dimarts, 6 de gener de 2015

Novecento - Alessandro Baricco






"Novecento... ¿Por qué no bajas?¿Por qué?"





Baricco, Alessandro. Novecento. 
Barcelona: Anagrama, 1999

Novecento. Traducció de Xavier González
Col·lecció Compactos, 191  


 Què en diu la contraportada...
En los años de entreguerras, un transatlántico, el Virginian, recorría las rutas entre Europa y América, con su carga de millonarios, de turistas, de emigrantes... En el Virginian tocaba cada noche un pianista extraordinario, llamado Novecento, con una técnica maravillosa, capaz de arrancar notas mágicas, inauditas. Se hablaba de su inusitado duelo pianístico nada menos que con Jelly Roll Morton, el inventor del jazz... Se decía que el melancólico pianista había nacido en el barco, del que jamás habría descendido. Se decía que nadie sabía la razón.
Un monólogo teatral, recientemente llevado al cine por Giuseppe Tornatore con el título La leyenda del pianista en el océano, del que Alessandro Baricco ha afirmado: «Más que un texto teatral, lo considero una novela corta o un relato largo, surgido tras la estela de Océano mar, como si en esta novela no hubiera podido contar todas las historias que quería.»

Com comença...
Siempre sucedía lo mismo: en un momento determinado, alguien levantaba la cabeza... y la veía. Es algo difícil de comprender. Es decir... Éramos más de mil en aquel barco, entre ricachones de viaje, y emigrantes, y gente rara, y nosotros... Y, sin embargo, siempre había uno, uno solo, uno que era el primero... en verla. A lo mejor estaba allí comiendo, o paseando simplemente en el punte..., a lo mejor estaba allí colocándose bien los pantalones..., levantaba la cabeza un instante, echaba un vistazo al mar... y la veía. Entonces se quedaba como clavado en el lugar en que se encontraba, el corazón le estallaba en mil pedazos, y siempre, todas las malditas veces, lo juro, siempre, se volvía hacia nosotros, hacia el barco, hacia todos, y gritaba (suave y lentamente): América.

 Moments...
(Pàg. 12) 
Son gente que desde siempre tuvieron ese instante impreso en su vida. Y cuando eran niños, podías mirarlos a los ojos y, si te fijabas bien, ya veías América preparada para saltar, para deslizarse por los nervios y la sangre y yo qué sé, hasta el cerebro y desde allí a la lengua, hasta dentro de aquel grito (gritando), AMÉRICA, ya estaba allí, en aquellos ojos, desde niño, toda entera, América.
Allí, esperando.
Esto me lo enseñó Danny Boodmann T.D. Lemon Novecento, el pianista más grande que ha tocado en el océano. En los ojos de la gente puede verse lo que verán, no lo que han visto. Así decía: lo que verán.

(Pàg. 14)
Tocábamos porque el océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, y de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, porque si bailas no puedes morir, y te sientes Dios. Y tocábamos ragtime, porque es la música con la que Dios baila cuando nadie lo ve.
Con la que Dios bailaría si fuera negro.

(Pàg. 19)
Al clarinete, ¡Sam "Sleepy· Washington!
Al banjo, ¡Oscar Delaguerra!
A la trompeta, ¡Tim Tooney!
Trombón, ¡Jim Jim "Breath" Gallup!
A la guitarra, ¡Samuel Hockins!
Y, finalmente, al piano..., Danny Boodmann T.D. Lemon Novecento.
El más grande.

(La música se interrumpe bruscamente. El actor abandona el tono de presentador, y, hablando, se quita el uniforme de músico)

Lo era de verda: el más grande. Nosotros tocábamos música, él era algo distinto. Él tocaba... Aquello no existía antes de que él lo tocara, ¿de acuerdo?, no estaba en ningún sitio. Y cuando él se levantaba del piano, ya no estaba... y ya no estaba para siempre... Danny Boodmann T.D. Lemon Novecento. La última vez que lo vi estaba sentando sobre un bomba.

