dissabte, 17 de desembre de 2011

Marcovaldo - Italo Calvino


Calvino, Italo. Marcovaldo
Madrid: Siruela, 1999







Marcovaldo ovvero Le stagioni in città.


Traducció de Jose Ramón Masoliver
Col·lecció Biblioteca Italo Calvino, 7


>> Què en diu la contraportada...
Marcovaldo se compone de veinte relatos. Cada relato se dedica a una estación; el ciclo de las cuatro estaciones se repite por tanto cinco veces en el libro. Todos los relatos tienen el mismo protagonista, Marcovaldo, y presentan más o menos un esquema idéntico. El texto de presentación dice: “ En medio de la ciudad de cemento y asfalto, Marcovaldo va en busca de la Naturaleza. Pero ¿existe todavía la Naturaleza? La que él encuentra es una Naturaleza desdeñosa, contrahecha, comprometida con la vida artificial. Personaje bufo y melacónlico, Marcovaldo es el protagonista de una serie de fábulas modernas”, es la última encarnación de una serie de cándidos héroes probrediablos a lo Charlot, con una particularidad: la de ser un Hombre de la Naturaleza, un Buen Salvaje exiliado en la ciudad industrial. ¿Libro para niños? ¿Libro para jóvenes? ¿Libro para mayores? ¿O más bien un libro en el que el autor expresa su propia relación, perpleja y arrogante, con el mundo?.

>> Com comença...
El viento, llegando a la ciudad desde lejos, le trae regalos inesperados, de los que tan sólo se aperciben algunas almas sensibles, como las afectadas por la fiebre del heno, a las cuales hace estornudar el polen de flores de otras tierras.
Un día, a la franja de tierra de un paseo ciudadano llegó, a saber cómo, una ráfaga de esporas, y se formaron hongos. Nadie se dio cuenta salvo el peón Marcovaldo, que precisamente allí tomaba cada mañana el tranvía.
PRIMAVERA. Setas en la ciudad

>> Moments...
(Pàg. 21)
Tenía este Marcovaldo un ojo poco adecuado a la vida de la ciudad: carteles, semáforos, escaparates, rótulos luminosos, anuncios, por estudiados que estuvieran para atraer la atención, jamás detenían su mirada que parecía vagar por las arenas del desierto. En cambio, una hoja que amarilleara en una rama, una pluma que quedase enganchada en una teja, nunca se le pasaban por alto: no había tábano en el lomo de un caballo, taladro de carcoma en una mesa, pellejo de higo escachado en la acera que Marcovaldo no notase, y no hiciese objeto de cavilación, descubriendo las mudanzas de las estaciones, las apetencias de su ánimo y la miseria de su existencia.
PRIMAVERA. Setas en la ciudad

(Pàg. 37)
- ¡Nieve! –gritó Marcovaldo a su mujer, es decir, intentó gritar, porque la voz le salió apagada. Al igual que sobre las líneas y los colores y las perspectivas, la nieve había caído sobre los ruidos, incluso sobre la posibilidad misma de hacer ruido; los sonidos, en un espacio acolchado, no vibraban.
INVIERNO. La ciudad perdida en la nieve.

(Pàg. 59)
El frío tiene mil formas y mil maneras de moverse por el mundo: por el mar corre como una manada de caballos, a los campos se arroja como una nube de langostas, en las ciudades como una hoja de cuchillo corta las calles y se mete por las rendijas de las casas sin calefacción.
INVIERNO. El bosque de la autopista.

(Pàg. 69)
Los ruidos de la ciudad, que en las noches de verano entran por las ventanas abiertas en las habitaciones de quienes no pueden dormir por el calor, los verdaderos ruidos de la ciudad nocturna se empiezan a oír cuando a determinada hora el anónimo estruendo de los motores se enrarece y calla, y del silencio surgen discretos, nítidos, graduados a tenor de la distancia, un paso de noctámbulo, el crujido de la bici de un vigilante nocturno, un acallado y lejano alboroto, y también el roncar de los pisos de arriba, el gemido de un enfermo, un viejo reloj de pared que sigue dando a cada hora sus campanillazos. Hasta que empieza, al amanecer, la orquesta de los despertadores en las casas obreras, y por los rieles pasa un tranvía.
VERANO. Un viaje con las vacas.

(Pàg. 72)
(...) de noche estaba a la escucha de los pasos de la calle, como si el ventano de la habitación fuese la boca de una caracola que trajera el eco, al aplicar el pabellón de la oreja, de los ruidos montanos.
VERANO. Un viaje con las vacas.

(Pàg. 86)
Llegón el tranvía, evanescente como un fantasma, campanilleando lentamente; las cosas existían en la mínima proporción imprescindible; para Marcovaldo hallarse aquella noche al fondo del tranvía, dando la espalda a los demás pasajeros, fijando la vista más allá de los cristales en la noche vacía, surcada sólo por indistintas presencias luminosas y tal cual sombra más negra que la oscuridad, era la situación ideal para soñar despierto, para proyectar ante sí y dondequiera que fuese una película ininterrumpida sobre una pantalla sin límites.
INVIERNO. La parada equivocada.

(Pàg. 111)
Una fila ininterrumpida serpeaba por las aceras y los soportales, se prolongaba a través de las puertas de cristal de los comercios alrededor de todos los mostradores, impelida por los codazos de todo el mundo en las costillas de todo el mundo a modo de continuos golpes de émbolo. ¡Consumid!, y tocaban los artículos y los dejaban y vuelta a tocarlos y se los arrancaban mutuamente de las manos; ¡consumid!, y obligaban a las pálidas dependientas a desplegar sobre el tablero más y más ropa blanca; ¡consumid!, y los carretes de cordel encarnado giraban como peonzas, las hojas de papel floreado sacudían sus alas envolviendo las compras en paquetitos, y los paquetitos en paquetes y los paquetes en paquetones, atado cada uno con su lazada. Y sucesivamente paquetones paquetes paquetitos bolsas bolsitas se arremolinaban alrededor de la caja en un atasco insoluble, manos que hurgaban en los bolsillos buscando los monederos y dedos que hurgaban los monederos buscando la calderilla, y allá abajo, en un bosque de piernas desconocidas y faldones de gabanes, los críos, que ya no llevaban de la mano, se perdían y lloraban.
INVIERNO. Marcovaldo en el supermercado.

(Pàg.129)
La ciudad de los gatos y la ciudad de los hombres caben una dentro de otra, pero no son la misma ciudad. Pocos gatos recuerdan los tiempos en que no existía tal diferencia (...).
OTOÑO. El jardín de los gatos obstinados.

(Pàg. 130)
Pero en esta ciudad vertical, en esta ciudad comprimida donde todos los huecos tienden a llenarse y cada bloque de cemento a compenetrarse con otros bloques de cemento, se abre una especie de contraciudad, de ciudad en negativo, que consiste en tajadas vacías entre muro y muro, distancias mínimas prescritas por las ordenanzas municipales entre una construcción y otra, entre las traseras de dos edificios; es una ciudad de paredes medianeras, huecos de luz, canales de ventilación, entradas cocheras, patios interiores, pasos a los sótanos, como una red de canales secos en un planeta de yeso y alquitrán, y cabalmente por esa red a ras de las paredes maestras corre todavía el antiguo pueblo de los gatos.
OTOÑO. El jardín de los gatos obstinados.

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