dimecres, 30 d’abril de 2014

Un disgusto pasajero - Françoise Sagan






"(...) ¿Por qué me miento tanto?"





Sagan Françoise. Un disgusto pasajero. 
Barcelona: Tusquets Editores, 1995

Un chagrin de passage. Traducció de Julia Escobar
Col·lecció Andanzas, 235   i


è Què en diu la contraportada...
Françoise Sagan sitúa ante la muerte a un hombre de unos cuarenta años, Matthieu Cazavel, sin más señas destacables que las de estar casado con una mujer que le aburres, tener una amante por quien siente un afecto que la distingue de las demás y llevar una vida más bien fácil y superficial, o sea, un hombre cualquiera. Su médico acaba de comunicarle que tienen un cáncer de pulmón y le quedan pocos meses de vida. El desconcierto, la indignación, los recuerdos vanos, las inquietudes abandonadas, los amores olvidados, esa existencia sin relieve, empiezan a apoderarse en tropel de los pensamientos y los actos de este arquitecto aún joven, pero ya sentenciado a muerte, dividido entre la frágil voluntad de enfrentarse a ella con dignidad y la tentación de dejarse mimar como un niño desvalido. Sagan sondea en el alma anodina de este ser anónimo, que sólo puede vivir su muerte como ha vivido su vida: con entrañable y patética torpeza, como lo haría cualquiera.

è Com comença... 
-¿Y fumaba usted desde hace mucho?
- Fumo  desde siempre -corrigió Matthieu, negándose a desmentir con un penoso cambio de tiempo una costumbre tan permanente y deliciosa para él como la del tabaco, aunque le resultara fatal. Que ese medicucho antipático le anunciara que iba a morir dentro de poco ya era bastante desagradable como para que encima le hablara en pretérito imperfecto.

è Moments...
(Pàg. 16)
(...) sólo sus padres habrían encontrado escandaloso que su hijo muriera a los cuarenta años de un cáncer. El mundo entero lo encontraría normal, o casi normal. Sus conocidos, o sus amigos, iban encontrarlo triste, incluso muy triste, penoso, lamentable o estúpido. Pero nadie encontraría su muerte como lo haría él mismo o sus padres: impensable.

(Pàg. 18) 
Todo lo que estaba por descubrir sería algo por abandonar. Todos los proyectos, todos los encantos ya no se llamarían descubrimientos sino separaciones, como regalos que hubiera que devolver algún dia...

(Pàg. 47)
Como las tres cuartas partes de sus conocidos, Matthieu se había pasado su vida, desde que estuvo en edad de ganársela, respondiendo a una serie de cómos. Los porqués estaban reservados a los adolescentes o a los pensadores profesionales. Nada probaba que estuvieran reservados a los moribundos, en fin, a los futuros muertos (...).

(Pàg. 67)
Uno ya no se quiere morir al cabo de unos días de pensar en ello. En realidad no hay mucho tiempo para matarse. El valor y la lucidez dan paso, muy, muy deprisa, al parecer, a la ilusión y a la esperanza.

(Pàg. 69) 
(...) incluso en un caso como el suyo, el suicidio tenía algo de provocador ante la sociedad. Era un delito de fuga, un desafío, un rechazo de los demás, un último gesto de independencia y, por ello, era narcisista, luego, en último extremo, pretencioso.

(Pàg. 82)
Era verdad que lo horroroso no consistía en morir dentro de seis meses, lo horroroso consistía en saberlo. Era verdad que la pena de muerte era efectivamente un atroz e injustificable castigo. Era verdad que su médico era un gilipollas.

(Pàg. 97)
¿Cómo podía amarse a una mujer sin estimarla, adorarla sin creer en ella, enloquecer por ella sin admirarla? Pues bien, ¡se podía! Incluso era más cómodo, todo iba mejor. Matthieu había necesitado cuarenta años para descubrir esa simpleza carnal.

(Pàg. 98)
- (...) Conforme más pasa el tiempo, más adoptamos los puntos de vista más cercanos a nuestros intereses,  a nuestra pereza, o a nuestros amigos, o a la vida corriente. Se hace uno más estrecho de miras. Poco a poco, se convierte uno en un verdadero idiota, un viejo idiota (...).

(Pàg. 108)
"(...) ¿Por qué me miento tanto?", se dijo, olvidando que llevaba muy poco tiempo probando, o viéndose obligado, a hablarse un poco. Muy poco, y sin ningún otro adverbio.

(Pàg. 135)
(...) ¿qué ser humano, poderoso o miserable, no se ha levantado al menos alguna vez en su vida con el corazón latiéndole, aterrado ante la precariedad de las cosas, la fragilidad de los suyos y su muerte ineludible? ¿Qué ser humano, nacido por azar como todo el mundo o, poniéndose en lo mejor, deseado por un padre y una madre, no se asustaría ante la idea de esta vida tan dependiente de sus pobres capacidades, físicas o mentales que, por supuesto, hubiera deseado diferentes? Distintas. Claro, todo esto se sabe, y morir ahora mismo o más tarde no es ningún drama. Claro. Nuestro espíritu se ha acostumbrado a la muerte, pero para más adelante, siempre para más adelante, lo que da cierto sosiego a sus temores. Y el quid, lo doloroso, es morir enseguida.

(Pàg. 172)
Todas las mujeres creían en la muerte. Al instante. Mientras que los hombres la rechazan. Como también la vida: un hombre se queda estupefacto y estupidizado ante una mujer a la que ha dejado embarazada, y sin embargo ella sólo ve en ello una complemento feliz o una molestia pasajera.

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