dilluns, 13 de setembre de 2010

El secuestro - Georges Perec



Perec, Georges. El secuestro.
Barcelona: Anagrama, 1997










La disparition
Traducció de Marisol Arbués, Mercè Burrel, Marc Parayre, Hermes Salceda i Regina Vega.
Col·lecció Panorama de Narrativas, 366



>> Què en diu la contraportada...
Al menos los viejos cuentos empezaban bien, pero éste ni siquiera eso. Desde el principio una misteriosa maldición se cierne de modo inexorable sobre los personajes y, conforme evoluciona el relato, su omnipresencia desconcierta al propio lector.
Cuando Tonio Vocel desaparece -¿víctima de un secuestro, retenido, huido, suprimido,...?-, la policía, incapaz de descifrar correctamente los numerosos indicios que se le presentan, no hace más que dar palos de ciego. Los amigos de Tonio toman cartas en el asunto, pero, también ellos, por poco que se acerquen a la verdad, serán presa del escurridizo asesino.
Con todo, el humor sigue reinando en el libro.
El lector tiene, asimismo, la oportunidad de probar su ingenio, ya que la solución, a la vez inasible y evidente, ocultada con esmero y sin embargo malévolamente simple, jamás desvelada pero siempre expuesta, está ante sus ojos. ¿Acaso sabrá verla? ¿Conseguirá dar con el autor de este caos? En realidad bastaría con que descubriese a...

>>Com comença...
Tres obispos, un religioso judío, un coronel del Opus y un trío de mediocres politicuchos, siguiendo los deseos de un trust inglés, difundieron por televisión, y luego en letreros, el inminente riesgo de morir por desnutrición. Primero se pensó en un mero rumor; elementos nocivos, según dijeron. Pero el pueblo se lo creyó.  Todos se proveyeron de un sólido fuste. “Queremos comer”, gritó persistentemente el pueblo, profiriendo vituperios sobre jefes, ricos y poderes públicos. Por doquier, se urdieron complots e intentos de subversión. Los polis tuvieron miedo de los turnos de noche.

>> Moments...
(Pàg. 18)
Se robó, se violó, se mutiló. Pero eso no fue lo peor: se envileció, se conspiró, se disimuló. Entonces, todo el mundo desconfió del prójimo e incluso le odió.....
..
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(Pàg. 27)
Se puso enfermo: ni un mojón, ni un timón, ni un destello, sino sólo veinte conjuntos de los que no pudo desprenderse, incluso presintiendo su solución, intuyendo en ciertos momentos el fin del enredo, creyéndolo muy próximo: “Lo conseguiré (lo supe, lo supe desde el principio, pues todo es muy sencillo, muy evidente, muy común...)”, pero todo se ensombreció, todo se disipó: solo quedó un murmullo furtivo, un tumulto sibilino, un lío confuso. Un sol negro. Un embrollo.

(Pàg. 28)
Por poco lo consigue, pero lo perdió todo, menos el tormento de un deseo no cumplido y el disgusto de un conocimiento escurridizo.

(Pàg. 54)
¿Se suició? ¿Se reventó los sesos de un tiro? ¿Se seccionó el pulso con un filo estilete, de bruces sobre el bidé? ¿Engulló un bebedizo mortífero? ¿Se despeñó con su coche por un precipicio sin fondo don de dio infinitos tumbos sin otro horizonte que el juicio de los justos? ¿Ingirió un producto tóxico? ¿Se hizo el sepuko? ¿Se quemó como un bonzo? ¿Se tiró de un puente y lo succionó un negro golpe de corriente?
Si escogió o no su fin, si murió, eso ningún hombre puede decirlo.

(Pàg. 123)
Dominicus C. Butler se despertó de un sueño no muy sereno. Un término estúpido se repitió en él sin que consiguiese comprenderlo del todo: voz, bocón, bocel, ¿o Vocel?, lo que, por conexión produce un revoltillo, un espeso engrudo: sujetos, locuciones, leitmotivs, dichos, todo un discurso confuso, borrón que se cree entender pero que persiste, imponiendo el molesto torbellino de un hilo veinte veces roto, veinte veces cosido, términos sin nexo donde no se pueden ver ni sus componentes fonéticos, ni su modo escrito, ni su sentido, pero que tejen un flujo, un flujo continuo, sólido, entero: repecursión fuerte, intuición, conocimiento que coge cuerpo en conmovedor estremecimiento, en nube que, de sopetón, contiene un indicio evidente pero que sólo se entrevé un segundo, oscureciéndose después.

(Pàg. 208)
- (...) ¿Emery muerto? Pero ¿por qué? –se preguntó el Sioux.
- ¡Por qué! ¡Por qué! ¡Siempre por qué! –gruñó Uliseos-. ¿Por qué con el término “Muerte” pretendemos siempre un Porqué? Murió, ¡eso es todo! Olvidémonos de ver su nombre en los listines.
 
(Pàg. 218)
I
t is the story told by the idiot, full of sound or fury, signifying nothing.

(Pàg. 262)
(...) el fin existe, pero no el recorrido; lo que conocemos como recorrido no son sino nuestros titubeos.

>> Altres n'han dit...
Regina Irae, Un whisky doble para el alma, Las Ruinas Circulares
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