(Pàg. 41)
Sabía escuchar. Y sabía leer. No los libros, eso lo sabe hacer cualquiera, sabía leer a la gente. Los signos que la gente lleva encima: lugares, ruidos, olores, su tierra, su historia... Toda escrita encima.

(Pàg. 43) 
Tú no eres idiota, tú eres grande, y el mundo está ahí, sólo hay que bajar esa jodida escalerilla, ya ves tú, cuatro estúpidos escalones, joder, ahí está todo, al final de esos escalones, todo.  ¿Por qué no paras de una vez por todas y te bajas aquí, al menos una vez, una sola vez?
Novecento... ¿Por qué no bajas?
¿Por qué?

¿Por qué?

(Pàg. 58)
No hay quien lo entienda. Es una de esas cosas que es mejor no pensarlas, porque si no puedes acabar volviéndote loco. Cuando se cae un cuadro. Cuando despiertas una mañana y ya no la amas. Cuando abres el periódico y lees que ha estallado la guerra. Cuando ves un tren y piensas tengo que largarme de aquí. Cuando te miras al espejo y te das cuenta de que eres viejo. Cuando, en mitad del océano, Nocecento levantó la mirada de su plato y me dijo: "En Nueva York, dentro de tres días, bajará de este barco."
Me quedé de piedra.
Zas.

(Pàg. 76)
(...) Los deseos estaban destrozándome el alma. Podía vivirlos, pero no lo conseguí.
Así que entonces los conjuré.
Y uno a uno los fui dejando detrás de mí. Geometría. Un trabajo perfecto. A todas las mujeres del mundo las conjuré tocando una noche entera para una mujer, una, la piel transparente, las manos sin joyas, las piernas delgadas, movía la cabeza al compás de mi música, sin una sonrisa, sin bajar la mirada, nunca, una noche entera, cuando se levantó no fue ella la que saló de mi vida, fueron todas las mujeres del mundo. Al padre que nunca voy a ser lo conjuré contemplando morir a un niño, durante días, sentado a su lado, sin perderme nada de aquel terrible espectáculo hermosísimo, quería se la última cosa que viera en este mundo, cuando se marchó, mirándome a los ojos, no fue él quien se marchó, fueron todos los hijos que nunca tendré. La tierra que era mi tierra, en algún rincón del mundo, la conjuré escuchando cantar a un hombre que venía del norte, y cuando lo escuchabas, veías, veías el valle, las montañas que lo rodeaban, el río que descendía lentamente, la nieve de invierno, los lobos por la noche, cuando aquel hombre acabó de cantar, acabó mi tierra, para siempre, dondequiera que se encuentre. Los amigos que deseé los conjuré tocando contigo y para ti aquella noche, en la cara que ponías, en los ojos, los vi, a todos ellos, a mis queridos amigos, cuando te marchaste, se fueron contigo. Dije adiós a la maravilla cuando vi los descomunales icebergs del mar del Norte desmoronarse derrotados por el calor, dije adiós al milagro cuando vi reír a los hombres que la guerra había destrozado, dije adiós a la rabia cuando vi llenar esta barco de dinamita, dije adiós a la música, a mi música, el día que conseguí tocarla toda en una sola nota de un instante, y he dicho adió a la alegría, conjurándola, cuando te he visto entrar aquí. No es locura, hermano. Geometría. Es un trabajo de cincel.  He desmontado la infelicidad. He desenhebrado mi vida de mis deseos. Si pudieras recorrer mi camino, los encontrarías uno tras otro, conjurados, inmóviles, detenidos para siempre señalando la ruta de este extraño viaje que a nadie nunca conté, salvo a ti

 Altres n'han dit...
La antigua Biblos, Ratas de biblioteca, Lo que leo lo cuento, Espacios en blanco, Critica de libros, Un libro al día.

 Enllaços:
Alessandro Baricco, traduccions enigmàtiques, sobre la temàtica, sobre el missatge, el procés d'adaptació cinematogràfica, Jelly Roll Morton.

 Escolta'l:
Italià (recitat d'Eugenio Allegri)

 Mira'l:
Italià part 1 / part 2 (direcció de Francesco Menconi)

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