dissabte, 16 d’agost de 2014

Las ciudades invisibles - Italo Calvino




" La mentira no está en las palabras, está en las cosas."



Calvino, Italo. Las ciudades invisibles.
Barcelona: Minotauro, 1983


Le città invisibile. Traducció d'Aurora Bernárdez.   



è   Què en diu la contraportada...
Como en las compilaciones geográficas medievales, las noticias del mundo que un Gran Jan melancólico recibe de un Marco Polo visionario pueden evocar un catálogo de emblemas. Sin embargo, estas ciudades de nombres femeninos recuerdan también en un principio los sueños de Las mil y una noches, aunque poco a poco el repertorio cambia y el lector se encuentra en medio de una megalópolis contemporánea que está cubriendo el planeta. De un capítulo a otro puede trazarse además el curso de un viaje, el único todavía posible: el de la relación de los hombres y las ciudades en que viven, ciudades del misterio, el deseo y la angustia, que proyectan en la pantalla de la imaginación unas sombras filiformes, puntiformes, casi invisibles.

è   Com comença...
No está dicho que Kublai Jan crea en todo lo que dice Marco Polo cuando le describe las ciudades que ha visitado en sus misiones, pero lo cierto es que el emperador de los tártaros sigue escuchando al joven veneciano con más curiosidad y atención que a ningún otro de sus mensajeros o exploradores. En la vida de los emperadores hay un momento que sucede al orgullo por la amplitud inconmensurable de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos y a comprenderlos, una sensación como de vacío que nos asalta una noche junto con el olor de los elefantes después de la lluvia y de la ceniza de sándalo que se enfría en los braseros, un vértigo que hace temblar los ríos y las montañas historiados en la leonada grupa de los planisferios, enrolla uno sobre otro los despachos que anuncian el derrumbe, de derrota en derrota, de los últimos ejércitos enemigos y resquebraja el lacre de los sellos de reyes que jamás oímos nombrar, que imploran la protección de nuestras huestes triunfantes a cambio de tributos anuales en metales preciosos, pieles curtidas y caparazones de tortuga; es el momento desesperado en que se descubre que ese imperio que nos había parecido al suma de todas las maravillas es un desmoronarse sin fin ni forma, que la gangrena de la corrupción está demasiado avanzada para que nuestro cetro pueda ponerle remedio, que el triunfo sobre los soberanos enemigos nos ha hecho herederos de su larga ruina.

è   Moments...
(Pàg. 29)
Isidora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isidora llega a edad avanzada. En la plaza hay un murete desde donde los viejos miran pasar a la juventud: el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos ya son recuerdos.

(Pàg. 45)
La ciudad es redundante: se repite para que algo llegue a fijarse en la mente.

(Pàg. 46)
La memoria es redundante: repite los signos para que la ciudad empiece a existir.

(Pàg. 58)
Los futuros no realizados son sólo ramas del pasado: ramas secas.
- ¿Viajas para revivir tu pasado? -era en ese momento la pregunta del Jan, que podía también formularse así: ¿Viajas para encontrar tu futuro?
Y la respuesta de Marco: - El otro lado es un espejo negativo. El viajero reconoce lo poco que es suyo al descubrir lo mucho que no ha tenido y no tendrá.

(Pàg. 61)
Hay que guardarse de decirles que a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, que nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre sí. En ocasiones hasta los nombres de los habitantes permanecen iguales, y el acento de las voces e incluso las facciones; pero los dioses que habitan bajo esos nombres y en esos lugares se han marchado sin decir nada y en su sitio han anidado dioses extranjeros. Es inútil preguntarse si éstos son mejores o peores que los antiguos, dado que no existe entre ellos ninguna relación, así como las viejas postales no representan a Maurilia como era, sino a otra ciudad que por casualidad se llamaba Maurilia cómo ésta.

(Pàg. 65) 
El hombre que viaja y no conoce todavía la ciudad que le espera al cabo del camino, se pregunta cómo será el palacio real, el cuartel, el molino, el teatro, el bazar. En cada ciudad del imperio cada edificio es diferente y está dispuesto en un orden distinto: pero apenas el forastero llega a la ciudad desconocida y pone la vista en aquel apeñuscamiento de pagodas y buhardillas y henares, siguiendo el entrelazarse de canales huertos basurales, distingue de inmediato cuáles son los palacios de los príncipes, cuáles los templos de los grandes sacerdotes, la posada, la cárcel, los bajos fondos. Así-dice alguien- se confirma la hipótesis de que cada hombre lleva en su mente una ciudad hecha sólo de diferencias, una ciudad sin figuras y sin forma, y las ciudades particulares la rellenan.

(Pàg 84)
(...) Claro que también en Ipazia llegará el día en que mi único deseo sea partir. Sé que no tendré que bajar al puerto sino subir al pináculo más alto de la fortaleza y esperar que pase una nave por allá arriba. Pero ¿pasará alguna vez? No hay lenguaje sin engaño.

(Pàg. 88)
En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, buscan otras miradas, no se detienen.

(Pàg. 102)
(...) Si hubiera de verdad una Olivia de ajimeces y pavos reales, de talabarteros y tejedores de alfombras y canoas y estuarios, sería un mísero agujero negro de moscas, y para describírtelo tendría que recurrir a las metáforas del hollín, del chirriar de las ruedas, de los gestos repetidos, de los sarcasmos. La mentira no está en las palabras, está en las cosas.

