dissabte, 4 de setembre de 2010

Morfina - Mijaíl Bulgákov

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Bulgákov,
Mijaíl. Morfina.
Anagrama: Barcelona, 2002

Morfi
Traducció de Selma Anciar.
Col·lecció Compactos, 276









>> Què en diu la contraportada...
En vida de Milaíl Bulgákov difícilmente alguien se habría atrevido a considerarlo un "clásico" de la literatura rusa, ya que, después de haber gozado de un brevísimo período de éxito durante la década de los veinte, Bulgákov fue víctima de constantes calumnias políticas por parte de las autoridades soviéticas. Los últimos diez años de su vida vivió condenado al silencio y al olvido; parecía que su nombre se hubiera borrado de la literatura. Hoy, Bulgákov se encuentra en un nivel parecido al de Turguéniev, Tolstói o Chéjov.


Los relatos reunidos en este volumen pertenecen al ciclo "
Notas de un médico joven". Todos están basados en experiencias reales del propio Bulgákov, que durante años ejerció como médico rural en la provincia de Smolensk. "Morfina", el relato con el que culmina este ciclo, también nació a partir de un hecho real: la adicción del autor a la morfina, con la que logró romper hacia 1919. A pesar de que los relatos se remontan a los años 1916-1917, en ninguno hay indicios del paso de la revolución por las aldeas y el campo. Mijaíl Bulgákov es aquí un médico joven que duda de sus conocimientos y de su habilidad, pero que demuestra estar lleno de energía para luchar en contra de la inercia y la incultura. Pero el lector no se encuentra frente a un hombre culto que se hunde en las rusas "tinieblas egipcias", sino ante un héroe que encaja perfectamente en el engranaje de la vida social rusa de aquella época. Bulgákov, el médico joven, el narrador y personaje principal de este libro, no relata, sino que describe los hechos con un extraordinario talento de narrador.


>> Com comença...
A quien no haya viajado a caballo por perdidos caminos vecinales, no tiene sentido que le cuente nada de esto: de todas formas no lo entendería. Y a quien ha viajado, prefiero no recordarle nada.
Seré breve: mi cochero y yo recorrimos las cuarenta verstas que separan la ciudad de Grachovka del hospital de Múrievo exactamente en un día. Incluso con una curiosa exactitud: a las dos de la tarde del 16 de septiembre de 1917 estábamos junto al último almacén que se encuentra en el límite de la magnífica ciudad de Grachovka; a las dos y cinco de la tarde del 17 de septiembre de ese mismo e inolvidable año de 1917, me encontraba de pie sobre la hierba aplastada, moribunda y reblandecida por las lluvias de septiembre, en el patio del hospital de Múrievo.

>> Moments...
(Pàg. 28)
(...) El rostro de la madre, que lloraba en silencio, estaba demudado. Cuando la mujer se quitó la pelliza y el pañuelo y abrió el envoltorio, vi a una niña de unos tres años. La observé y por un momento me olvidé de la cirugía, la soledad, el inútil bagaje universitario; me olvidé definitivamente de todo a causa de la belleza de la niña.

(Pàg. 52)
Durante casi una hora estuve bebiendo el té ya frío y hojeando el libro. Entonces ocurrió algo interesante: todos los pasajes que hasta ese momento me habían resultado oscuros se volvieron completamente claros, como si se hubieran llenado de luz, y allí, bajo la luz de la lámpara, por la noche, en aquel lugar apartado, comprendí lo que significa el verdadero conocimiento.
“Se puede adquirir una gran experiencia en la aldea –pensé mientras me quedaba dormido-, pero hay que leer, leer todo lo posible..., leer...”.

(Pàg. 56)
Detrás de las ventanas ocurría algo que yo no había visto en mi vida. No había cielo. Tampoco tierra. La blancura revoloteaba, como si el diablo se estuviera divirtiendo con polvo para los dientes.

