dimarts, 20 de gener de 2015

La voz cantante - Eloy Tizón





"(...) aún queda margen para vivir, no sé si mucho o poco. Algo. Lo suficiente. "



Tizón, Eloy. La voz cantante. 
Barcelona: Anagrama, 2004

Col·lecció Narrativas Hispánicas, 361


 Què en diu la contraportada...
Un martes al mediodía, en un vagón de metro, el profesor Gabriel Endel ve al diablo. No se trata de un espejismo ni de una alucinación: es Lucifer en persona. El Ángel Caído. Belcebú. Como un pasajero más, mezclado entre los viajeros. Está seguro de ello. Lo sabe porque no es la primera vez que sus miradas se cruzan. Ya le ha visto antes, en distintas ocasiones, a lo largo de su vida. A partir de ese encuentro en el metro, la máquina de evocar se pone en funcionamiento, y Gabriel Endel toma la palabra para narrar y hacer el recuento de las veces que el diablo, adoptando diferentes máscaras y disfraces, cambiando de identidad y de nombre, se ha inmiscuido en sus asuntos. Convencido de que "la biografía entre de cualquier ser humano puede resumirse en la narración de unas cuantas miradas", el protagonista retrocede hasta su infancia persiguiendo ese hilo rojo de la memoria, visita a sus abuelos en una granja perdida, se enamora de una gallina huidiza, camina por una cornisa con los ojos vendados, sobrevive a un accidente, salva la vida por poco..., para finalmente centrarse en su historia de amor con Mónica Friser, la más importante de cuantas ha tenidos, y en la cual también descubre que hubo una trasfondo diabólico que complicó su vida hasta extremos imprevisibles y que ha hecho de él lo que hoy es: un solitario.
La voz cantante habla del mal cotidiano, en minúscula, ese mal que todos ejercemos a diario -de forma consciente o inconsciente- contra los demás o contra nosotros mismos.

 Com comença...
También hay quienes piensa que no existe el diablo. Que no es más que una leyenda romántica surgida de mentes calenturientas en noches invernales. Allá ellos. O es que esas personas están ciegas, o no saben de qué hablan, o son muy desdichadas y no creen en la bondad humana, o es que lo han olvidado. El diablo existe. Se llama Lucifer y muchos otros nombres. Es hombre y es mujer. Cambia de forma. Su aspecto es camaleónico. Vive muy cerca, aquí mismo, a la vuelta de la esquina. Viaja en metro. Actúa siempre solo. Tiene un tic nervioso en el labio superior. Lo sé porque le he visto.

 Moments...
(Pàg. 16)
Pienso que la biografía entera de cualquier ser humano puede resumirse en la narración de unas cuantas miradas. No muchas, con seis o siete basta. Quizá incluso menos. Miradas de amor, de odio, de pesadumbre, de pena. Dejar constancia de ellas, reconocer su influencia o su insignificancia, el papel que cada una de esas miradas desempeñó en nuestra vida, será el propósito de estas líneas.

(Pàg. 22)
El viento se colaba por las rendijas y crujía en los peldaños de la escalera, en las tuberías, en la caja hueca de los armarios. El ciento en casa de mis abuelos era algo que no principio ni fin. Era anterior al tiempo, anterior a las estaciones climáticas, contemporáneo de Dios, y seguiría existiendo imperturbable por los siglos de los siglos mucho después de la extinción de cualquier forma de vida humana o animal sobre la faz del planeta. El viento, más que soplar, gimoteaba; parecía juntar y deshacer palabras y hablar y, cuando uno estaba a punto de entender al fin lo que decía, de ceder a la locura o descifrar su mensaje, el viento dejaba de soplar y enmudecía de golpe.

(Pàg. 36)
El diablo, en el metro, por si no lo he dicho antes, tenía aspecto de niño. De niño rubio. Inocente. Pecoso. Incapaz de romper un plato. Peinado con raya en medio. Y viajaba. Viajaba solo.

(Pàg. 37)
Eso era el diablo. Alguien que habla como tú, que piensa como tú, que se mueve como tú, que respira como tú, que sueña lo mismo que tú, pero no eres tú.

