dissabte, 6 de desembre de 2014

Almas grises - Philippe Claudel





"El equilibrio entre nuestros deseos culpables y la realidad absoluta sólo se da en las guerras."



Claudel, Philippe,  Almas grises.
Barcelona: Salamandra, 2005

Les âmes grises. Traducció de José Antonio Soriano
Col·lecció Narrativa Salamandra.   i



è Què en diu la contraportada...
Ganadora del prestigioso premio Renaudot y elegida Libro del Año por los libreros franceses y la revista Lire, esta novela posee una belleza sombría y seductora que emana tanto del clima misterioso que envuelve la historia como del profundo y descarnado retrato de los personajes que la componen.

Diciembre de 1917. En un pequeño pueblo del norte de Francia, el cuerpo sin vida de una hermosa niña aparece flotando en el canal. A la escena del crimen acuden, acompañados por el incesante tronar de los cañones y el acre olor a pólvora de un frente que se desgarra a escasos kilómetros, un policía, un juez instructor y un militar. En este mundo provinciano, el asesinato de Belle suscita innumerables sospechas, despierta viejos rencores y sacude un orden social que se tambalea. Todos los indicios apuntan al fiscal Destinat, un rico aristócrata ya jubilado, pero el juez designará como culpables a dos desertores apresados en las cercanías del lugar del crimen. Sin embargo, la crónica de los hechos, escrita por el policía veinte años después del suceso, invita al lector a descubrir una realidad inesperada. En su implacable relato, donde la emoción aparece retenida por el pudor del narrador, nadie es inocente, y los culpables, de una forma u otra, son también víctimas. El gris es el tono dominante, pero no el gris de la muerte, ni el del duro clima invernal, ni siquiera el de la cobardía, sino el gris en que se desenvuelve la condición humana: la ausencia de certezas absolutas, las sombras, los claroscuros, en suma, el peso rotundo de la duda.

è Com comença...
No sé muy bien por dónde empezar. Es realmente difícil. Todo ese tiempo ido, que las palabras no harán volver jamás, y también los rostros, las sonrisas, las heridas... Pero aun así debo intentar decirlo. Decir lo que me roe el corazón desde hace veinte años. Los remordimientos y las grandes preguntas. Tengo que abrir el misterio con bisturí, como si fuera un vientre, y hundir en él las dos manos, aunque nada cambie nada de nada.

è Moments...
(Pàg. 38)
La muerte súbita se lleva las cosas hermosas, pero las conserva tal como eran. Ésa es su auténtica grandeza. Contra esos no se puede luchar.

(Pàg. 40)
Por orgullo y por estupidez, todo un país estaba dispuesto a arrojarse al cuello de otro. Los padres azuzaban a los hijos. Los hijos azuzaban a los padres. Sólo las mujeres, madres, esposas o hijas, presenciaban aquello con el pálpito de la desgracia en el corazón y una lucidez que les hacía ver mucho más allá de aquellas tardes de gritos de júbilo, rondas para todos y canciones patrióticas que hacían zumbar los oídos y temblar la verde fronda de los castaños.

(Pàg. 61)
Que un hombre en el ocaso de la vida se enredara en los lazos del amor no tenía nada de extraordinario. Era tan viejo como el mundo. En casos así, las conveniencias saltan por los aires. El ridículo sólo existe para los demás, para los que nunca entienden nada. Hasta Destinat, con su frío rostro de mármol y sus manos de hielo, pudo caer e la trampa de la belleza y del corazón que late con violencia. En el fondo, eso lo hacía humano, simplemente humano.

(Pàg. 62)
Ésa es la gran estupidez del ser humano, decirse siempre que hay tiempo, que podrá hacer esto o lo otro mañana, dentro de tres días, el año que viene, dos horas más tarde... Y luego todo se muere, y nos vemos siguiendo ataúdes, lo que no facilita la conversación.

(Pàg. 66)
Qué más da. No me apetece releer. Escribo. Nada más. Es un poco como si hablara conmigo mismo. Me doy conversación, me hablo de otros tiempos. Intercalo retratos. Excavo sin mancharme las manos.

