dijous, 7 de gener de 2016

Olive Kitteridge - Elizabeth Strout




"Morir. No morir. En ambos casos, uno se agota."





Strout, Elizabeth. Olive Kitteridge
Barcelona: El Aleph Editores/Austral, 2014

Olive Kitteridge. Traducció de Rosa Pérez.
Col·lecció Contemporánea



 Què en diu la contraportada...
Olive Kitteridge es una maestra retirada que vive en un pequeño lugar de Maine, en Nueva Inglaterra. A veces dura, otras paciente, a veces lúcida, otras abnegadamente ciega, Olive lamenta las transformaciones que han agitado el pequeño pueblo de Crosby y la deriva catastrófica que va tomando el mundo entero, pero no siempre se da cuenta de los cambios menos perceptibles que afectan a las personas más cercanas: la desesperación de un ex alumno que ha perdido las ganas de vivir; la soledad de su propio hijo, que se siente tiranizado por los caprichos irracionales de Olive; y la presencia de su marido, Henry, que vive su fidelidad conyugal como una maldita bendición.

Mientras la gente del lugar afronta sus problemas, sean leves o graves, Olive Kitteridge va tomando conciencia de sí misma y de las personas que la rodean, muchas veces con dolor, pero siempre con una honestidad entrañable.

 Com comença...
Henry Kitteridge fue durante muchos años farmacéutico del pueblo vecino, y todas la mañanas circulaba por carreteras nevadas, o por carreteras mojadas de lluvia, o por carreteras de verano, cuando las zarzas de frambueso fructificaban en el último tramo del pueblo antes de que él girara para incorporarse a la calle más ancha que conducía a la farmacia.

 Moments...
(Pàg. 19)
Henry se preguntó qué habría sido lo que, en su corta vida, la había inducido a no fiarse de la felicidad; la enfermedad de su madre, quizá.
- Disfrútalo, Denise –dijo-. Tienes muchos años de felicidad por delante.
O tal vez, pensó, regresando a la trastienda, fuera por ser católico: hacían que uno se sintiera culpable por todo.

(Pàg. 62) 
La esperanza era como un cáncer que la corroía. No la quería, de ninguna manera. Ya no podía soportar aquellos brotes de esperanza reverdecida que crecían en su interior.

(Pàg. 79)
(...) Angie se dio cuenta de que había comprendido algo demasiado tarde y que la vida debía de ser eso, comprender algo cuando ya era demasiado tarde.

(Pàg. 89) 
(...) Sabe que la soledad puede matar a la gente, puede, de hecho, causar distintos tipos de muerte. Su opinión personal es que la vida depende de lo que ella considera “grandes alegrías” y “pequeñas alegrías”. Las grandes alegrías son cosas como contraer matrimonio o tener hijos, intimidades que te mantienen a flote, pero estas grandes alegrías contienen peligrosas corrientes ocultas. Por eso también son necesarias las pequeñas alegrías: un dependiente amable en unos grandes almacenes, por ejemplo, o la camarera de Dunkin’Donuts que sabe cómo te gusta el café. Un asunto complejo, la verdad.

(Pàg. 94) 
Es un inocente. Así es como ha aprendido a sobrellevar esta vida.

(Pàg. 102) 
-(...) Dios santo, me encantan los jóvenes –dijo Harmon-. Los critican demasiado. A la gente le gusta pensar que la misión de la generación más joven es cargarse el mundo. Pero eso no pasa nunca, ¿no? Tienen esperanzas y son buenos, y así es como debería ser.

(Pàg. 104)
(...) él quería un montón de nietos, ocupándolo todo. Después de haberse pasado años con clavículas fracturadas, espinillas, bastones de hockey y bates de béisbol, con patines extraviados, riñas, libros de texto por doquier, preocupándose por que el aliento les oliera a cerveza mientras esperaban hasta oír llegar el coche en plena noche, por las novias, por los dos que n o tenían novia. Todo aquello los había mantenido a Bonnie y a él en un continuo estado de confusión, como si siempre, siempre, hubiera alguna gotera en la casa que había que reparar, y hubo muchas veces en que pensaron: “Dios mío, que crezcan de una vez”.
Y entonces lo hicieron.

(Pàg. 106)
Estaban rodando una película sobre el derrumbamiento de las torres gemelas. Le pareció que debería tener alguna opinión al respecto, pero no supo qué pensar. ¿Por qué había dejado de tener opiniones sobre las cosas?

(Pàg. 110)
Ella le habló de la mañana en que cogió una pera del patio de la señora Kettleworth y su madre la obligó a devolverla, de la vergüenza que había pasado. Él le habló de la moneda de veinticinco centavos que había encontrado en el charco de barro. Ella le habló de su primer baile en el instituto, al cual llevó un vestido de su madre, y de que la única persona que la sacó a bailar fue el directo.
- Yo te habría sacado –dijo Harmon.
Ella le dijo que su canción favorita era “Whenever I fell afraid” y se la cantó en voz baja, con los ojos azules brillándole cariñosamente. Él dijo que, la primeva vez que oyó a Elvis Presley en la radio cantando “Fools rush in”, tuvo la sensación de que él y Elvis eran amigos.
En esas mañanas, cuando regresaba a su coche aparcado en el puerto, Harmon se sorprendía a veces al sentir que la tierra estaba cambiada, que el aire vigorizante era un elemento agradable por el cual moverse, el sususrro de las hojas de los robles como un murmullo amigo. Por primera vez en años pensó en Dios, que parecía un hucha que hubiera dejado en un estante y ahora hubiera bajado para mirarla con nuevos ojos. Se preguntó si era aquello lo que sentían los jóvenes cuando fumaban maría o tomaban éxtasis.

