dijous, 1 d’octubre de 2015

Un tal Lucas - Julio Cortázar





"(...) lenguaje e invención son enemigos fraternales y de esa lucha nace la literatura,(...)"





Cortázar, Julio. Un tal Lucas. 
Buenos Aires: Alfaguara, 1996


Col·lecció Biblioteca Cortázar


 Què en diu la contraportada...
Un tal Lucas (1979) es el regreso de Cortázar al mundo lúdico y desopilante de Historias de cronopios y de famas. Bajo el nombre de Lucas, un tal Julio se explaya sobre sus pianistas favoritos, la vida de algunos artistas excéntricos, las costumbres de ciertas familias argentinas, el amor y los amigos. Transgresor inagotable, también ofrece consejos para lustrarse los zapatos, escribir poemas reversibles, dar conferencias, hacerse echar a patadas de un concierto o nadar en una pileta de gofio.
Más de un libro de ficciones, este es un verdadero manual contra la solemnidad.

 Com comença...
Ahora que se va poniendo viejo se da cuenta de que no es fácil matarla.
Ser una hidra es fácil pero matarla no, porque si bien hay que matar a la hidra cortándole sus numerosas cabezas  (de siete a nueve según los autores o bestiarios consultables), es preciso dejarle por lo menos una, puesto que la hidra es el mismo Lucas y lo que él quisiera es salir de la hidra pero quedarse en Lucas, pasar de lo poli a lo unicéfalo.
Lucas, sus luchas con la hidra.

 Moments...
(Pàg. 29)
El centro de la imagen serán los malvones, pero hay también glicinas, verano, mate a las cinco y media, la máquina de coser, zapatillas y lentas conversaciones sobre enfermedades y disgustos  familiares, de golpe un pollo dejando su firma entre dos sillas o el gato atrás de una paloma que lo sobra canchera. Todo eso huele a ropa tendida, a almidón azulado y a lejía, huele a jubilación, a factura surtida o tortas fritas, casi siempre a radio vecina con tangos y los avisos del Geniol, del aceite Cocinero que es de todos el primero, y a chicos pateando la pelota de trapo en el baldío del fondo, el Beto metió el gol de sobrepique.
Lucas, su patiotismo.

(Pàg. 35)
Si le preguntás, Lucas se acuerda de algunas cosas, por ejemplo la noche en el Colón cuando un pianista a la hora de los bises se lanzó con las manos armadas de Khatchaturian contra un teclado por completo indefenso, ocasión aprovechada por el público para concederse una crisis de histeria cuya magnitud correspondía exactamente al estruendo  alcanzado por el artista en los paroxismos finales, y ahí lo tenemos a Lucas buscando alguna cosa por el suelo entre las plateas y manoteando para todos lados.
- Se le perdió algo, señor? –inquirió la señora entre cuyos tobillos proliferaban los dedos de Lucas.
- La música, señora – dijo Lucas (...).
Lucas, sus desconciertos

(Pàg. 43) 
Un paisaje, un paseo por el bosque, un chapuzón en una cascada, un camino entre  las rocas, sólo pueden colmarnos estéticamente si tenemos asegurado el retorno a casa o al hotel, la ducha lustral, la cena y el vino, la charla de sobremesa, el libro o los papeles, el erotismo que todo lo resume y lo recomienza.
Lucas, sus meditaciones ecológicas.

(Pàg. 75)
Ella no sale nunca de su casa, le gusta quedarse en el patio, se pasa los días recibiendo las tarjetas postales y está encantada.
Modelos de tarjetas:”Salud, asquerosa, que te parta un rayo, Gustavo.” “Te escupo en el tejido, Josefina.” “Que el gato te seque a meadas los malvones, tu hermanita.” Y así consecutivamente.
La tía Angustias se levanta temprano para atender a los carteros y darles propinas.
Lee las tarjetas, admira las fotografías y vuelve a leer los saludos. De noche saca su álbum de recuerdos y va colocando con mucho cuidado la cosecha del día, de manera que se puedan ver las vistas pero también los saludos. “Pobres ángeles, cuántas postales me mandan”, piensa la tía Angustias, “ésta con la vaquita, ésta con la iglesia, aquí el lago Traful, aquí el ramo de flores”, mirándolas una a una enternecida y clavando alfileres en cada postal, cosa de que no vayan a salirse del álbum, aunque eso sí clavándolas siempre en las firmas, vaya a saber por qué.
Lazos de familia

