dimarts, 1 de maig de 2012

La hierba roja - Boris Vian


"¿Dónde están los recuerdos puros? En casi todos se funden impresiones de otras épocas que se les superponen y les confieren una realidad distinta. Los recuerdos no existen: es otra vida revivida con otra personalidad, y que en parte es consecuencia de esos mismos recuerdos."



Vian, Boris. La hierba roja.
Barcelona: Bruguera, 1986

L’herbe rouge. Traducció de Jordi Martí
Col·lecció Libro Amigo, 887


>> Què en diu la contraportada...
El ingeniero Wolf y su ayudante, el mecánico Lazuli, construyen una máquina del tiempo. Wolf pretende a través de su engendro conjurar todos los terrores y obsesiones de su infancia y rescatar los goces de la felicidad fugaz. Pero los inquisidores no aceptan semejantes audacias y conducirán a Wolf a la aniquilación. En La hierba roja, más que en ningún otro de sus libros, Boris Vian puso mucho de su propia vida. Construida con la fantasía desbordante y la lúcida insolencia que caracteriza toda su literatura, ésta es una novela tierna, dolorosa y patética cuya lectura constituye una experiencia inolvidable.

>>Com comença... 
El viento, tibio y adormecido, empujaba una brazada de hojas contra la ventana. Wolf, fascinado, contemplaba el pequeño rincón de luz que el retroceso de la rama descubría periódicamente. De pronto se estremeció, sin motivo, apoyó las manos en el borde de la mesa y se levantó. Al pasar, hizo crujir la tabla del parquet que siempre crujía, y, para compensar, cerró la puerta silenciosamente.

>>Moments:
(Pàg. 16)
Alguien servía y retiraba los platos, Wolf no sabía quién. No podía mirar a un criado, le daba vergüenza.

(Pàg. 21)
Era tarde, o temprano, y la noche chorreaba sobre el tejado de la casa, arremolinándose en pesadas humaredas que rodaban a lo largo de la ardiente luz que las evaporaba al instante.

(Pàg. 40)
Otra persona esperaba. Una niña delgada, de ojos negros e inquietos, que apretaba en su sucia mano una moneda de plata. Lil bajó la escalera. La niña vaciló y la siguió.
- Perdón, señora –dijo-. ¿Dice la verdad?
- Claro que no –dijo Lil-. Dice el porvenir. No es lo mismo, ¿sabes?
- ¿Y eso da confianza? –preguntó la niña.
- ¿A veces da confianza – dijo Lil.

(Pàg. 66)
¿Dónde están los recuerdos puros? En casi todos se funden impresiones de otras épocas que se les superponen y les confieren una realidad distinta. Los recuerdos no existen: es otra vida revivida con otra personalidad, y que en parte es consecuencia de esos mismos recuerdos. No se puede invertir el sentido del tiempo, a menos que se viva con los ojos cerrados y los oídos sordos.

 (Pàg. 76)
(...) Me querían demasiado; y como yo no quería a nadie, llegaba a la lógica conclusión de que los que me amaban era estúpidos... incluso perversos; y, poco a poco, me fui construyendo un mundo a mi medida... un mundo sin bufandas ni padres (...).

(Pàg. 79)
La noche había caído de golpe, compacta y ventosa, y el cielo aprovechaba para acercarse al suelo, abrigándolo con su mórbida amenaza.

(Pàg. 103)
Los negros ya no bailan en la calle. Siempre hay un montón de imbéciles mirándolos, y los negros creen que lo hacen para ponerlos en ridículo. Es que los negros son muy susceptibles, y tienen razón. Después de todo, ser blanco es, más que una cualidad especial, una carencia de pigmentos, y no es razón suficiente para que unos tipos que han inventado la pólvora pretendan ser superiores a todo el mundo y se crean con derecho a perturbar otras actividades mucho más interesantes, coma la danza y la música.

(Pàg. 112)
- (...) Me sentí decepcionado por las formas de su religión –dijo Wolf-. Son completamente gratuitas. Todo son carantoñas, cancioncitas, hábitos bonitos... La religión y el music-hall son casi lo mismo.
- Vuelva a su estado de ánimo de hace veinte años –dijo el Padre Grille-. Mire, estoy aquí, para ayudarle..., sacerdote o no... y también el music-hall tiene su importancia.
- No existen argumentos para pronunciarse a favor o en contra –murmuró Wolf-. Se cree o no se cree. Siempre me sentí incómodo al entrar en una iglesia. Siempre me sentí incómodo al ver hombres de la edad de mi padre que se arrodillaban frente a un pequeño armario. Me daba vergüenza por mi padre. No llegué a conocer a sacerdotes malos, de esos cuyas infámias se narran en los libros de pederastas, ni presencié injusticias –que, por otra parte, apenas habría sabido identificar-, pero me sentía molesto con los curas. Quizá fuera la sotana.
- ¿Y cuando dijo: “Renuncio a Satanás, a sus pompas y a sus obras”?- dijo el Padre Grille.
Quería ayudar a Wolf.
- Pensé en una bomba –dijo Wolf-. Es verdad, ya no me acordaba..., una bomba de agua que había en el jardín de los vecinos, con una palanca, y pintada de verde. Sabe usted, a mi el catecismo apenas me rozó..., tal como fui educado, era imposible que creyera. Todo se reducía a una formalidad necesaria para conseguir un reloj de oro y no tener dificultades para casarse.
- ¿Quién le mandaba casarse por la iglesia? –dijo el Padre Grille.
- Los amigos se divierten –dijo Wolf-. Y además es un vestido para la mujer y... oh, todo esto me aburre... no me interesa nada. Nunca me ha interesado.

