dimarts, 18 de novembre de 2014

Los domingos de un burgués en París - Guy de Maupassant






"(...) si la guerra es una cosa horrible, ¿acaso no es el patriotismo la idea que la sostiene?" 





De Maupassant, Guy. Los domingos de un burgués en París. 
Caceres: Periférica, 2014

Les Dimanches d'un bourgeois de Paris. Traducció de Manuel Arraiz
Col·lecció Largo Recorrido, 62  i


è Què en diu la contraportada...
El señor Patissot, memorable protagonista de esta historia, es, valga el juego de palabras, todo un personaje. Preocupado por su salud después de un ligero malestar, y siguiendo las recomendaciones de su médico, se propone recobrarla organizando cada domingo, metódica y minuciosamente, grandes y «deportivos» paseos por los alrededores de París. Cada uno de ellos dará pretexto a situaciones tan ridículas como desternillantes.

Figura caricaturesca del perfecto burócrata, funcionario amante del gobierno, camaleón político y «amical» cuando hace falta, Patissot tiene, sin embargo, algo que nos lo hace también entrañable. Quizá las buenas sonrisas que nos provoca; hasta llegar, en algún caso, a la carcajada. Fracasa tanto cuando trata de convertirse en pescador de río como cuando, en sus delirios románticos, aborda la «pesca» de alguna muchacha. Sirve por igual al Imperio que a la República, pero no le importa echarse la mochila a la espalda para conocer al pueblo verdadero. Guy de Maupassant lo dibujó siguiendo a otros dos personajes míticos: Bouvard y Pécuchet, es decir, como homenaje a Flaubert, quien jugó un papel decisivo en su vocación como escritor y fue, en buena medida, su maestro.

Entre mayo y agosto de 1880, Maupassant, que acababa de alcanzar su primer éxito literario con «Bola de sebo», publicó las aventuras de Patissot en Le Gaulois, pero esos diez capítulos no fueron recogidos en forma de libro hasta 1901, o sea, ocho años después de la muerte de su autor. Merecen, sin duda, una especial atención: en primer lugar, para conocer mejor el talento naciente de un escritor dueño ya, sin embargo, de un estilo propio, y que se entrega aquí a lo que se convertirá en una de sus marcas de fábrica: la pintura minuciosa, divertida y feroz de la pequeña burguesía; en segundo lugar, para descubrir los alrededores de París a finales del siglo xix, época en la que aventurarse hasta lugares como Colombes, Meudon o Sèvres representaba todavía una auténtica expedición.


è Com comença...
El señor Patissot, nacido en París, después de haber estudiado en el colegio Enrique IV sin ningún aprovechamiento, como tantos otros, había entrado en un ministerio gracias a la influencia de una de sus tías, que tenía un estanco donde solía comprar tabaco un jefe de sección.
Ascendió con gran lentitud, y seguramente se habría muerto como funcionario de cuarta clase si no hubiera intervenido ese feliz azar que decide en ocasiones nuestro destino.

è Moments...
(Pàg. 14)
Era un hombre lleno de esa sensatez que linda con la estupidez.

(Pàg. 49)
"En una palabra, ¿quiere usted, sin tener que preocuparse por nada, sin estudios, sin preceptos, quiere usted tener éxito pescando a derecha, a izquierda o de frente, descendiendo o remontando, con ese aspecto de conquistador que no admite la derrota? Pues bien, pesque cuando se abren los cielos y se llenan de relámpagos, cuando la tierra enmudece por el prolongado fragor de los truenos: entonces, ya sea por hambre o por terror, todos los peces agitados, revueltos, confunden sus costumbres en una especie de galopada universal. En esta confusión, siga o no los pronósticos favorables, ¡salga a pescar, la victoria le aguarda!".

(Pàg. 62)
- (...) Nombra un cuadro de cuando en cuando, cita una novela cualquiera y añade: "¡¡Soberbio!! ¡¡Extraordinario!! ¡¡Deliciosa ejecución!! ¡¡Qué fuerza tan original!!", etcétera, etcétera. Así siempre sale uno airoso. Sé perfectamente que esos dos hombres están hartos de todos; pero, ya ves, los elogios siempre gustan a los artistas.

(Pàg. 65)
(...) Patissot, mientras salían, fue presa de un inmenso respecto por aquel hombre, no tanto a cusa de su gran éxito, de su fama y de su talento, sino porque invertía tanto dinero en una fantasía, ¡mientas que los burgueses ordinarios se privan de cualquier fantasía para amasar dinero!

(Pàg. 68)
Su mirada era profunda, a menudo irónica, penetrante; se notaba que allí trabaja un pensamiento siempre activo, adivinando las intenciones de los hombres, interpretando las palabras, analizando los gestos, desnudando los corazones. Aquella cabeza redonda y fuerte se correspondía bien con su nombre, corto y eficaz, con dos sílabas saltando entre dos sonoras vocales [Zola].

(Pàg. 76) 
(...) una oleada de cuerpos sudorosos donde se codearán, junto a la gorda maruja con cintas tricolores, cebada tras un mostrador y jadeante, el empleado raquítico que arrastra a su mujer y a su crío, el obrero que lleva al suyo a hombros, el pueblerino asombrado, con pinta de cretino estupefacto, y el palafrenero recién afeitado pero que aún huele a cuadra. Y extranjeros vestidos como monos, inglesas parecidas a jirafas, aguadores aseados, la falange innumerable de pequeños burgueses, rentistas, inofensivos a los que todo divierte.¡Oh , empujones, vapuleos, sudores y polvo, gritos, remolinos de carne humana, pisotones en los callos, aturdimiento de la mente, olores espantosos, agitaciones inútiles, aliento de multitudes, brisas al aire, dad al señor Patissot toda la alegría que pueda contener su corazón!

(Pàg. 95)
- (...) ¿Y qué es lo que hace usted aquí? -preguntó Patissot.
El otro recorrió el horizonte con la mirada, como si temiese que algunos oídos indiscretos pudiesen escucharlo; luego, en voz baja y asustada:
- Huyo de las mujeres, señor.

(Pàg. 115)
- (...) Usted no es francés, señor. La galantería francesa es una de nuestras formas de patriotismo.
Rade recogió el guante.
- Siento muy poco patriotismo, señor Patissot, lo menos posible. -Aquellas palabras dejaron helado a todo el mundo, pero él continuó tranquilamente-: ¿Admiten ustedes conmigo que la guerra es una cosa monstruosa; que esa costumbre de degollarse los unos a los otros constituye un estado de permanente salvajismo; que resulta odioso (ya que el único bien real es "la vida") ver a todos los gobiernos, cuyo deber es proteger la vida de sus ciudadanos, buscar obstinadamente los medios de su destrucción? Si, ¿verdad? Pues bien, si la guerra es una cosa horrible, ¿acaso no es el patriotismo la idea que la sostiene? Cuando un asesino mata, lo hace por un motivo, robar. Cuando un buen hombre, a bayonetazos, revienta a otro buen hombre, padre de familia o gran artista incluso, ¿qué motivo tiene?
Todo el mundo se sentía profundamente humillado.

(Pàg. 118)
- (...) Tenemos un estado mayor de once mil doscientos cinco hombres inteligentes. A continuación tenemos al ejército de los mediocres, y finalmente a la multitud de los imbéciles. Como los mediocres y los imbéciles forman siempre la inmensa mayoría, es imposible que puedan elegir un gobierno inteligente.

è Altres n'han dit...

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