diumenge, 23 de febrer de 2014

El asunto Lemoine - Marcel Proust


"Todos somos esbozos en los que el genio de una época preludia una obra maestra que, probablemente, no llegará a ejecutar jamás."



Proust, Marcel. El asunto Lemoine. 
Madrid: Funambulista, 2012

L'affaire Lemoine. Traducció d'Ascensión Cuesta
Col·lecció Literadura, 426    i


è Què en diu la contraportada...
El verdadero asunto Lemoine arranca en 1905: un ingeniero francés llamado Lemoine protagoniza una sonada estafa a sir Julius Werner (presidente de la compañía diamantera De Beers) por medio de unos experimentos que supuestamente permitían fabricar diamantes. El objetivo del timo era que, con el descubrimiento, las acciones de la compañía bajaran para así poder adquirirlas el estafador a bajo coste, si bien luego la cosa fue derivando en algo más rocambolesco. Proust tenía algunas acciones de la compañía, pero fue la notoriedad del escándalo, cuando saltó a los titulares de la prensa internacional en 1908, lo que le impulsó a escribir unas crónicas «a la manera de», en Le Figaro,sobre el asunto, parodiando a diferentes autores franceses clásicos.
Sin embargo, no es preciso conocer la obra ni el estilo de los literatos parodiados para apreciar el sentido del humor de estos pastiches trufados de anacronismos, lo que demuestra que Proust (uno de los escritores más importantes del siglo XX por su mítico En busca del tiempo perdido) podía ser también un escritor humorístico.

è Com comença... 
Uno de los últimos meses del año 1907, en una de aquellas veladas que organizaba la marquesa de Espard a las que se apresuraba a asistir la élite de la aristocracia parisina (la más elegante de Europa, en palabras del señor de Talleyrand, ese Roger Bacon de la naturaleza social que fue obispo y príncipe de Benevento), el señor de Marsay y Rastignac, el conde Félix de Vandenesse, los duques de Rhétoré y de Grandlieu, el conde Adam Laginski, la señora de Octave de Camps y lord Dudley formaban un corro alrededor de la Princesa de Cadignan, sin con ello provocar, no obstante, celos en la marquesa.

è Moments...
(Pàg. 22)
Aunque, ¿no es el genio, sno una especie de crimen contra la rutina del pasado que nuestro tiempo castiga com mayor severidad que al crimen propiamente dicho, pues mueren los sabios en el hospital, lugar más triste que el presidio?

(Pàg. 28) 
Julius Werner utilizó a Lemoine, uno de esos hombres extraordinarios a los que si les sonríe el destino se llaman Geoffroy Saint-Hilaire, Cuvier, Iván el Terrible, Pedro el Grande, Carlomagono, Berthollet, Spallanzani o Volta, pero que si no se da esa circunstancia, acaban como el mariscal de Ancre, Balthazar Claes, Pugachev, Torquato Tasso, la condesa de la Motte o Vautrin.

(Pàg. 35) 
La enormidad de su desamparo les quitaba a ésos la fuerza necesaria para maldecir al acusado; pero todos lo odiaban, pues consideraban que les había arrebatado el derroche, los honores, la celebridad, el genio, a veces las quimeras más indefinibles, lo más dulce y profundo que cada uno guardaba en secreto desde la infancia, en la necedad peculiar de su sueño.

(Pàg. 47) 
No me gustan mucho los diamantes. No les encuentro belleza alguna. La poca que añaden a la de un rostro refleja más la que éste ya posee que la suya propia. No tienen ni la transparencia de las esmeraldas ni el azul sin límite de los zafiros. Prefiero el brillo ocre de los topacios, pero, sobre todo, el sortilegio crepuscular de los ópalos.

(Pàg. 69) 
Si Lemoine realmente hubiese fabricado diamantes, sin duda habría así colmado de dicha, en cierta medida, a ese materialismo burdo con el que deberá contar cada vez más aquel que pretenda entrometerse en los asuntos de la humanidad; no habría dado a las almas apasionadas por un ideal ese elemento de exquisita espiritualidad gracias al cual, después de tanto tiempo, seguimos viviendo.

(Pàg. 80) 
Los hombres de una misma época ven, entre las diversas personalidades que se turnan solicitando la atención pública, unas diferencias que creen enormes y que la posteridad no advertirá. Todos somos esbozos en los que el genio de una época preludia una obra maestra que, probablemente, no llegará a ejecutar jamás.

(Pàg. 115) 
Así es como todo declina, se envilece, todo queda roído por el principio, en un Estado donde el hierro al rojo no es aplicado de entrada a las pretensiones para que éstas no puedan renacer.

è Altres n'han dit...
Pandora Magazine, El rincón de Adolfo, Caminando entre libros, Raintaxi.

è Enllaços:

è Llegeix-lo:
Francès (multiformat - facsimil Gallimard 1919)

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