(Pàg. 116)
Entonces era divertido hacer la primera comunión; se tenía la sensación, respecto a los pequeños – a los más pequeños-, de haber subido un peldaño en la escala social, de haber merecido un ascenso; y, respecto a los mayores, la de haber accedido a un status y poder tratarlos de igual a igual. Y luego el brazal el vestido azul, el cuello almidonado, los zapatos de charol –y, a pesar de todo, por muchos ánimos que uno se diera, la emoción del gran día-, los adornos de la capilla, llena de gente, el olor del incienso y las mil luces de los cirios, el sentimiento mitigado de estar actuando en un teatro y de estar a punto de acceder a un gran misterio, el deseo de dar ejemplo edificante con la propia piedad, el miedo –“y si LA mastico”-, el “ y si fuera verdad”, la revelación –“es verdad”-... y, de regreso a casa, con el estómago lleno, la amarga sensación de haber sido engañado. Quedaban las estampas doradas que se intercambiaban con las de los compañeros, el vestido que se llevaría hasta que se desgastara, el cuello almidonado que no serviría nunca más, y un reloj de oro que años más tarde, un día de miseria, podría venderse sin ningún remordimiento. Y también un misal, regalo de una prima beata, que uno nunca se atreverá a tirar a causa de su hermosa encuadernación, pero del que nunca sabrá que hacer... Decepción sin límites... comedia irrisoria... y un cierto pesar por no haber llegado a saber si uno de verdad ha visto a Jesús o si simplemente se ha encontrado mal por culpa del calor, de los olores, del madrugón o del cuello que aprieta demasiado...

(Pàg. 122)
(...) Me robaron dieciséis años de noche, señor Brul. Me hicieron creer, en primero de Bachillerato, que mi único progreso debía consistir en pasar a segundo... en sexto, tuve que hacer la reválida..., y luego, un título...Sí, pensé que tenía un objetivo en la vida, señor Brul..., y no tenía nada... Avanzaba por un pasillo sin principio ni fin, a remolque de unos imbéciles, precediendo a otros imbéciles. Envolvemos la vida con diplomas. Del mismo modo como te envuelven los polvos amargos con cápsulas, para te los tragues sin darte cuenta... pero ve usted, señor Brul, ahora ya sé que me habría gustado el verdadero sabor de la vida.

(Pàg. 125)
- (...) Señor Brul –dijo Wolf subrayando las palabras-, escuche lo que voy a contestarle. Escúcheme con atención. Sus estudios no son más que una broma. Es lo más fácil del mundo. Desde hace generaciones y generaciones, se intenta hacer creer a la gente que un ingeniero o un sabio son hombres de élite. Pues bien, yo me río; y nadie se lleva a engaño –excepto los que pretenden formar parte de esa élite-:señor Brul, es más difícil aprender a boxear que aprender matemáticas. Si no, habría en las escuelas muchas más clases de boxeo que de aritmética. Es más difícil llegar a ser un buen nadador que escribir correctamente. Si no, habría muchos más entrenadores de natación que profesores de gramática. Todo el mundo puede ser bachiller, señor Brul... y, en efecto, hay muchos bachilleres, pero ¿cuántos de ellos son capaces de tomar parte en una prueba de decatlón? Señor Brul, odio los estudios porque hay demasiados imbéciles que saben leer: pero ni estos imbéciles se equivocan, porque se pasan el día leyendo periódicos deportivos y glorificando a los héroes del estadio. Y más nos valdría aprender a hacer el amor correctamente que devanarnos los sesos delante de un libro de historia.

(Pàg. 135)
- (...) ¿Qué podríamos hacer para que se interesaran de nuevo por algo? –dijo Lil.
- Yo hago lo que puedo –dijo Folavril-. Usted también. Somos atractivas, procuramos darles toda la libertad, intentamos ser tan tontas como es debido, porque es tradición que las mujeres sean tontas, y eso es tan difícil como lo que más, les prestamos nuestro cuerpo y tomamos el suyo; por lo menos, es honesto, y ellos se van porque tienen miedo.
- Y ni siquiera es de nosotras de quien tienen miedo –dijo Lil.
- Seria demasiado hermoso –dijo Folavril-. Hasta el miedo les tiene que venir de ellos mismos.
El sol merodeaba por los alrededores de la ventana, y de vez en cuando lanzaba un gran rayo blanco sobre el pulido parquet.
- ¿Y por qué nosotras resistimos mejor? –preguntó Lil.
- Porque existe un montón de prejuicios en contra nuestra –dijo Folavril-, y esto da a cada una de nosotras la fuerza de un conjunto. Y ellos creen que somos complicadas porque siempre están pensando en nosotras en conjunto. Es lo que le decía.
- Entonces es que son tontos- di Lil.
- No generalice usted también –dijo Folavril-. Esto los haría complicados también a ellos. Y, uno por uno, no lo merecen.

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Cajón de historiasAuthomathic for the people, SDCF, La audacia de Aquiles

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