diumenge, 5 de juny de 2016

Provocación - Stanislaw Lem



"Hay menos formas de ayudar a los demás que de perjudicarles, porque así es la naturaleza de las cosas."









Lem, Stanislaw. Provocación.
Madrid: Editorial Funambulista, 2006

Prowokacja. Traducció de Joanna Bardzinska i Kasia Dubla
Col·lecció Literadura,



 Què en diu la contraportada...
Provocación, el primer libro del autor polaco Stanislaw Lem traducido al español en los últimos quince años, y parte fundamental de la obra magna de Lem, la Biblioteca del Siglo XXI, es una hazaña intelectual sin paralelo en la literatura contemporánea: la conjunción de la obra de Horst Aspernicus, un supuesto historiador alemán del Holocausto, y de un extravagante estudio que intenta recoger mediante precisas estadísticas todo lo que le sucede a la humanidad durante un único minuto.
Los trabajos de Aspernicus suponen no sólo un análisis radical del genocidio, sino un salto mortal sin red en los abismos de la naturaleza humana. Un minuto humano —el libro imaginario de Johnson & Johnson— arroja, debajo de su grotesco propósito y de sus delirantes tablas numéricas, una inquietante sombra sobre la sociedad del bienestar y del consumo.

Dándole la vuelta al género de la reseña de libros imaginarios, esta vez en torno a uno de los mayores horrores del siglo XX, Lem enfrenta la literatura con la realidad y a los fantasmas vivos con los muertos.
Es éste un libro heterodoxo y afilado como un cuchillo que cuestiona de un tajo todas las convicciones sobre el Holocausto y el hombre contemporáneo.

 Com comença...
Como dijo alguien, está muy bien que esta historia del genocidio la escribiera un alemán porque cualquier otro autor se expondría a acusaciones de germanofobia. No creo que esto hubiera pasado. Para este antropólogo, el origen alemán de “la solución final de la cuestión judía” en el Tercer Reich constituye sólo la parte secundaria de un proceso que no se limita ni a los asesinos alemanes ni a las víctimas judías.

 Moments...
(Pàg. 28)
Lo que los alemanes hacían en la Europa occidental a escala local, en secreto, de modo esporádico y lentamente, lo emprendían en el Este a escala creciente, con brusquedad, de forma más evidente y cada vez con menos reparos, empezando por las fronteras del General Gouvernement, esto es, las tierras polcas anexionadas por los alemanes durante el tercer reparto de Polonia. Cuánto más al este, más claramente el genocidio pasaba a ser una normativa de aplicación inmediata: a menudo mataban a los judíos en sus casas, sin aislarlos en guetos ni trasladarlos a los campos de exterminio. El autor opina que esa disparidad demuestra la hipocresía de los genocidas, que se sentían incómodos para hacer en el Oeste lo que hacían en el Este, donde ya ni se preocupaban de guardar las apariencias.

(Pàg. 35) 
(...) La cuestión es que Heidegger era filósofo. Nadie que se dedique al estudio de la naturaleza humana puede ignorar los crímenes nazis y seguir callado. Porque si llegó a la conclusión de que ese crimen estaba en una categoría “inferior” en el orden de las cosas, que su carácter criminal era extraordinario únicamente por las dimensiones que el poder del estado le hizo alcanzar, y que ocuparse de él no sería digno de un filósofo por la misma razón por la que la filosofía no se dedica a los delitos comunes –puesto que en la primera fila de su problemática no se encuentran los asuntos criminológicos-, si de verdad, llegó a creer eso, entonces era un ciego o un embustero. Si no ve el significado supracriminal de ese crimen es un ciego mental, o sea, un estúpido; ¿y qué clase de filósofo es estúpido, aunque pueda encontrarle cinco pies al gato?

(Pàg. 43)
Frente al crimen industrializado se vuelven completamente inútiles las categorías tradicionales de culpa y castigo, de memoria y perdón, de contrición y venganza, algo que todos secretamente sabemos ante este océano de muerte en el que estaba sumergido el nazismo, puesto que ninguno de los asesinos, ni de los inocentes, es capaz de concebir en toda su magnitud el significado de las palabras “millones, millones, millones fueron asesinados”.

(Pàg. 52)
La gente de esta índole –en su mayoría bastante torpes, cínicos, a menudo incoherentes con su propio cinismo, de clase baja, marginados eternos, privados de un talento concreto, incapaces de destacar en nada, por tanto mediocres, pero sin haberlo admitido jamás ante sí mismos- se encontró ante una oportunidad de desahogarse como nunca en su vida. Se sirvieron en esta tarea de los respetables mecanismos de un país milenario, de sus oficinas, tribunales, códigos, edificios, maquinaria administrativa, filas de burócratas trabajadores, todo el férreo Estado Mayor. Lo cortaron todo a su medida, se colmaron de riquezas y se elevaron de tal modo que, desde las alturas que alcanzaron, la matanza se convirtió en una sentencia de justicia histórica y los saqueos en pura gloria de la guerra (...).