(Pàg. 48) 
Somos tiempo. Los seres humanos somos tiempo. Estamos hechos de tiempo amasado de arcilla, y tres o cuatro recuerdos. Ésa es la materia prima de la que estamos formados. Segundos. Minutos. Meses. Años. Décadas. Siglos. Milenios. Y yo estoy aquí sin saber qué hacer y tiemblo. Tiemblo de tiempo.

(Pàg. 88)
Ahora este hombre entrado en años que escribe su diario en un cuaderno de tapa dura, con un dibujo de pájaros volando en la cubierta (plumas de oro, fondo de cielo azul), ahora este hombre es algo más y algo menos que un perro:  es el depositario de una mirada. ¿Qué hacer con una mirada? ¿Dónde esconderla? Ésa era la pregunta que le quemaba.

(Pàg. 101)
En esa ampolla salvada de tiempo, colmada hasta los bordes del elixir dorado de la felicidad, Mónica Friser ríe, lee, cocina, bosteza, se rasca la nariz, se lava los dientes, se cepilla la crujiente melena charolada, llena de electricidad estática, antes de meterse debajo de las sábanas conmigo, o se pellizca la piel del muslo izquierdo, sabiendo que en esa suma acogedora de instantes palpita un átomo de eternidad que no será destruido. Repito: que no será destruido.
Nos queríamos. Yo le leía en voz alta mis manuscritos y ella me daba los plátanos pelados. ¿No era eso amor?

(Pàg. 166)
Se puede vivir con un puñal clavado en la espalda. Yo soy la prueba. Se puede. Ya lo creo que sí. No es tan terrible como parece. Si alguien, por haceros un favor, un día nos desclava el puñal de la espalda, entonces es cuando nuestra vida corre un serio peligro. Uno se acostumbra a todo, hasta a eso.

(Pàg. 167)
El mundo y yo hemos cambiado, pero no tanto. O no lo suficiente. Por lo demás, ahí fuera hay una guerra. Siempre hay una. El bando de los imbéciles lucha contra el bando de los desesperados. Ganan unos. Ganan otros. El absurdo de mantiene. No hay tregua.

(Pág 167)
Con los años, me he ido pareciendo cada vez más a la foto que aparece en mi carnet de identidad. Cuando me parezca del todo, habré muerto.

(Pàg. 174)
Acariciar un seno, follar entre mis sábanas frescas, me produce un placer discreto. Lo que nos mueve a los dos no es tanto el ansia de frenesí como el consuelo momentáneo que se obtiene al frotar dos soledades. Ambos nos utilizamos mutuamente, para exprimir los últimos jugos de un placer huidizo que a lo que más se parece es a una masturbación compartida, a cuatro manos.

(Pàg. 175)
No soy un santo. Tampoco un sinvergüenza. Ya lo advertí al principio: soy miles, millones de personas. Mi nombre es multitud. No me siento infeliz. Estoy bien. Mis libros de cuentas están en orden. No debo a nadie dinero. He atravesado el fuego sin consumirme. Puedo decirlo: mis días transcurren en paz.

(Pàg. 179)
Mientras conduzco mi coche en dirección a la universidad, pienso, aferrado al volante, que aún queda margen para vivir, no sé si mucho o poco. Algo. Lo suficiente.

(Pàg. 183)
Todo es un caminar a ciegas. Basta con echar una ojeada al periódico cada mañana para darse cuenta de quién dirige las riendas de éste mundo, quién lleva la voz cantante. No vivimos en el mejor de los mundos posibles. El diablo mueve la batuta, y la orquesta entera obedece. Yo no me refiero a ésos. Yo me refiero al grande, al único, al inmortal, al mítico genio del mal que tuvo la osadía de rebelarse y de enfrentarse cara a cara con Dios, y que pagó por ello un duro castigo.
Lucifer. Mi viejo adversario. Está loco. Es tan viejo como yo. Hemos envejecido juntos.

(Pàg. 184)
Me conozco. Sé quién soy. El ser humano es un bicho extraño que no está terminado de hacer. El mejor truco de magia lo realiza el tiempo, cuando, delante del espejo del baño, nos transforma en nuestros propios abuelos.

 Altres n'han dit...
El anaquel, Sentencias inútilesGruñidos de un balrog, El País (Rafael Conte), El Cultural, Letras de Chile, Barcelona Review

 Enllaços:
Eloy Tizón, sobre la tècnica de l'autor, l'autor parla del seu llibre.

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