dijous, 14 d’octubre de 2010

La hija de Robert Poste - Stella Gibbons


Gibbons, Stella. La hija de Robert Poste.
Madrid: Impedimenta, 2010





Cold Comfort Farm
Traducció de José C. Vales




>> Què en diu la contraportada...
Ganadora del Prix Femina-Vie Hereuse en 1933, y mítico long-seller, La hija de Robert Poste está considerada la novela cómica más perfecta de la literatura inglesa del XX. Brutalmente divertida, dotada de un ingenio irreverente, narra la historia de Flora Poste, una joven que, tras haber recibido una educación «cara, deportiva y larga», se queda huérfana y acaba siendo acogida por sus parientes, los rústicos y asilvestrados Starkadder, en la bucólica granja de Cold Comfort Farm, en plena Inglaterra profunda. Una vez allí, Flora tendrá ocasión de intimar con toda una galería de extraños y taciturnos personajes: Amos, llamado por Dios; Seth, dominado por el despertar de su prominente sexualidad; Meriam, la chica que se queda preñada cada año «cuando florece la parravirgen»; o la tía Ada Doom, la solitaria matriarca, ya entrada en años, que en una ocasión «vio algo sucio en la leñera». Flora, entonces, decide poner orden en la vida de Cold Comfort Farm, y allí empezará su desgracia


>> Com comença...
La educación que Flora Poste recibió de sus padres había sido cara, deportiva y larga; y cuando murieron, uno detrás del otro, en un período de pocas semanas debido a la epidemia anual de la Gripe o Peste Española –lo cual aconteció cuando Flora tenía veinte años-, la joven se reveló como poseedora de todas las artes y talentos necesarios para ganarse la vida.

>> Moments...
(Pàg. 28)
- (...) Sí, Mary –recalcó Flora con firmeza-, sólo tengo diecinueve años, pero ya he observado que mientras aún persiste el absurdo prejuicio contra el hecho de vivir de los amigos, no se establecen límites, ni por parte de la sociedad ni por parte de la conciencia personal, a la carga que una puede suponer a la hora de vivir con sus parientes.

(Pàg. 34)
Por que la señora Smiling, como toda la gente que en el pasado había sido desagradablemente pobre y que con el tiempo se había convertido en deliciosamente rica, aún no había aprendido a manejar su dinero, y siempre estaba manoseándolo mentalmente y deleitándose con fruición en la idea de la gran cantidad de recursos que poseía.

(Pàg. 64)
- (...) ¿Dónde está Elfine?
- No se ha levantado todavía. No la desperté. Por la mañana estorba más que ayuda –contestó Judith.
Amos gruñó.
- ¡Maldita sea esa manía suya de estar metida en la cama un día de diario...! ¡Que los sulfúricos abismos infernales de los coléricos fuegos eternos del Seño ardan esperando a quienes así se comportan! ¡Vaya que sí! – Sus ojos azules y llameantes giraron hasta detenerse en Seth, que estaba mirando a escondidas una cajita de postales parisinas bajo la mesa-. ¡Vaya que sí! ¡Y para aquellos que quebrantan el séptimo mandamiento, también! Y para aquellos... –su mirada se detuvo en Reuben, que había estado observando a su padre con la esperanza de que se contuviera en su pasión apocalíptica-. ¡Y también aguarda el infierno a aquellos que esperan a que uno se muera para robarle los zapatos!.

(Pàg. 107)
Sin embargo, la hija de Robert Poste tenía un vívido conocimiento de los embarazos y partos rurales gracias a la lectura de las obras de algunas novelistas, especialmente de aquéllas que nunca se habían casado. Las descripciones de lo que probablemente les había acontecido a sus hermanas casadas, y menos afortunadas, solían ocupar cuatro o cinco páginas de letra abigarrada, o bien ocho o nueve páginas en interlineado doble con siete palabras por renglón y abundantes puntos suspensivos.

