dissabte, 18 d’abril de 2009

La mirada del observador - Marc Behm


Marc Behm. La mirada del observador.
Barcelona: RBA Libros, 2008




The eye of the beholder
Traducció: Beatriz Pottecher


>> Què en diu la contraportada...
Un detective fracasado recorre Estados Unidos tras la pista de una asesina, una mujer que liquida maridos tan pronto le llenan la cuenta bancaria y que podría ser su hija. Tal vez para expiar sus propias culpas, el hombre se dedica a borrar cualquier huella que pueda inculparla. La historia transcurre ágilmente a lo largo de tres décadas y narra en detalle más de cien asesinatos, que dan sustancia a una de las novelas policiales más perturbadoras que se hayan escrito jamás. Y sin duda una de las más originales, considerada por Le Monde en 1983 como la mejor novela del género publicada en Francia en una década.

>> Com comença...
La mesa del Ojo estaba situada en una esquina junto a la ventana. Su único cajón contenía sus útiles de coser, su maquinilla de afeitar, sus plumas y lápices, su 45, dos cargadores, una revista de crucigramas, su pasaporte, un tubo de pegamento, una botellita sin abrir de Old Smuggler, y una fotografía de su hija.
La ventana daba a un aparcamiento situado dos plantas más abajo. En la oficina había otras once mesas. Eran las nueve y media.

>> Moments...
(Pàg. 22)
Le hizo una foto a una niña con una pelota. ¡Cristo! ¿Cómo urdía Dios los destinos de todos estos críos? ¡Tú! ¡Tú allí...! Tú compondrás nueve sinfonías. Tú serás taxista y tú cartero y tú detective privado. Tú una mecanógrafa, tú secretario de Estado, tú marica, tú timador. Tú escribirás Coliorano y tú morirás en la silla eléctrica. En el sótano de la calle Fair Oaks había un mapa de la ciudad, tan grande como una pista de baile, recubierto de luces brillantes. Verde para las violaciones, rojo para los homicidios, azul para los atracos a mano armada, amarillo para los accidentes. A lo mejor también había un mapa en el Cielo, un inmenso tablero cuadriculado en el que se seguía la pista de cada uno.

(Pàg. 41)
¡Dios Todopoderoso! Era indeciblemente encantadora. Su belleza lo golpeó. Se quedó allí sentado, su caricia escorpina lo paralizaba con arrobo, su veneno le calentaba la sangre. ¿Quién demonios era aquella chica? Tenía los ojos verdes, grisazulados. Llevaba una cabra colgada de una cadena alrededor del cuello. A menudo posaba con las manos en las caderas. Comía peras. Fumaba Gitanes. Creía en las estrellas. Y había nacido el veinticuatro de diciembre.
Capricornio, el símbolo del invierno.
La noche anterior había matado a un hombre y le había robado dieciocho mil dólares. Esta noche iba a matar de nuevo por veinte mil.

(Pàg. 83)
- (...) ¿Y por qué estás leyendo Hamlet?
- Hay una frase que me fascina –se rió-. Es como escuchar una y otra vez tu canción favorita. Siempre te coge de sorpresa.
- ¿Qué frase?-preguntó
Ella volvió las páginas al segundo acto, la escena segunda y leyó:
“Porqué aunque el homicidio no tenga lengua, puede hablar por los medios más prodigiosos.”

(Pàg. 112)
-¿Se puede considerar el suicidio como una forma de locura, doctora? ¿Y las alulu-tartamudeó-, las alucinaciones y todo lo demás? –Como Grunder en el callejón, quiso añadir, disfrazado de Mefistófeles.
Ella volvió a llenar su vaso.
-La locura es mera infelicidad –contestó ella-. La mente es como cualquier órgano, se contamina con la polución. Y el suicidio no es más que otra variante de dosis de thiopental.

