits per un tècnic de l’ONU que, aparentment, només vol documentar la crisi. Però aquest dispositiu és molt més que un recurs: és l’eix que sosté tota la narració.
La novel·la es desplega a través de diferents recursos: una pluralitat de formats (entrevistes, monòlegs, informes, cròniques); episodis breus i intensos, autònoms però interconnectats; una oralitat molt treballada en les entrevistes, que dona textura i versemblança; i una geografia global que vol transcendir la mirada localista -i que malgrat tot, entra en contradicció amb la motxilla nord-americana que porta l'autor-.
Cada fragment és una instantània, un tros de memòria. El desenvolupament de la crisi només es revela del tot quan el lector ha conegut tots els testimonis, i escoltat totes les veus. Així, l’episodisme, lluny de dispersar, ordena: és la manera com Brooks aconsegueix construir una crònica coherent d’un desastre essencialment incoherent.
L'estil també ajuda en aquest sentit. L'autor no busca una prosa espectacular ni ornamentada; aposta per un estil funcional, net i extremadament controlat, que respon a la naturalesa documental del llibre. Aquesta aparent simplicitat amaga una sofisticació semàntica i estructural que opera en silenci i que es basa en diferents recursos:
- l'ús d'una prosa de precisió quirúrgica: frases directes, ritme contingut, cadència de parla real -sembla senzill però hi ha una gran feina d'autor darrera-;
- un detallisme destacable: la densitat de detalls tècnics —logística militar, protocols sanitaris, decisions polítiques— és el que dona pes i credibilitat al relat;
- la variació de registres i veus, responsable de que cada testimoni tingui un registre propi, una sintaxi i un vocabulari que reflecteixen classe, origen, trauma i ideologia, tot component una polifonia cultural, lingüística i formal;
- i un cert grau de contenció: l’horror no s’exagera, en canvi es relata amb fredor, amb distància. La por neix del que s’insinua, del que queda fora de pla.
Es clar que, tot plegat no és nou. World War Z, Brooks té un referent immediat en la novel·la La guerra "bona" (The Good War) de Louis Terkel, de la que hereta l’estructura basada en testimonis i la construcció d’una memòria col·lectiva del desastre basada en l'oralitat. Però també podem rastrejar influències a Diari de l'any de la Pesta (A Journal of the Plague Year) de Daniel Defoe, que ja al segle XVIII experimentava amb la ficció documental, o el segle XX a La Pesta d’Albert Camus, que aporta una mirada ètica i existencial sobre la resposta humana davant la crisi sanitària.
Aquestes obres, tot i les diferències formals i de context, comparteixen amb Brooks la voluntat de convertir la catàstrofe en un instrument d’anàlisi social, i situen Guerra Mundial Z dins d’una tradició literària que utilitza el desastre com a mirall crític de la condició humana.
Ara bé, l’horror de World War Z no prové de la sang ni del fetge —que hi són, però no dominen— sinó del realisme amb què Brooks retrata els comportaments humans i institucionals. La incompetència burocràtica, la manipulació mediàtica, les tensions geopolítiques, la cerca del benefici a curt termini, la desigualtat global, la incapacitat de resposta coordinada… tot plegat ressona amb una força inquietant, especialment després d’haver viscut la pandèmia real de la Covid on alguns d'aquests ítems es van produir realment.
És aquest reflex realista el que converteix la ficció en un mirall. L’horror neix de la sensació que això podria passar perfectament. Que potser ja ha passat. O que està a punt de passar... de nou.
Gran part d'aquesta força, d'aquesta potencialitat, es deu al fet que la novel·la funciona com una mena de sociologia-ficció. Brooks utilitza la figura del zombi com a metàfora dels mals estructurals de la humanitat: la rigidesa dels sistemes econòmics, els conflictes eternament irresolts del Pròxim Orient, la tensió entre blocs ideològics, la fragilitat de les democràcies davant la por. Important i diferencial: és un llibre que parla del món tal com és, no del món tal com el cinema de zombis ens ha acostumat a imaginar-lo.
A més, la disparitat dels entrevistats és un dels grans encerts del dispositiu narratiu. Brooks construeix un ventall transversal de veus que abasta ideologies, classes socials, professions, races, cultures i situacions vitals radicalment diferents. Militars, polítics, refugiats, científics, pagesos, contrabandistes, nens soldats, executius, supervivents anònims… cadascú aporta un angle que no només amplia la perspectiva, sinó que revela com la crisi afecta de manera desigual segons la posició que ocupes al món. Aquesta diversitat no és trivial: mostra que l’apocalipsi no és un fenomen homogeni, sinó un prisma que refracta les desigualtats preexistents.
I Brooks ho fa sense moralismes, amb una lucidesa que combina cinisme lúdic i rigor quasi periodístic mitjançat un narrador, alter ego del propi autor, que tria, ordena i decideix el rumb narratiu.
El tècnic de l’ONU que recull els testimonis és un personatge discret però fonamental. No és només un narrador i no és neutral: és un editor del caos, un organitzador de memòries que decideix què entra i què queda fora del relat.
Guerra Mundial Z és una novel·la feta de fragments, però no fragmentària; és global, però no dispersa; és de gènere, però transcendeix el gènere. La seva força prové de la combinació entre una arquitectura formal modèlica, una prosa de precisió quirúrgica i una lectura sociopolítica incisiva. I és aquesta suma —aquesta tensió entre forma, estil i contingut— la que la converteix en una obra que continua ressonant, especialment en un món que ja ha tastat el vertigen d’una crisi sanitària global recent.
::: Altres n'han dit...
Entre montones de libros, Un libro al día (Jaime), La llave de plata, Culturalia (J. Pisa), Humilde lector, Momoko (A. Lafont), Anabel Samani, Un Universo de Ciencia Ficción, Novelas de ciencia ficción (C. Pérez), Cult of the New, Culture addict history nerd, Vengono fuori dalle fottute pareti (S. Simon), Senzaudio (G.Bodi), Grado Zero (E. Ilardo),
::: Enllaços:
Max Brooks, perfil de l'autor, Solanum, debatint sobre i al voltant de la novel·la, llibre o pel·lícula?

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