(Pàg. 90)
Los ayuntamientos saldaban su deuda con los caídos de forma bien visible y duradera, con monumentos rodeados de tilos y gravilla, ante los cuales, cada 11 de noviembre, una ardorosa fanfarria tocaría los aires marciales de la victoria y los patéticos del dolor, mientras que de noche los perros callejeros se meaban por todas partes y las palomas añadían sus inmundas condecoraciones a las concedidas por los hombres.

(Pàg. 99)
A las siete, he abierto la puerta. El paisaje parecía salido de una pastelería: crema y algodón dulce por todas partes. He parpadeado como ante un milagro. El cielo bajo arrastraba sus pesadas gibas sobre la cresta del monte, y la Fábrica, que habitualmente petardea con rabia como un monstruo tuerto, se entregaba a un suave ronroneo. Un mundo nuevo. O la primera mañana de un mundo nuevo. Como ser el primer hombre. Antes de las manchas, de las huellas de los pasos y de las maldades. No sé cómo decirlo. Las palabras son complicadas. Apenas he hablado en mi vida. Escribo "en mi vida", como si ya estuviera muerto. En el fondo, es verdad. Es la pura y única verdad. Hace mucho tiempo que me siento muerto. Hago si siguiera viviendo. Mi sentencia está en suspenso, eso es todo.

(Pàg. 102)
Sobre una mesa cubierta con un mantel muy bonito había un ramo de iris, y de la paredes colgaban estampas enmarcadas de santos y angelitos, como las que dan los curas a los comulgantes y a los monaguillos.
- ¿Crees en eso? -le pregunté indicando la curiosa galería con la barbilla.
Ella se encogió de hombros, en un gesto que no era tanto de desdén como un modo de subrayar una evidencia, algo por lo que no merecía la pena discutir.
- Si tuviera buenos cacharros de cobre, los colgaría igual, y producirían el mismo efecto, la sensación de que el mundo no es tan feo, de que a veces hay pequeños reflejos dorados, y de que en el fondo la vida no es más que la búsqueda de esas migajas de oro.

(Pàg. 108)
Por supuesto, oíamos la guerra. La habíamos visto anunciada en los carteles de la movilización. La leíamos en los periódicos. Pero, en el fondo, la sorteábamos, convivíamos con ella como se convive con un mal sueño o un recuerdo amargo. NO acababa de formar parte de nuestro mundo. Pertenecía al del cinematógrafo.

(Pàg. 117) 
Cada día, sin ni siquiera darnos cuenta, matamos a mucha gente, de pensamiento y de palabra. Bien mirado, al lado de todos esos crímenes abstractos, los asesinatos reales son escasos. El equilibrio entre nuestros deseos culpables y la realidad absoluta sólo se da en las guerras.

(Pàg. 122)
La pena mata. Y muy deprisa. El sentimiento de culpa también, al menos cuando se tiene una pizca de conciencia. Adélaïde Siffert siguió a su ahijada a la tumba. Entre los dos entierros transcurrieron veintidós días. Ni una hora más. Y, durante esas tres semanas, las lágrimas rodaron sin cesar por el rostro de la anciana, sin cesar, digo bien, ni de día, cosa de la que puedo dar fe, ni de noche, lo que casi me atrevería a jurar. Las buenas personas se van pronto. Todo el mundo las quiere, y la muerte también. Los canallas, en cambio, tienen la piel dura. Por lo general se mueren de viejos, y casi siempre en su cama. Como unos benditos.

(Pàg. 131) 
(...) me he dicho que, seguramente, en el mundo hay sitios en los que Dios nunca pone los pies.

(Pàg. 133)
Estoy llegando a esa sórdida mañana. A esa detención de todos los relojes. A esa caída infinita. A la muerte de las estrellas.
En el fondo, Berthe tiene razón. Las palabras dan miedo. Incluso a quienes las conocen y las entienden.