(Pàg. 129)
Lo que había empezado, no cuando eran un “rollete”, sino como un dulce interés por el otro –con preguntas que sondeaban los viejos recuerdos, con un rayo de amor que se movía hacia su corazón, compartiendo el amor y el dolor de la breve vida de Nina-, todo aquello era ahora, innegablemente, un amor intenso y verdadero y su mismo corazón parecía saberlo. Él pensaba que le latía de forma irregular. Sentado en su sillón reclinable, lo oía, se lo notaba palpitando justo debajo de las costillas. Con sus fuertes latidos, parecía estar advirtiéndole de que no iba a ser capaz de continuar así. Solo los jóvenes, pensaba, podían soportar los rigores del amor.

(Pàg. 156)
(...) pensó que, a fin de cuentas, la vida era un regalo, que una de las cosas que tenía envejecer era saber que muchos momentos no eran solo momentos, sino regalos.

(Pàg. 204)
Morir. No morir. En ambos casos, uno se agota.

(Pàg. 206)
(...) podía imaginarse que un día sobreviviría a su marido. Una mujer podía incluso imaginarse que su  marido envejecería, tendría un derrame cerebral y se quedaría postrado en una silla de ruedas en un hogar de ancianos. Pero una mujer no podía imaginarse que, después de criar a un hijo y ayudarlo a construir una hermosa casa cerca de la suya y poner en marcha su consulta de pedicura, él se casaría, se iría a vivir al otro extremo del país y ya no querría regresar a casa, aunque la bestia de su mujer lo hubiera abandonado. Ninguna mujer, ninguna mujer, podía imaginarse eso. Que le robaron a su hijo.

(Pàg. 243)
(...) había visto su contorno a lo lejos, edificios sobre edificios, gris sobre gris. Le había parecido como una ciudad de ciencia ficción, construida en la Luna. No tenía ningún atractivo para ella, ni entonces ni ahora, aunque, cuando los aviones arrasaron las torres, Olive se había quedado llorando en su habitación como un bebé, no tanto por el país cuanto por la propia ciudad, que, de pronto, ya no le daba la impresión de ser un lugar extraño e inhumano, sino tan frágil como una clase de niños pequeños, osados en su horror.

(Pàg. 258)
- (...) Si te pidiera que te fueras conmigo, ¿lo harías? –Él habló en voz baja, mientras almorzaban en su despacho.
- Sí –dijo ella.
Él la observó mientras comía la manzana que siempre tomaba para almorzar, nada más.
-¿Irías a tu casa esta noche y se lo dirías a Henry?
-Sí –dijo ella.
Era como planear un asesinato.
- Quizá sea mejor que no te lo haya pedido.
- Sí.
No se habían besado nunca, ni tocado siquiera, solo habían pasado uno muy cerca del otro cuando entraban en el despacho de Jim, un minúsculo cubículo contiguo a la biblioteca –evitaban la sala de profesores-. Pero, después de que él le dijo eso aquel día, ella vivió con una suerte de horror y un anhelo que a veces se le hacía insoportable. Pero la gente soporta las cosas.

(Pàg. 272)
(...) ¿Siete etapas de la vida? ¿Era eso lo que dijo Shakespeare? ¡Vamos, la vejez sola ya tenía siete etapas! Entretanto, uno rezaba para morir mientras dormía.

(Pàg. 297)
Una tarde, mientras estaba escribiendo a máquina, comenzó a temblarle una mano. Cuando alzó la otra, también le temblaba. Se sintió igual que en el autocar el fin de semana en que Jace le había halado de la rubia, cuando no paró de pensar: “Esta no puede ser mi vida”. Y luego pensó que se había pasado la mayor parte de su vida pensando: esta no puede ser mi vida.

(Pàg 305)
- (...) creo que debería ir a buscarle un médico. Yo los odio. Pero no puede quedarse aquí tumbado –dijo-. Se puede morir.
- Me da igual –dijo él. Pareció sonreírle débilmente con los ojos.
- ¿Qué? –preguntó Olive en voz muy alta, inclinándose sobre él.
- Me da igual morirme –dijo el hombre-. Pero no me deje aquí solo.

(Pàg. 324)
Cuántas cosas ignoraban los jóvenes, pensó, acostada junto a aquel hombre, notando su mano en el hombro, en el brazo, oh, cuántas cosas ignoraban los jóvenes. Ignoraban que los cuerpos torpes, viejos y arrugados estaban tan necesitados como los suyos, jóvenes y firmes; que el amor no se podía tirar como si tal cosa, como si fuera una tarta en una bandeja de las muchas que te iban pasando. No, si a uno le ofrecían amor, lo aceptaba o no lo aceptaba. Y si la bandeja había estado repleta de la bondad de Henry y ella la había encontrado pesada y la había ido arrojando al suelo miga a miga, fue porque no sabía lo que había que saber: que, de forma inconsciente, los días se desperdiciaban uno tras otro.

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Els orfes del senyor Boix, L'espolsada llibres, El cau de les paraulesNunca te hagas libreroLo que leo lo cuentoEl cuaderno rojoDespués del naufragio, Criticas de literatura, Devoradora de librosTodos los libros un libro, Con un libro en la manoArtículos Isabel Núñez, VilaWebEl País, New York TimesI libri che lego.

 Enllaços:
Elizabet Strout, l'autora sobre el seu llibrenovel·la o contes?, novel·la polièdrica, sobre la profunditat dels personatges, un gran escenari per un poble inexistent, versió 3D.

















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