(Pàg. 76)
(...) ahí, al alcance de la mano, estaba el pueblo que dio origen al cristianismo, y aniquilarlo suponía acercarse, en el lugar del exterminio, al máximo atentado contra Dios del que era capaz el hombre. La matanza era un acto de contrarredención: mediante él los alemanes se liberaron de la Alianza Divina.

(Pàg. 84) 
(...) alguien tenía que ser responsable del mal. Así que había que buscarlo y señalarlo. En la Edad Media bastaba con decir que los judíos mataron a Jesucristo. Para el siglo XX esto no era suficiente: los culpables debían ser los autores de todo el mal. Para acabar con ellos, Hitler se sirvió del darwinismo, que reconocía el indiscutible sentido final de la muerte, aunque fuera de la cultura, como premisa inherente al progreso de la evolución natural. Hitler lo entendió a su manera, esto es, superficial y erróneamente, como un mandamiento y un modelo, con el que la Naturaleza (él prefería llamarla Providencia) justifica, o incluso encarga a los más fuertes la supervivencia a costa de los más débiles.

(Pàg. 103)
(...) el terrorismo iguala a ese papismo del genocidio que pretendía ser el nacionalsocialismo. Ninguna persuasión ni alegato, ninguna súplica ni llamamiento a la solidaridad humana, ninguna circunstancia atenuante, petición de misericordia, ninguna prueba del sinsentido o incluso de la inutilidad práctica del asesinato, ningún argumento confundirá a los verdugos, porque éstos disponen de una maquinita de sobremotivaciones que reduce la sobriedad y la bondad a la misma categoría de la infamia que la legislación antiextremista y la política de represiones conservadoras. El blindaje de la motivación terrorista alcanza su plenitud cuando cada comportamiento del lado contrario es interpretado como otra prueba de su culpa.

(Pàg. 105) 
(...) la democracia, para salvarse, tiene que renunciar a una parte de sí misma; por lo tanto, el extremismo basado en razones espurias provoca finalmente una reacción que convierte lo que era una acusación fingida en una acusación justificada. El mal resulta pragmáticamente más eficaz que el bien, porque en esta disposición de fuerzas el bien tiene que contradecirse a sí mismo para contener al mal, es decir, que en estas contiendas no existe ninguna estrategia de éxito inmaculada: la legitimidad vence en la medida en que ella misma se asemeja a la ilegitimidad que combate.

(Pàg. 111)
(...) nada excita más a los editores y autores de hoy que un libro que no hay que leer, pero que todos deberían tener.

(Pàg. 112)
 (...) Como es sabido, no hay nada que los editores teman tanto como editar libros, porque ya está en plena vigencia la llamada Ley de Lem (“Nadie lee nada; si lee, no comprende nada; si comprende, lo olvida enseguida”), debido a la habitual falta de tiempo, la oferta excesiva de libros y la publicidad demasiado perfecta.

(Pàg. 113)
(...) La Arcadia existe ya sólo en los anuncios. Allí habitan mujeres hermosas, hombres fantásticos, niños felices y ancianos de mirada serena, generalmente con gafas. Para el entusiasmo continuo les basta con un flan en un envoltorio nuevo, una limonada de agua pura, un spray contra el sudor de pies, papel higiénico impregnado con olor a violeta o un armario, aunque tampoco haya nada extraordinario en él, aparte del precio. La expresión de felicidad en los ojos, en toda la cara, con la que una refinada belleza contempla ese rollo de papel higiénico o abre ese armario como si fuera la puerta de Sésamo, se contagia por un instante a todo el mundo.

(Pàg. 152)
Sin quererlo o no, hemos dejado nuestros destinos en manos de los expertos. Hasta los políticos son una especie de expertos, sólo que fraudulentos. Incluso el que expertos competentes estén al servicio de políticos de escasa inteligencia y nula capacidad de previsión no es suficiente desgracia, porque tampoco los expertos de primera clase logran ponerse de acuerdo en las cuestiones esenciales. No se sabe si una logocracia de expertos debatiendo entre sí sería mejor que los gobiernos de mediocres a los que estamos sometidos. La cada vez peor calidad de las élites políticas es resultado de la creciente complejidad del mundo. Puesto que nadie lo puede abarcar en su totalidad, aunque poseyese la máxima sabiduría, se abren paso al poder los que en absoluto se preocupan por ello.

(Pàg. 154)
El mal es mucho más multiforme que el bien. Hay menos formas de ayudar a los demás que de perjudicarles, porque así es la naturaleza de las cosas, no el método estadístico. Nuestro mundo no está a medio camino del infierno y del cielo: parece estar mucho más cerca del primero

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