(Pàg. 142)
La muchedumbre aumenta y, sin saber por qué, tal vez porque las muchedumbres siempre son un poco idiotas, se vuelve amenazadora, se cierra cada vez más en torno a los detenidos. Agita los puños, escupe insultos, tira piedras... En el fondo, ¿qué es una muchedumbre? Nada, un montón de pelagatos, inofensivos si les hablas mirándoles a los ojos. Pero juntos, casi pegados, envueltos en el olor de los cuerpos, de la transpiración, de los alientos, mirándose unos a otros, al acecho de una palabra, justa o injusta, se convierten en dinamita, en una máquina infernal, en una olla a presión lista para estallarte en la cara si se te ocurre tocarla.

(Pàg. 160)
Los atardeceres de junio casi hacen concebir esperanzas en el mundo y la humanidad. Son tantos los perfumes que llegan de las muchachas y de los árboles, y el aire tan grato, que dan ganas de empezar de nuevo, de frotarse los párpados, de creer que el mal no es más que un sueño, y el dolor, un espejismo del alma.

(Pàg. 162)
La guerra destroza, mutila, mancha, envilece, despanzurra, desmiembra, aplasta, despedaza y mata, pero a veces también pone en hora algunos relojes.

(Pàg. 165)
Le puse la mano en el cuello. Yo lo sabía. A veces descubrimos con sorpresa que sabemos cosas sin haberlas aprendido. Yo sabía que aquel suspiro era el último, que no lo seguiría ningún otro. Apoyé la cabeza contra la suya y me quedé así largo rato. Sentía que el calor la iba abandonando poco a poco. Recé a Dios y a todos los santos para que me sacaran de aquel sueño.

(Pàg. 190)
(...) puede que, en el fondo, Destinat ya no viera aquel gran cuadro, puede que aquel retrato de la mujer a la que había amado y perdido hubiera acabado convirtiéndose en una simple pintura. Puede que hubiera adquirido esa condición de pieza de museo, esa deshumanización que impide que nos conmovamos al contemplar las figuras bajo su capa de barniz, porque creemos que nunca han vivido, que no han respirado, dormido, sudado y sufrido como nosotros.

(Pàg. 192)
Por hermosa que sea la comedia, el último acto siempre
es sangriento. Al final, se echa tierra sobre la cabeza,
y ahí acaba todo.

Hay palabras que te dan un escalofrío y te cortan la respiración. Éstas, por ejemplo. No conozco la vida de Pascal, y además me trae sin cuidado, pero seguro que no apreciaba demasiado la comedia de la que habla. Como yo. Como Destinat, sin dudad. Él también debió de probar su vinagre y perder rostros amados demasiado pronto. Si no, no podría haber escrito eso; cuando se vive entre flores, no se piensa en las espinas.

(Pág. 208)
Después de esa carta, no hay nada más. No hay otra cosa que blancura, páginas y páginas en blanco. El blanco de la muerte.
La muerte escrita.

(Pàg. 212)
Belle de Jour, Clélis y Lysia eran como tres encarnaciones de la misma alma, un alma que había dado a los cuerpos que había revestido una misma sonrisa, una dulzura y un fuego que no se parecían a ningún otro. La misma belleza, encarnada y vuelta a encarnar, nacida y destruida, surgida y desaparecida. Verlas así, una junto a otra, producía vértigo. La mirada pasaba de la primera a la segunda y de la segunda a la tercera, pero siempre encontraba lo mismo. en todo aquello había algo puro y diabólico a un tiempo, una mezcla de serenidad y horror. Ante tanta constancia, uno creería que lo hermoso permanece en el tiempo y que lo que fue volverá.

(Pàg. 217)
Si alguien me preguntara en qué he empleado todos estos años, el tiempo que me ha hecho llegar hasta hoy, no podría responder gran cosa. No me he enterado de los años, a pesar de lo largos que se me han hecho. He mantenido viva una llama e interrogado a la oscuridad, sin obtener otra cosa que retazos de respuestas, incompletas y poco claras.

Toda mi vida se resume en ese diálogo con unos cuantos muertos. 

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