diumenge, 15 de juliol de 2012

Con la soga al cuello - Joseph Conrad


"(...) un hombre jamás está a salvo de la voracidad de la especie, a menos que se encontrara en el fondo de un abismo de miseria." 



Conrad, Joseph. Con la soga al cuello.
Madrid: Espasa, 2002


The End of the Tether. Traducció de Vlady Kociancich
Col.lecció Relecturas


>> Què en diu la contraportada...
Con la soga al cuello narra la difícil peripecia del entrañable capitán Whalley, un viejo lobo de mar que ostenta un sólido prestigio tras cincuenta años navegando por los mares del Sur. Sin embargo, a los sesenta y cinco años, su vida se ve profundamente alterada al perder toda su fortuna. Para hacer frente a esta difícil situación, el viejo Whalley cuenta con dos armas: su altura moral y su sentido del deber, que le llevarán a embarcarse en una difícil aventura en un mundo que reniega de los valores morales de hombre como él. El lector tiene en sus manos una novela magistral, emocionante e intensa; una novela que viene a reflejar la mayor obsesión de este escritor fundamental: la condición humana y la lucha del individuo entre el bien y el mal.

>> Com comença...
Mucho después de que el rumbo del Sofala cambiara en dirección a tierra, la baja costa pantanosa aún retenía la apariencia de un mero tizne de oscuridad más allá de una franja de resplandor. Los rayos del sol caían violentamente sobre el mar en calma, se estrellaban contra esa lisura de diamante para convertirse en polvo de chispas: un vapor luminoso que cegaba los ojos y fatigaba el cerebro con su inconstante brillo.

>> Moments...
(Pàg. 22)
(...) a él le bastaba media hora de soledad para vivir una vez más su vida entera, con toda su aventura, todo su idilio, toda su tristeza

(Pàg. 23)
No le resultaría difícil olvidar. Pero no se puede embalsar la vida como si fuera un arroyo mezquino. Crece, desborda, fluye sobre las penurias de un hombre, hasta que un día las aguas se cierran sobre un dolor, como el mar sobre un cadáver, sin importarle cuánto amor se ha ido al fondo.

(Pàg. 37)
Había sido su único patrón durante demasiado tiempo. La única credencial que podía exhibir era el testimonio de toda una vida. ¿Qué mejor recomendación podían pedirle? Pero vagamente intuía que aquel documento único sería leído como una curiosidad arcáica de los mares de Oriente, un texto escrito con palabras obsoletas de una lengua a medias olvidada.

(Pàg. 67)
En general , los hombres no eran malos: sólo desdichados o tontos.

(Pàg. 72)
La vanidad de la posesión, la vanagloria del poder, ya habían quedado atrás; sólo restaban los obstáculos materiales, el miedo de perder una posición que ya no valía la pena, y una ansiedad constante que no podía aplacar el más abyecto servilismo.

(Pàg. 121)
Ya había probado el gusto del poder en la forma más elevada que su limitada experiencia concebía: el poder del propietario ¡Qué desilusión! ¡Vanidad de vanidades! Se sorprendía de su propia locura. Había malgastado la sustancia para quedarse con la sombra.

(Pàg. 122)
Era ese el poder real del dinero: borraba los problemas, la necesidad de pensar.

(Pàg. 151)
A pesar de su cinismo, le sobresaltó aquella prueba de que un hombre jamás está a salvo de la voracidad de la especie, a menos que se encontrara en el fondo de un abismo de miseria.

(Pàg. 189)
Me cuesta creer que un día leerás esta carta. Dios parece haberme olvidado. Quiero verte. Y sin embargo, la muerte me haría un favor muy grande.Si alguna vez lees estas palabras, te pido encarecidamente que agradezcas la misericordia de Dios, porque habré muerto entonces, y todo estará bien. Cariño, estoy con la soga al cuello.


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