diumenge, 16 de febrer de 2014

Los papeles de Aspern - Henry James



"¿Inhumanas? Así llamaban los poetas a las mujeres hace cien años. No lo intente. ¡No podrá hacerlo tan bien como ellos! -respondió Juliana-. Ya no queda poesía en el mundo..."

James, Henry. Los papeles de Aspern. 
Barcelona: Alba, 2009

Thes Aspern Papers. Traducció de Catalina Martínez.
Col·lecció Alba Clásica, 107  i


è Què en diu la contraportada...
Un joven crítico y editor fascinado con la obra del difunto poeta Jeffrey Aspern se entera de que Juliana Bordereau, una de sus musas, vive aún, anciana y aislada, en un palazzo veneciano. Convencido de que conserva cartas y material inédito del poeta, se acerca a ella camuflado sus intenciones y consigue que lo acepte como inquilino. El joven se introduce entonces en un mundo agónico y fantasmagórico, volcado exclusivamente en el recuerdo, que la orgullos anciana habita con la única compañía de una sobrina suya, una mujer ya madura que no parece haber conocido otra cosa que la reclusión y el legado de un esplendor desaparecido: "Vivimos en un silencio aterrador -dice-. No sé cómo pasan los días. No tenemos vida."
La presencia del joven trae un poco de "vida" a su relegada existencia, aunque el descubrimiento de que las razones de éste no son desinteresadas ni inocentes dé un turbio e inesperado vuelco a la situación. La idolatría del pasado y la necesidad de protegerlo envuelven a los personajes en una trama maestra de ambigüedades y bajezas, en la que el romanticismo y el materialismo se funden en una relación misteriosamente dialéctica.

è Com comença... 
Me confié a la señora Pret; lo cierto es que sin ella mis avances habrían sido muy escasos, pues la idea más provechosa salió de sus labios cordiales. Fue ella quien descubrió la fórmula y desató el nudo gordiano. Se supone que a las mujeres no les resulta fácil alcanzar una perspectiva libre y general de las cosas, de ningún asunto práctico; pero a veces improvisan con singular serenidad una idea audaz, una idea que a ningún hombre se le ocurriría.

è Moments...
(Pàg. 20)
Palacios en ruinas, si uno los busca, se encuentran por cinco chelines al año. Y, en cuanto a las persona que viven en llos, hasta que no conozca tan bien como yo a la sociedad veneciana no podrá hacerse una idea de su desolación. Viven de la nada, pues no tienen nada de que vivir.

(Pàg. 21) 
La hipocresía y la duplicidad son mi única oportunidad. Lamento tener que hacerlo, pero no hay bajeza que no esté dispuesto a cometer por Jeffrey Aspern.

(Pàg. 32) 
Se habían aplicado estas damas en vivir de tal manera que el mundo no las rozase ni hablase de ellas, y al mismo tiempo nunca llegaron a aceptar la idea de que yo pudiera no saber nada de su existencia.

(Pàg. 40) 
- (...) No me interesa quién es usted... no quiero saberlo; eso significa muy poco en estos días.

(Pàg. 48) 
(...) todas sus amistades habían fallecido hacía mucho tiempo; o los demás deberían seguir con vida o ella tendría que haber muerto. Ésta era otra de las cosas que decía muy a menudo; no lograba resignarse en absoluto... resignarse a la vida.

(Pàg. 50) 
- (...) No hay nada de que hablar. Vivimos en un silencio aterrador. No sé cómo pasan los días. No tenemos vida.
- Me agradaría pensar que tal vez yo pueda aportarles algo.
- Ah, sabemos lo que queremos -dijo-. No tiene importancia.

(Pàg. 62) 
¿Qué pasiones la devastaron, qué aventuras y sufrimientos la hicieron palidecer, qué arsenal de recuerdos tuvo que dejar a un lado para encarar el monótono futuro?

(Pàg. 63)
Había algo romántico, incluso épico, en los viajes que emprendían los americanos en 1820, en contraste con el continuo ir y venir de los ferrys en los tiempos actuales, tiempos en los que se la fotografía y otros artilugios han aniquilado por completo la sorpresa.