(Pàg. 105)
Al entrar en el territorio que tiene por capital a Eutropia, el viajero no ve una ciudad sino muchas, de igual importancia y no disímiles entre sí, desparramadas en un vasto y ondulados altiplano. Eutropia no es una sino todas esas ciudades al mismo tiempo; una sola está habitada, las otras vacías; y esto ocurre por turno. Diré ahora cómo. El día en que los habitantes de Eutropia se sienten abrumados de cansancio y nadie soporta más su trabajo, sus padres, su casa y su calle, las deudas, la gente a la que hay que saludar o que te saluda, entonces toda la ciudadanía decide trasladarse a la ciudad vecina que está ahí, esperándolos, vacía y como nueva, donde cada uno tomará otro trabajo, otra mujer, verá otro paisaje al abrir las ventanas, pasará las noches en otros pasatiempos, amistades, maledicencias.

(Pàg. 124)
Después de andar siete días a través de boscajes, el que va a Baucis no consigue verla y ha llegado. Los finos zancos que se alzan del suelo a gran distancia uno de otro y se pierden entre las nubes, sostienen la ciudad. Se sube por escalerillas. Los habitantes rara vez se muestran en tierra: tienen arriba todo lo necesario y prefieren no bajar. Nada de la ciudad toca el suelo salvo las largas patas de flamenco en que se apoya, y en los días luminosos, una sombra calada y angulosa que se dibuja en el follaje.
Tres hipótesis circulan sobre los habitantes de Baucis: que odian a la tierra; que la respetan al punto de evitar todo contacto; que la aman tal como era antes de ellos, y con largavistas y telescopios apuntando hacia abajo no se cansan de parle revista, hoja por hoja, piedra por piedra, hormiga por hormiga, contemplando fascinados su propia ausencia.

(Pàg. 133)
Marco Polo describe un puente, piedra por piedra.
- Pero ¿cuál es la piedra que sostiene el puente? -pregunta Kublai Jan.
- El puente no está sostenido por esta piedra o por aquélla -responde Marco-, sino por la línea del arco que ellas forman.
Kublai permanece silencioso, reflexionando. Después añade:
- ¿Por qué me hablas de las piedras? Lo único que me importa es el arco.
Polo responde: -Sin piedras no hay arco.

(Pàg. 156) XXX
(...) cayéndole encima, plantándole una rodilla en el pecho, aferrándolo por la barba: -Esto era lo que quería saber de ti: confiesa que contrabandeas: ¡estados de ánimo, estados de gracia, elegías!
Frases y actos quizá sólo pensados, mientras los dos, silenciosos e inmóviles, miraban subir lentamente el humo de sus pipas.

(Pàg. 181)
Tal vez el mundo entero, traspasados los confines de Leonia, esté cubierto de cráteres de basuras en ininterrumpida erupción, cada uno con una metrópoli en el centro. Los límites entre las ciudades extranjeras y enemigas son bastiones infectos donde los detritos de una y otra se apuntalan recíprocamente, se amenazan, se mezclan.

(Pàg. 193)
La ciudad es una para el que pasa sin entrar, y otra para el que está preso en ella y no sale; una es la ciudad a la que se llega la primera vez, otra la que se deja para no volver; cada una merece un nombre diferente; quizá de Irene he hablado ya bajo otros nombres; quizá no he hablado sino de Irene.

(Pàg. 195)
Lo que hace a Argia diferente de las otras ciudades es que en vez de aire tiene tierra. La tierra cubre completamente las calles, las habitaciones están repletas de arcilla hasta el cielo raso, sobre las escaleras se posa en negativo otra escalera, encima de los techos de las casas pesan estrato de terreno rocoso como cielos con nubes. Si los habitantes pueden andar por la ciudad ensanchando las galerías de los gusanos y las fisuras por las que se insinúan las raíces, no lo sabemos: la humedad demuele los cuerpos y les deja poca fuerzas; les conviene quedarse quietos y tendidos, de todos modos está tan oscuro.
De Argia, desde aquí arriba, no se ve nada; hay quien dice: "Está allá abajo" y no queda sino creerlo; los lugares están desiertos. De noche, apoyando la oreja en el suelo, se oye a veces golpear una puerta.

(Pàg. 199)
Si al tocar tierra en Trude no hubiese leído el nombre de la ciudad escrito en grandes letras, habría creído llegar al mismo aeropuerto del que partiera. Los suburbios que tuve que atravesar no eran diferentes de aquellos otros, con las mismas casas amarillentas y verdosas. Siguiendo las mismas flechas se contorneaban los mimos canteros de las mismas plazas. Las calles del centro exponían mercancías embalajes enseñas que no cambiaban en nada. Era la primera vez que iba a Trude, pero ya conocía el hotel donde acerté a alojarme; ya había oído y dicho mis diálogos con compradores y vendedores de chatarra; otras jornadas iguales a aquéllas habían terminado mirando a través de los mismos vasos los mismos ombligos ondulantes.
¿Por qué venir a Trude? me preguntaba. Y ya quería irme.
- Puedes remontar vuelo cuando quieras -me dijeron- pero llegarás a otra Trude, igual punto por punto, el mundo está cubierta por una única Trude que no empieza ni termina, sólo cambia el nombre del aeropuerto.

(Pàg. 250)
(...) El infierno de los vivos no es algo por venir: hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. L segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio. 

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Italià (youtube)

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