diumenge, 26 de juliol de 2015

Una cuestión personal - Kenzaburo Oé




"La mirada de Bird buscaba. Ya no recordaba la cara de su hijo (...)."


Oé, Kenzaburo. Una cuestión personal. 
Barcelona: Anagrama, 2006

Kojinteki na Taiken. Traducció de Yoonah Kim.
Col·lecció Compactos, 47




 Què en diu la contraportada...
Revelación literaria en los años cincuenta, Kenzaburo Oé quedó consagrado como el mejor novelista japonés de la generación posterior a Yukio Mishima desde los años sesenta y se ha afirmado que recuerda a Dante, William Blake y Malcom Lowry.
Una cuestión personal, una de sus mejores y más crueles novelas, animada de una extraña violencia interior, cuenta la terrible odisea de Bird, un joven profesor de inglés abrumado por una cenagosa existencia cotidiana en el Japón contemporáneo. Su anhelo secreto es redimirse a través de un mítico viaje por África, donde, según cree, su vida renacerá plena de sentido. Pero tales proyectos sufren un vuelco de ciento ochenta grados: su esposa da a luz un monstruoso bebé, condenado a una muerte inminente o, en el mejor de los casos, a una vida de vegetal.
Este hecho convulsiona el lánguido e indolente existir de Bird y, durante tres días y tres noches, se arrastra por un implacable recorrido hacia lo más profundo de su abismo interior. Descenso a los infiernos en el que le acompañará Himiko, una vieja compañera de estudios. Bird buscará refugio en el alcohol, en los brazos de Himiko y, principalmente, en su propia vergüenza y humillación: ¿debe aceptar la fatalidad, cargar para siempre con un hijo anormal y renunciar a sus planes de una vida mejor o, por el contrario, debe desembarazarse del bebé provocando un desenlace fatal?

 Com comença...
Bird estaba en África en busca de aventuras, tribus desconocidas y peligros mortales, en busca de un atisbo de lo que hay más allá del horizonte de una vida rutinaria y una frustración permanente.

 Moments...
(Pàg. 40)
(...) el bebé se alejaba de él a toda velocidad. Bird experimentó una mezcla de alivio culpable y temor infinito. Pensó: Muy pronto le olvidaré por completo. Una vida procedente de la oscuridad eterna y que se mantuvo latente durante diez meses de existencia fetal, saboreó algunas horas de cruel incomodidad y volvió a descender a la oscuridad, definitiva y permanente. Tal vez le olvide enseguida. Pero cuando llegue mi hora final quizá le recuerde, y si al recordarle aumentan mi agonía y mi temor a la muerte, habré cumplido una pequeña parte de mis obligaciones como padre.

(Pàg. 65) 
(...) Lo que Bird sentía ahora no era ese deseo exangüe, apenas un lunar sobre la cara laxa de la vida cotidiana, el punto opuesto al sueño africano que centelleaba en los cielos de su mente, que satisfacía una o dos veces por semana cuando penetraba a su mujer; no ese deseo doméstico que se hundía en el fango de  la fatiga con un gruñido libidinoso y desganado (...).

(Pàg. 68) 
- (...) No hay prisa –lo consoló Himiko
- No, ninguna prisa. Me parece que ha pasado muchísimo tiempo desde la última vez que tuve que darme prisa. De joven siempre tenia prisa. Me pregunto por qué.
- Quizá porque se es niño durante muy poco tiempo. Quiero decir que crecemos tan rápido...

(Pàg. 73) 
No hay padecimiento más estéril que la agonía de una resaca: a través de él no puede expiarse el sufrimiento de ninguna persona.

(Pàg. 89)
(...) Bird observó a cada uno de los bebés. La sala estaba iluminada chillonamente: ya estaban en verano, en el vientre del verano. Había veinte cunas y cinco incubadoras. Los bebés que estaban en estas últimas sólo se veían como formas desdibujadas envueltas en niebla. Los que estaban en las cunas parecían demasiado desnudos. El veneno de la luz fulgurante los había marchitado a todos. Parecían un rebaño del ganado más dócil del mundo. Algunos apenas movían los brazos o las piernas, pero incluso en ellos los pañales y las batas de algodón parecían tan pesados como trajes de buzo. Todos daban la impresión de personas encadenadas. Algunos tenían las muñecas atadas a la cuna o los tobillos sujetos con tiras de gasa, y de esa manera presentaban un aspecto más nítido de prisioneros débiles y diminutos. Los bebés guardaban un silencio uniforme. Bird se pregunto si el cristal apagaría sus voces. Pero no, como tortugas afligidas y sin apetito, todos mantenían la boca cerrada. La mirada de Bird buscaba. Ya no recordaba la cara de su hijo, pero la cabeza tenía una marca inconfundible.

(Pàg. 123)
Con frecuencia Bird pensaba que de haber ido a la guerra sabría con certeza si era valiente o no. Era una idea que albergaba desde antes de casarse. Y siempre lamentaba no poder dar una respuesta definitiva. Hasta su anhelo de ponerse a prueba en la selva africana, un medio totalmente opuesto al vivir cotidiano, surgía de la sensación de que al mismo tiempo podría descubrir y librar su propia guerra personal. Pero en este momento Bird tuvo la certeza, sin necesidad de guerras ni expediciones africanas, de que en verdad era un pusilánime, alguien en quien no se podía confiar.

(Pàg. 172) 
- (...) No se parece a ti –susurró Himiko con voz nerviosa.
- No se parece a nadie. Ni siquiera a un ser humano.
- Yo no diría eso... –intervino el pediatra.

(Pàg. 184)
¿Qué cosa intentaba defender del peligro que representaba el bebé monstruoso? ¿Qué había de valioso en su propio interior para defender con tanto ahínco? La respuesta que halló lo dejó estupefacto: nada, menos que nada. Cero.

(Pàg. 188)
- (...) Esta vez sí que hiciste frente a los problemas –dijo el profesor.
- En realidad intenté zafarme varias veces. Y casi lo logro. Pero parecía que la realidad lo obligara a uno a vivir adecuadamente cuando se es parte del mundo real. Quiero decir que, aunque uno intente permanecer en la red del engaño, al final descubre que la única alternativa es salirse de ella. –Bird se sorprendió de la amargura contenida en su tono de voz-. Al menos, eso es lo que he aprendido.
- Hay personas que toda la vida ven saltando de un engaño a otro, e igualmente viven en el mundo real.

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 Enllaços: 
Kenzaburo Oé, fons i tema, l'autor i el seu context, el pes de l'existencialismeHernia cerebral, sobre allò monstruós, madurar o matar, Apollinaire.

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