(Pàg. 64)
Había pasado a fin de cuentas la mayor parte de su vida en su propio país, y su musa, como se decía en aquel entonces, era esencialmente americana. Fue esto lo que despertó inicialmente mi admiración: que en una época en la que nuestros país natal era pobre, tosco y provinciano, cuando aún no había perdido ese famoso "ambiente" del que hoy supuestamente carece, cuando la literatura era allí un hecho aislado, y el arte y la forma asuntos casi imposibles, él fue de los primeros en encontrar la manera de vivir y de escribir; de ser libre, de mostrar amplitud de miras y de no tener miedo a nada; de sentir, de comprender y de expresarlo todo.

(Pàg. 89) 
- (...) No olvide que tengo fundadas razones para pensar que son ustedes bastante inhumanas -dije.
- ¿Inhumanas? Así llamaban los poetas a las mujeres hace cien años. No lo intente. ¡No podrá hacerlo tan bien como ellos! -respondió Juliana-. Ya no queda poesía en el mundo... eso al menos lo sé bien.

(Pàg. 97)
Había olvidado el atractivo del mundo y comprendía que había pasado los mejores años de su vida cruelmente privada de todo. Esto no parecía enojarla, pero mientras contemplaba la deliciosa escena, había en su rostro, aunque mostraba una sonrisa complacida, un rubor de sorpresa herida. No decía nada, sumergida en la sensación de tantas oportunidades, perdidas para siempre, que estaban ahí al alcance de su mano.

(Pàg. 108) 
-¿(...)  Le parece bien hurgar en el pasado?
- Creo que no entiendo a qué se refiere con eso de hurgar. ¿No le parece que para conocerlo es necesario cavar un poco? El presente lo pisotea todo de la manera más burda.
- A mí me gusta el pasado, pero no me gustan los críticos -declaró, con esquinada complacencia.
- A mi tampoco, pero me gustan sus descubrimientos.
-¿No cree que en su mayoría son mentidas?
- A veces descubren mentiras -dije, sonriendo ante su impertinencia-. En general presentan la verdad tal cual es.
- La verdad es de Dios, no del hombre. Es mejor que la dejemos en paz. ¿Quién pude juzgar la verdad? ¿Quien lo sabe?
- Sé que vivimos en una terrible oscuridad -concedí-, pero ¿qé sería de todas las cosas hermosa, si dejamos de buscar? ¿Qué seria de la obra de los grandes filósofos y los grandes poetas? Todo se convierte en vanas palabras si no hay nada con que medirlas.

(Pàg. 160)
(...) mi penosa situación era el justo castigo por el peor de los desatinos humanos, el de no saber cuándo detenerse.

(Pàg. 162)
No sé por qué ese día me llamó la atención más que nunca ese peculiar aire de sociabilidad, de parentesco y de vida familiar que constituye la otra cara de Venecia. Sin calles ni vehículos, sin el estruendo de los carros y el brío de los caballos, con esos tortuosos pasajes en los que la gente por fuerza tienen que amontonarse, donde las voces resuenan como en los pasillos de una casa, donde las personas caminan como si esquivasen las esquinas de los muebles y los zapatos nunca se gastaran, la ciudad parece una inmensa vivienda colectiva, cuyo rincón más ornamental es la Piazza San Marco, mientras que iglesias y palacios hacen las veces de grandes divanes para el reposo, de mesas para el esparcimiento, de extensiones de la decoración. Y, en cierto sentido, el fabuloso domicilio común, familiar, doméstico y resonante, parece también un teatro en el que sus actores triunfan sobre los puentes y, en desordenadas procesiones, tropiezan a su paso por las fondamenta. Cuando se viaja en góndola, las aceras que en ciertos lugares bordean los canales cobran a la vista la importancia de un escenario, se muestran en el mismo ángulo, y los venecianos que van y vienen sobre el fondo del maltrecho decorado de sus casitas teatrales parecen los miembros de una interminable compañía teatral.

è Altres n'han dit...
Dorothy con taconesSolodelibros, La tormenta en un vaso.

è Enllaços:
Henry James, context, Aspern o els papers de Byron i els de Poe, el retrat de l'oblit.

è Llegeix-lo:
Anglès (html - símil The Atlantic Monthly - març 1.888)
Anglès (html - símil McMillan and Co - 1.888)
Anglès (html - símil Charles Scribner's Sons - 1908 - Conté prefaci de l'autor)
Anglès (multiformat)
Espanyol (pdf)
Espanyol (html)

è Escolta'l:
Anglès (straming - mp3)

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