Méndez - Francisco González Ledesma




"(...) Quizá era una mentira, pero la mentira siempre ha sido un arte. La política, la religión, el amor, la fidelidad, el mismo concepto de nuestra vida se basan en una mentira (...)."





González Ledesma, Francisco. Méndez.
Editorial Almuzara, 2006

Col·lecció Tapa Negra, 7



::: Què en diu la contraportada...
¿Acaso es necesario presentar a Méndez? El viejo inspector Ricardo Méndez, hijo de los barrios bajos de Barcelona, eterno principiante que cree más en la verdad de las calles que en la de los tribunales, y que deja escapar a más delincuentes de los que consigue detener. Fracasado, olvidado y tronado, devorador de libros, arrastrando entre coñac y coñac la nostalgia de su antiguo mundo, encandilado por el recuerdo de las mujeres que ya no puede amar. Desengañado, sarcástico, solitario y solidario, rebelde, compasivo y tan humano. Simplemente Méndez. ¿Acaso no se merecía un libro para sí solo?

Helo aquí caminando por las soledades y miserias de su ciudad, cazador de sueños perdidos y de heridas ocultas, al acecho de la tragicomedia escondida en las esquinas, con su mirada de vieja serpiente capaz de sondear las tardes muertas de una vida, los resortes íntimos de los delitos, la cara oculta de los poderosos y la historia enterrada en la casa de una madame.

Un recorrido por el mundo de Méndez en veintidós historias inéditas de Francisco González Ledesma. Veintidós destellos de humor y virtuosismo, melancolía e ironía, veintidós joyas negras esculpidas por el gran maestro de la novela policíaca española.

::: Com comença...
Cuando Méndez, el viejo policía de los barrios bajos, comprendió que podía detener a Melgares, la calle estaba llena de gente y al mismo tiempo llena de soledad.
La soledad.

::: Moments...
(Pàg. 14)
Prisionero de los barrios viejos, Méndez apenas salía de ellos, en parte porque eran su mundo antiguo y en parte porque temía de verdad que unos aires más sanos –los propios de las calles anchas- acabarían con su salud y le dejarían prostrado entre horribles dolores musculares. Uno no puede jugar con lo desconocido.
La casa.

(Pàg. 17)
Tomar en el Paralelo el Metro (menos mal, el Paralelo y el Metro tienen aromas conocidos, que embalsaman a la gente), bajar en Sagrada Familia, bucear en la plaza, abrirse paso entre los varios ejércitos de japoneses, respirar el aire fresco que llega de Levante, y encima en una tarde que amenaza lluvia: “Es demasiado, Méndez”. Pero le horrorizaba perder su memoria, es decir su identidad, es decir la necesidad de formar parte del tiempo que ya se había ido.
La casa.

(Pàg. 18)
De hecho, pensaba Méndez, no hay método científico que supere la indagación ante la barra de un bar, hecha de cigarrillos, cafés, coñacs baratos y paciencia.
La casa.

(Pàg. 25)
- (…) El otro día lo recordábamos.
- ¿Dónde?
- En la Casa.
Méndez tuvo que desviar la mirada. Era como si el tiempo estuviera allí, hecho luz antigua, cristal empañado, tirador de una puerta rota, mano de muerto todavía pegado a la mesa.
La casa.

(Pàg. 30)
Méndez, viejo policía de los barrios bajos, investigador de meublés sin clientes, pensiones sin nombre, restaurantes sin cocina, esposas sin marido y bares sin agua, miró el balcón en el que moría la luz (…).
La serpiente vieja.

(Pàg. 41)
(…) ahora vivía en un desmonte de Trinitat Nova, en una calle sin pasado, sin historia, sin un abuelo que hubiera luchado con la FAI y sin una vecina que hubiese engañado al marido con el conductor del autobús. La calle tenía un sitio en el plano municipal, pero, a diferencia de las que amaba Méndez, no tenía alma.
El orgullo.

(Pàg. 45)
- (…) No sé por qué pregunto a veces cosas idiotas, pero me obsesiona el pasado, quizá porque no tengo otra cosa.
El orgullo.

(Pàg. 55)
- (…) Por fuera, las casas están hechas de ladrillos –dijo Méndez, dejando de mirarle-, pero por dentro están hechas de sueños, de humo y de tiempo que ha de venir. Mucha gente no lo sabe.
El tiempo en las ventanas.

(Pàg. 74) 
- (…) Cada hombre que muere creyendo en algo construye algo, Marcos, aunque él no lo sepa. Si los jóvenes sin memoria de hoy pueden vivir, es porque alguien murió por ellos.
La rutina de la historia.

(Pàg. 87)
Todos los barceloneses saben que Méndez trabaja –o dice trabajar- en la Comisaría de un barrio miserable. Todos saben también que no tiene ningún plus –o sea vive del sueldo pelado-, por lo cual no puede permitirse más lujo que comprar libros y encima leerlos, lo cual acabará con su salud (…).
Una felicidad así de pequeñita.

(Pàg. 89)
La piel gastada albergaba en su fondo los gusanos del tiempo que aún habían que nacer.
Una felicidad así de pequeñita.

(Pàg. 96)
Las paredes siempre están cubiertas de libros y por lo tanto de almas acechantes de seres que han existido, rodeando el sueño de Méndez. Cuando los lee, sobre todo en bares y casas de comidas de urgencia, Méndez queda con la mirada perdida mientras los delincuentes se le escapan, pero piensa y a veces toma notas.
La estatua.

