dijous, 21 de juliol de 2016

La lección del maestro - Henry James





"¿Es que no existen mujeres capaces de entendernos, capaces de participar en un sacrificio?"





James, Henry. La lección del maestro. 
Madrid: Espasa, 2008

The Lesson of the Master. Traducció de Federico Corriente, Íñigo Ureta, Miguel Martinez-Lage, MªPilar Mur, Eugenia Vázquez.
Col.lecció Austral -Narrativa, 623
 


 Què en diu la contraportada...
Considerada por la crítica como una de las mejores novelas cortas de Henry James, La lección del maestro supone la máxima expresión de la intensa depuración narrativa del genial escritor norteamericano. La trama gira alrededor de tres personajes –un joven y prometedor escritor, otro afamado pero ya en decadencia, y la mujer a la que ambos aman- para los que el arte y la creación constituyen elementos esenciales en sus vidas; de ahí que las elecciones vitales que tomen vendrán marcadas por el dilema entre fama y éxito artístico. La caracterización psicológica es deslumbrante y el recurso del punto de vista se convierte en un callejón sin salida desde el que el propio James observa el movimiento de sus personajes. La lección del maestro ha supuesto a lo largo de los años un verdadero reto para los traductores en nuestra lengua, pues la sutileza expresiva de James adquiere aquí unos tintes de ambigüedad y de finura estilística de difícil adaptación a otros idiomas.

 Com comença...
Aunque estaba avisado de que las damas se encontraban en la iglesia, esta información vino a desmentirla lo que vio desde lo alto de la escalinata –que descendía desde gran altura en dos ramales, en un movimiento envolvente cautivador-, plantado en el umbral de la puerta que, desde la larga y luminosa galería, dominaba la inmensa extensión de césped.

 Moments...
(Pàg. 25)
(...) la charla discurría sin revelarle gran cosa. En efecto, no parecía de mucha enjundia; iba y venía, salpicada de pausas sin sentido y sin llegar a levantar el vuelo, sembrada de topónimos y gentilicios que para nuestro amigo no tenían gran poder de evocación. Era plácida y correcta, como corresponde y es de ley en una soleada mañana de domingo.

(Pàg. 44) 
- (...) Al fin y al cabo, ¿por qué tratar de convertirse en artista? –insistió el joven-. Es ser tan poco, es tan poco...
- No entiendo a qué se refiere –repuso ella con un punto de gravedad.
- Quiero decir que resulta insustancial si se compara con la gente de acción, con aquellos cuya vida es su obra.
- ¿Y qué es el arte, cuando es verdadero, sino la más intensa forma de vida? –inquirió ella-. Creo que no hay otra posible (...)

(Pàg.57)
Paul Overt era un fumador de poca fe; podía fumar un cigarrillo por razones que nada tenían que ver con el tabaco.

(Pàg. 64) 
- ¿(...) qué entiende por los falsos dioses? –inquirió.
Su interlocutor no tuvo el menor empacho en responderle.
- Los ídolos del mercado, el dinero, el lujo y “el mundo”; colocar a los hijos y vestir a la esposa, todo aquello que nos conduce a tomar el atajo más fácil. ¡Las vilezas a las que se ve uno abocado!
- Pero ¿qué mal puede haber en que uno trate de colocar a sus hijos?
- Uno no tiene por qué tener hijos –le espetó Saint George sin ruborizarse-. Quiero decir, por supuesto, en el caso de que aspire a hacer algo bueno de verdad.

(Pàg. 87) 
(...) le dio por pensar que la ingenuidad en el arte era como el cero en una cifra, cuya importancia está en relación directa con el número al que acompaña.

(Pàg. 96)
El criado le tendió una prenda, un viejo batín desgastado por la brega, que tomó de un armario empotrado, retirándose después con la chaqueta de la que se había despojado. Paul Overt recibió el batín con agrado; era una prenda que propiciaba la charla, que auguraba confidencias, y sus coderas literarias, trágicas, delataban que había sido testigo mudo de innumerables confesiones.

(Pàg.104) 
- (...) He amasado pingües ganancias que mi esposa ha sabido administrar con tino, dándoles un uso juicioso, sin dispendios, sabiendo obtener buenos réditos. Tengo la despensa surtida; tengo todo, a decir verdad, salvo lo más grande.
- ¿Lo más grande? –repitió Paul, como un eco.
- Sí: la convicción de haber hecho todo lo posible: esa certeza que dota de sentido a la vida del artista y cuya ausencia equivale a la muerte, de haber arrancado de su instrumento intelectual hasta la última nota de la música más excelsa que la naturaleza hubiera cifrado en él, de haberlo tocado con todo el virtuosismo posible. Ahora bien, en eso no hay medias tintas: o lo borda o no vale nada, en cuyo caso no merece la pena ni mentarlo (...).

(Pàg. 105)
(...) Partiendo del supuesto de que se pueda y sea deseable alcanzar cierto grado de perfección, supongo que está usted conmigo en esto. Tan sólo digo que los hijos interfieren en el afán de perfección. La propia esposa interfiere. El matrimonio mismo interfiere.

(Pàg. 107)
- (...) el verdadero éxito consiste en hacer que la gente baile a un son distinto del que le tocan. ¡Por lo qué más quiera, a eso debe aspirar!
- ¿Aspirar a qué? –Paul seguía regocijándose pese a la solemnidad de su semblante.
- A crear una obra buena de verdad.
- ¡Nadie mejor que yo sabe cuánto lo ansío!
- Pues sepa que no podrá lograrlo sin esfuerzo; no vaya a creer usted, siquiera por un instante, que podrá conseguirlo sin sacrificios (...)

(Pàg. 111)
(...) Paul se quedó sin saber qué decir, pero cada vez más atormentado.
- ¿Es que no existen mujeres capaces de entendernos, capaces de participar en un sacrificio?
- ¿Cómo van a participar, si ellas mismas son el sacrificio? Son el ídolo, el altar y la llama.

(Pàg. 114)
- (...) Felices las sociedades en las que el arte no ha hecho acto de presencia, pues desde el momento en que aparece, son pasto de un dolor que las consume y anida en su seno una incurable corrupción

(Pàg. 130)
(...) el joven por fin posó la mirada en el genio que tantos consejo le diera cuando estaba sumido en plena crisis. Saint George aún se encontraba ante la chimenea, ya solo, clavado en el sitio, a la espera, como si pretendiera pararse un momento con todos y cada uno de los invitados, y se encontró con la mirada nublada de su joven amigo, atribulado por no saber en qué medida tenía derecho (el derecho de que hubiera gozado con su resentimiento) a sentirse víctima. Fuera como fuese, a los estragos de la duda puso coto el aspecto radiante del Maestro. Era a su modo tan espléndido como el de Marian Fancourt, era la viva imagen de la felicidad, pero también representaba para Paul Overt que el autor de Shadowmere había dejado definitivamente de contar, de contar como escritor.

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