(Pàg. 127) 
Más allá de los cincuenta años empezamos a morirnos poco en otras muertes. Los grandes magos, los shamanes de la juventud parten sucesivamente. A veces ya no pensábamos tanto en ellos, se habían quedado  atrás en la historia; other voices, other rooms nos reclamaban. De alguna manera estaban siempre allí, pero como los cuadros que ya no se miran como al principio, los poemas que sólo perfuman vagamente la memoria.
Entonces –cada cual tendrá sus sombras queridas, sus grandes intercesores- llega el día en que el primero de ellos invade horriblemente los diario y la radio. Tal  vez tardaremos en darnos cuenta de que también nuestra muerte ha empezado ese día; yo sí lo supe la noche en que en mitad de una cena alguien aludió indiferente a una noticia de la televisión, en Milly-la-Forêt acababa de morir Jean Cocteay, un pedazo de mí también caía muerto sobre los manteles, entre las frases convencionales.
Los otros han ido siguiendo, siempre del mismo modo, la radio o los diarios, Louis Armstrong, Pablo Picasso, Stravinski, Duke Ellington, y anoche, mientras yo tosía en un hospital de La Habana, anoche en una voz de amigo que me traía hasta la cama el rumor del mundo de fuera, Charles Chaplin. Saldré de este hospital. Saldré curado, eso es seguro, pero por sexta vez un poco menos vivo.
Burla burlando ya van seis delante. 

(Pàg. 135)
Imposible predecir el destino de mi película; la gente va al cine para olvidarse de sí misma, y un crepúsculo tiende precisamente a  lo contrario, es la hora en que acaso nos vemos un poco más al desnudo, a mí en todo caso me pasa, y es penoso y útil; tal vez que otros también aprovechen, nunca se sabe.
Cazador de crepúsculos. 

(Pàg. 151)
(...) la música es una tierra de nadie donde poco importa que Turandot sea frígida o Siegfried ario puro, los complejos y los mitos se resuelven en melodía y qué, solo cuenta una voz murmurando las palabras de la tribu, la recurrencia de lo que somos, de lo que vamos a ser.
Lucas, sus errantes canciones.

(Pàg. 154)
En ese horror no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezará lo más bien, suave y silencioso, pero ya hacia el final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación más bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha.
Lucas, sus pudores.

(Pàg. 163)
Es cierto que el uniforme de los bomberos es el menos hijo de puta de todos los uniformes, y que el día en que con ayuda de millones de  Quilapayún y de Cedrones mandemos a la basura todos los uniformes suramericanos, sólo se salvarán los de los bomberos e incluso les inventaremos modelos más vistosos para que los muchachos esté contentos mientras sofocan incendios o salvan a pobres chicas ultrajadas que han decidido tirarse al río por falta de mejor cosa.
Lucas, sus amigos.

(Pàg. 175)
Como a veces no puede dormir, en vez de contar corderitos contesta mentalmente la correspondencia atrasada, porqué su mala conciencia tiene tanto insomnio como él.
Lucas, sus métodos de trabajo.

(Pàg. 179)
(...) no se conocen  límites a la imaginación
como no sean los del verbo,
lenguaje e invención son enemigos fraternales
y de esa lucha nace la literatura,
el dialéctico encuentro de musa con escriba,
lo indecible buscando su palabra,
la palabra negándose a decirlo
hasta que le torcemos el pescuezo
y el escriba y la musa se concilian
en ese raro instante que más tarde
llamaremos Vallejo o Maiakovski.
Lucas, sus discusiones partidarias.

(Pàg. 208)
A la hora de su muerte, si hay tiempo y lucidez, Lucas pedirá escuchar dos cosas, el último quinteto de Mozart y un concierto solo de piano sobre el tema de I ain’t got nobody. Si siente que el tiempo no alcanza, pedirá solamente el disco de piano. Larga es la lista, pero él ya ha elegido. Desde el fondo del tiempo, Earl Himes lo acompañará.
Lucas, sus pianistas.

 Altres n'han dit...
Un libro al día, El cultural.

 Enllaços:
Julio Cortázar, context, el fons i la formasobre la importància de l'humor.

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