(Pàg. 105)
Quizá era una mentira, pero la mentira siempre ha sido un arte. La política, la religión, el amor, la fidelidad, el mismo concepto de nuestra vida se basan en una mentira inicial de la que hemos hecho una mentira persistente, solía pensar Méndez cuando deambulaba por las calles de la ciudad. ¿Qué importa si la muerte plácida se convierte en una mentira más?
El arte de mentir.

(Pàg. 127)
- (…) reconozco que hoy día, tal como se están poniendo las cosas, resulta casi más civilizado regalar una pistola que regalar un libro.
El regalito.

(Pàg. 140)
- (…) Oiga, Méndez.
- Oigo.
- Me han dicho que usted no cree en la Ley.
- Es verdad. No creo del todo.
- Pues por este camino no ascenderá.
- Gracais por el consejo: me encuentro bien como estoy. Pero lo pensaré, y puede que me ponga a ascender a partir de ahora.
- Me han dicho también que últimamente está usted sin trabajo, y por lo tanto se dedica a pensar.
- También es cierto.
- Pues cuando usted piensa, peligra toda la cultura occidental. Además, conviene a la Justicia que usted trabaje.
- Todo el mundo sabe que siempre estoy en situación de realizar un servicio, cuánto más sacrificado y brillante, mejor.
- Pues este puede serlo, porque tengo entendido que usted no cree en las leyes de los Tribunales, pero sí en las leyes de la calle (…).
Engañar a la mujer.

::: Què en penso...
Méndez, de Francisco González Ledesma, és un recull de relats breus que serveix tant d’entrada al seu personatges fetitxe, el policia Ricardo Méndez, com per reconèixer l’enamorament de Ledesma per una Barcelona explicada des del carrer, no des dels despatxos.

Ledesma, cronista de la ciutat dura i desigual, escriu des de la memòria de la postguerra i des d’una consciència de classe que impregna cada pàgina. La seva Barcelona és tossuda, gastada, plena de cantonades que no surten a les guies, i és en aquestes cantonades on ell troba la veritat.

Tot i la seva aparença dispersa, Méndez té una coherència interna que el fa llegir com un retrat fragmentat del personatge que li dona títol. Ledesma no busca trames complexes ni girs espectaculars: com en tants relats hardboileds busca instants morals, moments en què la ciutat, interpretada per Méndez, es revela tal com és. Cada relat és una esquerda per on s’escola la memòria urbana: els pisos humits, els bars de llum groga, els carrers on la pobresa i la dignitat conviuen sense fer soroll. És una Barcelona que no demana ser estimada, només recordada.

Aquesta estructura fragmentària té un doble efecte: d’una banda, retrata amb precisió la naturalesa de la ciutat; de l’altra, deixa veure també els límits del mètode Ledesma. Hi ha relats que semblen variacions d’un mateix esquema —una trobada, un desencant, una veritat amarga— i aquesta repetició, tot i coherent amb el to, pot fer que alguns contes perdin força individual.

Ledesma escriu amb una llengua directa, precisa, sense floritures. Però entre línies hi batega una poesia fosca, gairebé maleïda, que apareix quan el relat ho necessita. És un estil que sap ser dur sense ser cruel, i que de tant en tant deixa escapar una imatge lírica que queda enganxada al lector. L’humor hi és, però és un humor de supervivència, més proper a la ironia que no pas al somriure franc: un humor que serveix per respirar, no per riure.

Aquest estil, tan característic, és també una arma de doble tall. Quan funciona, és d’una precisió admirable; quan es repeteix, pot donar la sensació que Ledesma confia massa en fórmules que ja li han funcionat abans.

A favor de Ledesma, és que no fa discursos dispersos. La seva mirada és clara: la ciutat és desigual i la llei no la repara. Aquesta tensió és el motor moral del llibre i el que dona sentit a moltes de les decisions del protagonista.

Ricardo Méndez és el centre gravitatori del recull. Vell, melancòlic, solitari, amb un codi moral propi i sovint allunyat de la llei –que considera al servei dels que manen–, és un policia que camina amb la ciutat a l’esquena. No és un detectiu brillant ni heroic: és un supervivent. La seva mirada és la d’algú que ha vist massa i que, tot i això, encara és capaç d’una tendresa inesperada.

El seu masclisme —inevitable en un personatge d’aquesta generació i d’aquest entorn— és un element incòmode però necessari. Ledesma no l’excusa, però tampoc el converteix en un símbol. El mostra amb totes les seves ombres: paternalista i protector, dur i compassiu, ple de prejudicis però capaç de reconèixer la força de les dones que l’envolten. És un masclisme que forma part del personatge.

Méndez és un gran exponent de la novel·la negra social: una literatura autòctona, preocupada tant per la trama com pel context humà; una prosa esmolada amb ombres de poesia; una mirada política sense proclames; un personatge que transcendeix el gènere. Però també és un llibre que, en alguns moments, deixa veure la repetició d’esquemes i plantejaments que Ledesma ha treballat al llarg de tota la seva obra.

Tot i això, el recull manté intacta la seva força. No només explica històries: explica una ciutat i la seva gent. I ho fa amb una honestedat i una nostàlgia que encara avui atrauen i commouen. Potser perquè, en el fons, Méndez no investiga crims: investiga Barcelona.

::: Altres n'han dit...
La educación caótica.

::: Enllaços:
Paco González Ledesma, perfil del protagonista, la Barcelona de Méndez.

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