dissabte, 15 d’agost de 2015

El billete de 1.000.000 de libras - Mark Twain




"(...) Cada vez que yo cantaba mi juego, le agregaba una posdata; cada vez que ella cantaba su juego me acusaba recibo."



Twain, Mark. El billete de 1.000.000 de libras.
Palencia: Menoscuarto Ediciones, 2009

The £ 1.000.0000 bank-note. Traducció de Amando Lázaro
Col•lecció entretanto, 6
 

 Què en diu la contraportada...
Considerado por William Faulkner «el padre de la literatura americana», Mark Twain (1835-1910) cuenta con el creciente favor de los lectores un siglo después de su muerte. El billete de 1.000.000 de libras, uno de sus mejores relatos tardíos, es buena prueba de la vigencia de su obra. Twain despliega aquí su magistral amenidad para narrar una curiosa apuesta que encierra una alegoría sobre el valor del talento y su azarosa traducción en dinero, uno de los grandes temas del autor y de la sociedad contemporánea.

  Com comença...
Cuando yo tenía veintisiete años, estaba empleado de escribiente de un corredor de minas en San Francisco, y era un hombre experto en todos los pormenores del tráfico de valores. Me encontraba solo en el mundo y únicamente podía fiarme de mi ingenio y buena reputación; pero estas cualidades me llevaban por el camino de una fortuna segura, y yo me sentía satisfecho con esa perspectiva.

 Moments...
(Pàg. 24)
Aquellos hombres habían hecho esto quizá con buena intención, pero también podían haberlo hecho con mala; ése era un aspecto sobre el que no cabía discusión alguna; había pues, que dejarlo estar. Ellos estaban metidos en un juego, un plan o un experimento, fuese el que fuese; tampoco sobre eso se podía dictar sentencia; había que dejarlo estar. Alguien había apostado sobre mí; tampoco eso podía descubrirse; a otra cosa, pues. Con eso dejamos de lado todos  los factores indeterminables; el resto del problema es cosa tangible, sólida, y puede ser clasificada y etiquetada con seguridad.

(Pàg. 36)
(...) fui subiendo y subiendo, a medida que aumentaba mi celebridad, hasta que llegué a la mayor altura posible; y allí me quedé, tomando la delantera a todos los duques que no eran de sangre real y a todos los eclesiásticos, con excepción del primado de toda Inglaterra. Pero fíjense ustedes bien en que esto no era cobrar fama, sino simplemente notoriedad. Llegó entonces el golpe máximo –el espaldarazo, como si dijéramos-, el que en un solo instante transmuta la escoria perecedera de la notoriedad en el oro permanente de la fama: ¡El Punch publicó mi caricatura! Sí, desde ese momento quedé convertido en un personaje; me hallaba ya firme en mi sitio.

(Pàg. 40)
Téngase en cuenta que, a pesar de tanto gastar al fiado, me mantenía cuidadosamente dentro de mis posibilidades, es decir, dentro de mi salario. Como es normal, yo no podía saber cuál sería éste, pero tenía una base de cálculo bastante buena en el hecho de que, si yo ganaba la apuesta, tendría una colocación a mi gusto entre cuantas aquel rico caballero podía proporcionarme, con tal que yo fuese competente. Yo demostraría, desde luego, mi competencia; de eso no abrigaba la menor duda. En cuanto a la apuesta, no perdía tiempo en cábalas; siempre había tenido yo buena suerte.

(Pàg. 49) 
Los ingleses no juegan a nada por pura diversión. Cuando no pueden ganar o perder algo –y las dos cosas les dan lo mismo-, no juegan.

(Pàg. 50)
(...) Sí, le dije que la amaba, y ella..., pues bien: ella se sonrojó hasta volvérsele rojos los cabellos, pero mis palabras le gustaron; me lo dijo. ¡Qué velada aquella! Cada vez que yo cantaba mi juego, le agregaba una posdata; cada vez que ella cantaba su juego me acusaba recibo, sin dejar por eso de contar sus cartas.

(Pàg. 54) 
Hastings hablaba y yo no le oía una palabra. Cuando él y yo entramos en la sala, tuve que volver en mí ante los ferverosos elogios que hizo de las mil comodidades y lujos de que yo disponía.
- Permítame usted que permanezca unos momentos contemplándolo a gusto, hasta quedarme satisfecho. ¡Válgame Dios! ¡Si es un palacio, si es un palacio! Hay en él todo lo que uno podría desear, incluyendo un tibio fuego de carbón y la cena preparada. ¡Enrique, esto no sólo me hace ver lo rico que es usted: me hace comprender también hasta la médula todo lo pobre que soy yo; si, ¡qué pobre, qué desdichado, qué vencido, qué derrotado, qué deshecho estoy!

(Pàg. 61) 
Hablamos de salario; nunca hablábamos de otra cosa que de mi salario y de amor; unas veces de amor, otras de salario, y otras de amor y de salario.

 Altres n'han dit...
Col·lectiu de lectura Pep SempereLeyendo se entiende la gente, El Norte de Castilla.

 Enllaços:
Mark Twain, contextualitzant l'autor i la seva "nouvelle", però... existeixen aquests bitllets?.

 Llegeix-lo:
Anglès (html)

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