(Pàg. 189)
-(...) ¿Cuánto tiempo puedo descansar? El tiempo pasa muy rápido. Y es tan caro. Cuesta una fortuna comprar un día o un año de vida. Tenemos que pagar un alquiler para vivir en el mundo. Cada vez que el mundo se mueve, el propietario quiere su dinero. Y mi monedero siempre está vacío, me gasto todo mi tiempo y todo mi dinero, y no tengo nada que dar a cambio. Absolutamente nada. Todo lo que poseo es un sentimiento de pérdida. Lo he perdido todo.

(Pàg. 195)
-Voy a tomar un tren –le comentó.
-Yo también.
-¿Adónde va usted?
-A Baltimore.
-Yo también me dirijo en esa dirección. ¡Sea mi huésped!
Su nombre era Henry Innis. Era un marchante de antigüedades de Alejandría, de 31 años de edad, soltero, y en el momento de su muerte llevaba consigo aproximadamente veintinueve mil dólares en su maletín, la comisión libre de impuestos de una subasta de muebles que esa tarde había negociado en Filadelfia.
Matarlo no era ningún problema. A las 11:45 se dirigieron a la estación Penn, y tomaron un tren de cercanías para Washington. Casi no habían subido otros pasajeros. Se bebieron una botella de Bourbon, y murió envenenado por arsénico en algún lugar después de Wilmintong.

(Pàg. 210)
-¿Alguna vez te ocurrió algo agradable? –preguntó Joanna.
-Sólo tú –Becky sonrió melancólicamente-. Todo lo demás que me ha ocurrido es pura mierda. Pero la cuestión es que...-echó una ojeada a su alrededor frunciendo el entrecejo-. La cuestión es que aquí también hay agujeros en la pared. Alguien nos está observando.
-No, no los hay.
-Oh, claro que sí. Y también en Nueva Orleans. Y todo el viaje mientras conducíamos hacia aquí. Y hace tiempo, en Nashville, también. Alguien nos está observando.
-Yo solía pensarlo también todo el tiempo. Pero no es más que un efecto.
-¿Un qué? ¿qué es eso?
-Una fantasía –cerró el libro y encendió un Gitanes-. Nosotros creemos cosas, ¿lo entiendes? Del aire, del viento y de la gente que nos rodea, de las impresiones, las sensaciones y todo eso. Y de nosotros mismos también, de nuestros pensamientos, nuestros miedos y nuestros remordimientos. Y de nuestras oraciones. Y todas esas cosas adquieren forma y viven a nuestro alrededor, nos miran fijamente, e incluso a veces nos hablan.

(Pàg. 217)
-(...) Los Angeles: no, gracias. Nueva York es mi ciudad. ¡Ése sí que es un lugar de primera! ¡Cualquiera cosa, a cualquier hora, en cualquier lugar! “Nueva York y Los Angeles”, solía decir mi padre. “Dos apoya libros para el vacío”.

(Pàg. 218)
Viajó por Louisiana, Mississippi, Alabama, Georgia y Carolina del Norte, soltando un par de miles en cada parada en clubes de juego y mesas de póquer entre bastidores y, de vez en cuando, en hipódromos. ¿Cuánto dinero le quedaba? El Ojo no estaba seguro. ¿Cuánto le quedaba de cualquier cosa? ¿Cuánto ánimo y energía? ¿Cuánto aguante? Él observaba espantado mientras el abismo se abría ante ella.

(Pàg. 258)
-¿Padre, qué es lo que Dios ve cuando nos mira?
La pregunta no le pilló por sorpresa al cura. Era un hombre viejo y sabio que había servido en varias parroquias, y nada le sorprendía.
-Si lo supiera, amigo –contestó riéndose-, yo mismo sería Dios. Sea lo que sea lo que mire, es sólo para sus ojos.

>> Altres han dit...

Un cadáver en mi blog, Zeno's London, Jesús Lens (Blue&Noir)

>> Enllaços
Marc Behm, El Ojo, Horòscop, Mots encreuats, Novel·la negra americana, Hamlet, Joanna Eris (Nº643291), Retrato Robot, Anem al cine, com seguir persones, La Paloma, vouyerisme, Àngel de la guarda




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