diumenge, 16 de maig de 2010

La jornada de un escrutador - Italo Calvino

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Calvino, Italo. La jornada de un escrutador
Madrid: Siruela, 1999








La giornata d’uno scrutatore
Traducció d’Angel Sánchez-Gijón
Biblioteca Calvino. 8.





>> Què en diu la contraportada...
«Puedo decir que escribir algo tan breve me llevó diez años, más de lo que había empleado en cualquier otro trabajo mío. La primera idea de este relato la tuve precisamente el 7 de julio de 1953. Estuve en el Cottolengo durante las elecciones unos diez minutos. No, no era escrutador; era candidato del Partido Comunista (candidato para completar la lista) y como candidato visitaba los colegios electorales donde los candidatos de la lista pedían la ayuda del partido para los problemas que pudieran surgir. De ese modo, presencié una discusión en una mesa electoral del Cottolengo entre democristianos y comunistas del tipo de la que constituye el centro de mi relato. Y fue entonces cuando se me ocurrió la idea del relato (...). Me puse a escribirlo pero no me salía (...). El resultado fue que quedé completamente incapaz de escribir durante muchos meses...” Italo Calvino


>> Com comença...
Amerigo Ormea salió de casa a las cinco y media de la mañana. El día se anunciaba lluvioso. Para llegar al colegio electoral del que era escrutador, Amerigo seguía un recorrido de calles estrechas y tortuosas, empredradas todavía con viejos adoquines, a lo largo de muros de casas pobres atestadas, sin duda, de gente, pero en las que, en aquella madrugada dominical, no se advertía el menor signo de vida. Amerigo, que no estaba familiarizado con el barrio, descifraba los nombres de las calles en los rótulos ennegrecidos –nombres, tal vez, de olvidados benefactores-, ladeando el paraguas y ofreciendo la cara a la lluvia.

>> Moments...
(Pàg. 16)
Amerigo había aprendido que los cambios en política se producen por caminos largos y complicados, y que o era cosa de esperárselos de un día para otro, por un giro de la fortuna. Para él, como para otros muchos, la experiencia había significado volverse un poco pesimista.

(Pàg. 24)
La democracia se presentaba a los ciudadanos bajo esta apariencia humilde, gris y desnuda. A ratos, a Amerigo esto le parecía sublime (...)

(Pàg. 27)
Entonces, ¿lo único que importa de todas las cosas es el momento en que empiezan, en el que todas las energías están en tensión y en el que no existe más que el futuro? ¿No llega un momento en que todo organismo se ve dominado por la rutina? (...) O bien... o bien, ¿lo que cuenta no son las instituciones que envejecen, sino las voluntades y las necesidades humanas que siguen renovándose y dando autenticidad a los instrumentos de qué se sirven?

(Pàg. 32)
Amerigo, velozmente, pensó en el Sermón de la Montaña, en las diversas interpretaciones de la expresión “pobres de espíritu”, en Esparta y en Hitler, que eliminaban a los idiotas y a los deformes; pensó en el concepto de igualdad, según la tradición cristiana y según los principios de 1789 y en las luchas de todo un siglo para imponer el sufragio universal; pensó en los argumentos reaccionarios que se oponían a él, y en la Iglesia, antes hostil y ahora favorable, y pensó en el nuevo mecanismo electoral de la “ley estafa” que habría dado mayor poder al voto de aquel idiota que al suyo.

(Pàg. 37)
(Grecia... pensaba Amerigo. Pero ¿colocar la belleza demasiado alta en la escala de valores no es ya el primer paso hacia una civilización inhumana, que condena a los deformes a ser despeñados desde una roca?)

(Pàg. 47)
Pensándolo bien, era extraño: en las fotografías de carnet, en el noventa por ciento de los casos, uno sale con los ojos demasiados abiertos, los rasgos forzados y una sonrisa más bien estúpida. Por lo menos, él siempre salía así en fotografía, y ahora, al controlar estos documentos de identidad, en cada foto en que hallaba un semblante tenso que pretendía adoptar una expresión natural reconocía su misma falta de libertad frente al ojo de cristal que te transforma en objeto, su relación distante consigo mismo, la impaciencia que prefigura la muerte en las fotos de los vivos.

(Pàg. 49)
No sabía lo que quería. Lo único que sabía era cuán distante estaba –él como todos- del vivir como hay que vivir lo que deseaba vivir.

(Pàg. 63)
Su biblioteca era pequeña. Con el paso de los años se había ido dando cuenta de que era mejor concentrarse en pocos libros. En su juventud leía de forma desordenada y nunca se hartaba. Ahora la madurez le hacía reflexionar y evitar lo superfluo.

>> Altres han dit...
Marlowedesorientado's, En Transversal, Wikipedia italiana

>> Enllaços:
Italo Calvino, la seva narrativa, narrativa juxtaposada, Cottolengo, context polític italià, Llei Estafa (1953), Comunisme a Italia, sinceritat i reflexió, vols ser escrutador?

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