dijous, 19 de novembre de 2015

Los amores difíciles - Italo Calvino





"(...) ella bajaba las pestañas y él se sintió como borrado."


Calvino, Italo. Los amores difíciles. 
Barcelona: Tusquets Editores, 1989

Gli amori difficili. Traducció de Aurora Bernárdez.
Col·lecció Andanzas, 94




 Què en diu la contraportada...
En Los amores difíciles reunió Italo Calvino en 1970 una inolvidable colección de historias que, entre cómicas y amargas, hablan de la dificultad de comunicación entre personas que, por alguna inesperada circunstancia, están a punto de iniciar una relación amorosa. En realidad, son historias acerca de cómo una pareja no alcanza nunca a establecer ese mínimo vínculo afectivo inicial, aunque todo parezca favorecerlo, o, dicho de otro modo, sobre cómo no se encuentra pareja. Pero precisamente en ese desencuentro reside para Calvino –que tan bien conoce esa zona de silencio en el fondo de las relaciones humanas- no sólo el motivo de una desesperación, sino también el elemento fundamental, cuando no incluso la esencia misma, de la relación amorosa. Y así lo ejemplifican estas aventuras de amor y ausencia para regocijo y reflexión del lector.

 Com comença...
En el compartimiento, junto al soldado de infantería Tomagra, se sentó una señora alta y opulenta. A juzgar por el vestido y el velo, debía de ser una viuda de provincias: el vestido era de seda negra, apropiado para un largo luto, pero con guarniciones y adornos inútiles, y el velo que caía del ala de un sombrero pesado y anticuado le envolvía la cara.
La aventura de un soldado.

 Moments...
(Pàg. 56)
En el muelle se alineaban las casas grises de los pescadores, con redes rojas tendidas sobre cortos palos, y de las barcas atracadas algunos muchachos alzaban peces de color plomo y los pasaban a muchachas de pie con cestas bajas y cuadradas apoyadas en la cadera, y hombres con minúsculos aros de oro, sentados ene l suelo con las piernas estiradas, cosían interminables redes, y en una especie de nichos hervía en artesas el tanino para volver a teñirlas, y muretes de piedra dividían pequeños huertos frente al mar, donde las barcas volcadas alternaban con las cañas de los almácigos, y mujeres con la boca llena de clavos ayudaban a los maridos tendidos bajo la quilla reparando averías, y en cada casa rosada un alero cubría los tomates cortados en dos y puestos a secar con sal sobre una rejilla, y entre las plantas de espárragos los niños buscaban lombrices, y algunos viejos con un vaporizador aplicaban insecticida a los nísperos, y los melones amarillos crecían sobre hojas trepantes, y las viejas freían en las sartenes calamarcitos y pulpos o flores de calabaza rebozadas en harina y se alzaban proas de chalupas en oloroso astilleros de madera recién aserrada, y los calafatines se disputaban amenazándose con pinceles negros de alquitrán, y allí empezaba la playa con pequeños castillos y volcanes de arena abandonados por los niños.
La aventura de una bañista

(Pàg. 19) 
Una vez, Enrico Gnei, empleado, pasó una noche con una mujer guapísima. Al salir de la casa de la señora, temprano, el aire y los colores de la mañana primaveral se desplegaron ante él, frescos, tonificantes y nuevos, y le parecía que caminaba al son de una música.
La aventura de un empleado. 

(Pàg. 66)
Gnei alimentaba hacia su trabajo esa pasión amorosa que, incluso inconfesada, enciende el corazón de los empleados no bien saben de qué dulzura secreta y de qué furioso fanatismo se puede cargar la práctica burocrática más corriente, el despacho de correspondencia ordinaria, el mantenimiento puntual del registro.
La aventura de un empleado

(Pàg. 69) 
(...) pasan los días esperando con dulce ansiedad las fotos reveladas (ansiedad a la que algunos añaden el sutil placer de las manipulaciones alquímicas en la cámara oscura, vedada a las intrusiones de los familiares y acre de ácidos al olfato), y sólo cuando tienen las fotos delante de los ojos parecen tomar posesión tangible del día transcurrido, sólo entonces el torrente alpino, el gesto del nene con el cubo, el reflejo del sol en la pierna de la esposa adquieren la irrevocabilidad de lo que ha sido y ya no puede ser puesto en duda. Lo demás puede ahogarse decididamente en la sombra insegura del recuerdo.
La aventura del un fotógrafo.

(Pàg. 102) 
No era sin embargo un lector apresurado, famélico. Había llegado a la edad en que la segunda, la tercera o la cuarta lectura dan más placer que la primera.
La aventura de un lector.

(Pàg.115)
Amilcare Carruga era todavía joven, no carente de recursos, sin exageradas ambiciones materiales o espirituales: nada le impedía pues gozar de la vida. Y, sin embargo, observó que desde hacía un tiempo la vida para él iba perdiendo, imperceptiblemente, su sabor.
La aventura de un miope.

(Pàg. 128)
(...) esbozó una sonrisa, sin detener en él la mirada. Lo había visto bien: tenía una cara un poco patética y un poco trivial, de esos hombre que a fuerza de indulgencia consigo mismos y con el mundo han llegado, sin ser viejos, a un estado entre la sabiduría y la imbecilidad.
La aventura de una mujer casada.

(Pàg. 147) 
La chica tenía su sonrisa amable en los labios, y el muchacho de las gafas verdes se turbó y no se atrevió a seguir bromeando, porque ella bajaba las pestañas y él se sintió como borrado.
La aventura de un esquiador.

(Pàg. 203)
Trabajo nuevo, ciudad diferente: de haber sido más joven o haber esperado más d ela vida, me hubieran dado impulso y alegría; ahora no, sólo era capaz de ver la grisalla, la miseria de lo que me rodeaba y de meterme dentro, no tanto por resignación sino como si me gustara, porque me confirmaba que la vida no podía ser diferente.
La nube de smog

(Pàg. 234)
(...) para cientos de miles de personas que se pasaban la semana entera entregada a grises ocupaciones con tal de poder escapar el domingo, la ciudad era un mundo perdido, una máquina para producir los medios de salir de ella esas pocas horas y después volver.
La nube de smog

(Pàg. 245)
Yo comprendía que para él, llegara o no ese día, era menos importante de lo que se pudiera creer, porque lo que contaba era la dirección de su vida, que no debía cambiar.
La nube de smog

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