(Pàg. 124)
(...) Entre todos los Starkadder, parecía como si a Reuben le hubieran correspondido los desperdicios emocionales de la vida. Después de todo, a cada uno de los miembros de la familia le había caído en suerte algún tipo de pasión. Amos tenía la religión, y Judith la pasión por Seth; la de Adam era la crianza de sus animales, y Elfine disfrutaba de la suya bailando y correteando por las colinas entre la niebla, ataviada con aquel abrigo verde tan raro, mientras que Seth, por su parte, se entregaba a sus enredos con las mujeres. Pero Reuben, simplemente, parecía que no tenía pasión por nada.

(Pàg. 154)
- (...) ¡Estáis todos condenados!
Una expresión de viva emoción y satisfacción cruzó los rostros de los hermanos estremecidos, y se produjo un reacomodo general de brazos y piernas, como si quisieran estar lo más cómodos posible mientras escuchaban aquellas malas noticias.
-¡Condenados! –repitió, y su voz se fue hundiendo hasta convertirse en un susurro aterrador y efectista-. Ah...¿Acaso os habéis detenido siquiera a pensar qué significa esa palabra cuando la usáis todos los días, tan a la ligera, en vuestras desgraciadas vidas? No. ¡Claro que no! Nunca os detenéis a pensar lo que significa nada, ¿verdad? Muy bien, pues yo os lo diré. ¡Significa tormentos horrorosos y eternos, con vuestros pobres cuerpos pecadores tendidos a la parrilla en los abismos más profundos del infierno, y significa que habrá demonios burlándose de vosotros mientras os tientan con refrescos helados, al tiempo que os atan más fuerte a vuestros espantosos lechos! ¡Ah, sí! ¡El aire apestará con el hedor a carne queda y se oirán los alaridos de vuestros parientes y amigos más amados...!
Tomó un sorbito de agua, lo cual, en opinión de Flora, tenía más que merecidos. Ella misma estaba empezando a imagina lo que podría hacer con un vaso de agua.
La voz de Amos adquirió entonces un tono engañosamente moderado y familiar. Su penetrante mirada planeó sobre toda la concurrencia.
- Ya lo sabéis, sí, lo sabéis; sabéis lo que se siente cuando os quemáis una mano al sacar una empanada del horno o cuando os quemáis con una cerilla cuandos estáis encendiendo uno de esos diabólicos cigarrillos...Sí, sí... Quema y se siente un punzante dolor, ¿a que sí? Y entonces corréis para poner un poco de mantequilla en la quemadura y mitigar el dolor. ¡Ah, pero...! –aquí, una impresionante pausa valorativa-, ¡en el infierno no habrá mantequilla! (...)

(Pàg. 208)
- (...) Rennet fue rechazada por Mark Dolour, hará diez años.
Nunca se casó. Como si dijéramos, se le fue la cabeza. Algunas veces, cuando la parravirgen viene un poco cargada, la pobre va y se tira a un pozo. Sí, y un par de veces van que ha intentado estrangular a Meriam, la criada a jornal. Es la Naturaleza, como si dijéramos, que le avinagra la sangre.

(Pàg. 245)
La mismísima belleza había irrumpido en la sala. Y con ella se acalló cualquier comentario, excepto algún que otro grito de entusiasmo que se oía de tanto en tanto. Una generación que había admirado a las mujeres picantes, a las mujeres andróginas, inquietantes, elegantes, y fascinantes, estaba enfrentándose ahora a una belleza sencilla, pura e innegable, como la de la joven Venus que a los griegos tanto les complacía esculpir; y la gente respondió inmediatamente al reto, y se rindió encantada y sorprendía a los pies de la nueva belleza.
Simplemente, del mismo modo que resulta imposible que ningún ser humano con ojos en la cara pueda negar la belleza de un almendro en flor, ningún ser humano con ojos en la cara podría negar la belleza de Elfine.

(Pàg. 291)
Observó cómo se alejaba el coche. Se dirigía a la Tierra de los Locos Fantásticos; se dirigía al Reino de Jauja, se dirigía nada menos que a Hollywood. Seth ya no tendría la posibilidad de llegar a ser un joven agradable y normal. Se convertiría en una formidable máscara, famosa en el mundo entero.

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