(Pàg. 71)
Cuando me desvestí y me metí debajo de las mantas, un temblor se apoderó de mí durante más de medio minuto y luego desapareció; el calor se extendió por todo mi cuerpo.
- Agasájeme –balbuceé mientras me quedaba dormido-, pero no volveré a ir...
- Irás..., claro que irás...-silbó burlonamente la tormenta. Pasó con estruendo sobre el tejado, canto en el tubo de la chimenea, salió volando de allí, murmurando algo detrás de la ventana y luego desapareció.
- Irás... Irás... –marcaba el reloj, pero los sonidos eran cada vez más apagados, más apagados...
Nada más. El silencio. El sueño.

(Pàg. 95)

Había transcurrido un año. Mientras transcurría lentamente me había parecido multifacético, variado, complicado y terrible, pero ahora comprendo que ha pasado como un huracán. Me miro en el espejo y veo las huellas que ha dejado en mi rostro. Los ojos se han vuelto más severos e intranquilos, la boca más firme y viril, la arruga del entrecejo me quedará para toda la vida, como me quedan los recuerdos. Los veo en el espejo correr en un impetuoso torrente.

 (Pàg. 127)

Las personas inteligentes han observado desde hace tiempo que la felicidad es como la salud: cuando la tienes, no la percibes. Pero, cuando pasan los años, cómo recuerdas la felicidad, ¡oh, cómo la recuerdas!.
En lo que a mí se refiere, sólo ahora me doy cuenta de que en el invierno de 1917 fui feliz. ¡Un año inolvidable, impetuoso, acosado por las tormentas de nieve!

(Pàg. 128)
En una esquina había un policía de carne y hueso, en una vitrina empolvada se veían confusamente hojas de metal llenas de apretadas filas de pastelillos recubiertos de una crema rojiza, el heno cubría la plaza, las personas iban a pie o en trineos y conversaban, en un quiosco vendían periódicos moscovitas del día anterior con noticias sensacionales, cerca de allí silbaban los trenes que llegaban de Moscú. En una palabra, era la civilización, Babilonia, la Perspectiva Nevski.

(Pàg. 144)
(...) Así de sencillo es. Una cantante de ópera se juntó con un joven médico, vivió con él un año y luego se marchó.
¿Matarla? ¿Matar? Ah, cuán estúpido, cuán vacío es todo esto. ¡No hay esperanza!
No quiero pensar. No quiero...

 (Pàg. 147)
El primer minuto: una sensación de que algo roza el cuello. Ese roce se vuelve cálido y se extiende. En el segundo minuto una onda fría atraviesa repentinamente la cavidad estomacal e inmediatamente después comienza una extraordinaria lucidez en las ideas y se produce un estallido de la capacidad de trabajo. Todas las sensaciones desagradables desaparecen. Es el punto más alto de la expresión de la fuerza espiritual del hombre.

(Pàg. 155)
13 de abril.
Yo, el desdichado doctor Poliakov, que en febrero de este año enfermó de morfinismo, advierto a todos aquellos a quienes les toque mi misma suerte, que no trate de sustituir la morfina por cocaína. La cocaína es el veneno más terrible y pérfido. Ayer, Ana apenas logró reanimarme con alcanfor; hoy soy una especie de cadáver.

(Pàg. 159)
(...) estoy de nuevo en casa. La lluvia cae como una cortina y me oculta el mundo. Que lo oculte. No tengo necesidad de él, como nadie en el mundo tiene necesidad de mí.

 (Pàg. 169)

¡Ah, diablos! ¿Por qué, a fin de cuentas, siempre debo buscar una justificación para cada una de mis acciones? ¡Esto no es vida, es un martirio!

¿Expreso mis sentimientos con claridad?
Creo que sí.
¿La vida? ¡Qué ridiculez!

(Pàg. 172)
12 de febrero, por la noche.
De nuevo el llanto. ¿A qué viene tanta debilidad y tanta infamia por las noches?

(Pàg. 173)
Y bien, manos a la obra. No le debo nada a nadie. Me he destruido solamente a mi mismo. Y a Ana. ¿pero qué se puede hacer?
El tiempo lo curará, como cantaba Amneris. Con ella, naturalmente, todo es sencillo y fácil.
El cuaderno es para Bomgard. Es todo...

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