dimarts, 3 de maig de 2016

Novela con cocaína - M. Aguéiev





"Lo que sucede es que en la vida somos cobardes y poco sinceros."





Aguéiev, M. Novela con cocaína.
Barcelona: Alba Editorial, 2001

Roman s cocainoi. Traducció de Víctor Gallego




 Què en diu la contraportada...
«Para un hombre enamorado todas las mujeres son mujeres, a excepción de aquella a la que ama, a la que considera una persona. Para una mujer enamorada todos los hombres son personas, a excepción de aquel al que ama, al que considera un hombre.» Reflexiones como ésta, en una novela por lo demás repleta de infrecuentes revelaciones sobre sexualidad y roles de género, y de elementos ciertamente inéditos como la adicción a la cocaína, debieron llamar la atención, a comienzos de la década de 1930, del grupo de emigrados rusos que editaban en París la revista Cifras y a cuya redacción llegó, con el seudónimo de M. Aguéiev, el manuscrito de Novela con cocaína. La paternidad de la novela, que llegó a ser atribuida a Nabókov y que no sería definitivamente esclarecida hasta 1994, fue desde entonces un enigma. Pero el revuelo estaba justificado por la extraordinaria originalidad de la obra, una narración en forma autobiográfica, ambientada en Moscú en vísperas de la Revolución, de un joven impelido por «el deseo de conferir a mi personalidad un carácter singular», desde sus últimos años en el Instituto hasta su reclusión en el solitario universo de «desdoblamientos» de la cocaína. Osada, profunda e incómoda, con una visión del mundo que supone «un insulto a nuestra noción más luminosa, tierna y pura», esto es, «el alma humana», ésta es una novela imprescindible del siglo XX, por primera vez presentada en traducción directa del ruso.

 Com comença...
Un día de principios  de octubre, yo, Vadim Másliennikov (tenía entonces diecisiete años), al dirigirme por la mañana temprano al instituto, olvidé el sobre con el dinero del primer semestre que mi madre había dejado en el comedor por la noche. Me acordé de él cuando había subido ya al tranvía y las acacias y las picas de la verja del bulevar, en continuo tropel, pasaban como una hilera ininterrumpida, y la carga que llevaba sobre los hombros me apretaba cada vez más la espalda contra una barra niquelada.

 Moments...
(Pàg. 27)
Había tanta indefensión en esa cabeza amarillenta y vieja, tanto dolor amargo y sin rencor, y tanta desesperación en esa repugnante vejez que nadie necesitaba (...)

(Pàg. 31) 
(...) nuestras miradas se encontraron y nuestros ojos sonrieron. En una noche moscovita tan ardiente como  aquélla, cuando caen  las primeras nieves, las mejillas se cubren de manchas de arándano y en el cielo los hilos del telégrafo se alzan como cables grisáceos; en  una noche como aquélla, ¿dónde encontrar las fuerzas y la severidad para alejarse en silencio, para no volverse a encontrar nunca?

(Pàg. 36)
Qué extraña resultaba mi vida. Siempre que experimentaba alguna felicidad, bastaba con pensar que ese sentimiento no duraría mucho para que en ese mismo instante desapareciera.

(Pàg. 41)
Que asombro causa contemplar cómo se aleja para siempre la espalda de una persona ofendida injustamente. Hay en ella una suerte de humanidad, de impotencia, de debilidad triste que reclama piedad, que os llama, que tira de vosotros. En la espalda de una persona que se aleja hay algo que recuerda las injusticias y las ofensas sobre  las que habrá que volver una y otra vez, que evoca la necesidad de despedirse de nuevo, y de hacerlo deprisa, inmediatamente, porque la persona se va para siempre, dejando tras ella un gran dolor, que seguirá atormentándonos durante mucho tiempo y que quizá en la vejez no nos permita dormir por las noches.

(Pàg. 54)
Sucede con mucha frecuencia que celebridades encumbradas, esos abonados al cinco del mundo de las bellas artes, reciben de sus críticos juicios entusiastas por obras tan mediocres e incoherentes que, si hubieran sido creadas por un artista sin nombre, en el mejor de los casos habrían recibido el tres (...).

(Pàg. 62)
(...) y llegábamos al íntimo convencimiento de que lo mismo que antes, en los tiempos de la tracción animal, también ahora, en la época de las locomotoras, al hombre estúpido la vida le resultaba más fácil que al inteligente y al astuto mejor que al honrado; que el avaro llevaba una vida más desahogada que el bueno; que el cruel era más apreciado que el débil; que el autoritario adquiría mayores riquezas que el pacífico; que el mentiroso se saciaba más que el justo; que el voluptuoso lograba mayores placeres que el continente. Que así había sido siempre y así seguiría siendo, mientras quedara en el mundo un solo ser humano.

(Pàg. 62)
Burkievits terminaba su exposición con un recuerdo de la enfermedad que había empezado a desarrollarse muchos siglos antes, había ido apoderándose poco a poco de la sociedad humana y, finalmente, en esa época de perfeccionamientos técnicos, había contaminado en todas partes al ser humano. Esa enfermedad era la trivialidad. Esa trivialidad que consiste en la capacidad del hombre para despreciar todo aquello que no comprende, y cuya magnitud aumenta a medida que crece la inutilidad y la insignificancia de los objetos, cosas y acontecimientos que despiertan la admiración de ese hombre.

(Pàg. 67) 
-(...) A nosotros los judíos –respondió Stein- no nos gusta derramar sangre humana. Preferimos chuparla. Qué se le va a hacer, hay que ser europeos.
En ese momento Burkievits, que se encontraba cerca, se dirigió de manera inesperada a Stein.
-Parece, señor Stein –dijo- que le asusta a usted el antisemitismo. No hay razón para ello. El antisemitismo no es en absoluto temible, sólo repugnante, lamentable, y estúpido: repugnante porque está dirigido contra la sangre y no contra la persona; lamentable porque es envidioso, cuando pretende mostrarse despectivo; estúpido porque fortalece aquel que pretende destruir. Los judíos sólo dejarán de ser judíos cuando eso constituya una deshonra de índole moral, no nacional Y ser judío se convertirá en una deshonra de índole moral cuando nuestros señores cristianos se hagan verdaderos cristianos, o dicho de otro modo, cuando se conviertan en personas que empeoren de forma consciente sus condiciones de vida para mejorar la vida de los demás, y a causa de ese empeoramiento experimenten satisfacción y alegría.

(Pàg. 80)
(...) Recapacite, lamentable funcionario de la Iglesia, embrutecido y alimentado a costa del pueblo; recapacite y no se justifique apelando a que sacerdotes de su misma religión arriesgan su vida en los campos del horror, dando la comunión a los moribundos y apaciguando  a los que se desangran. No se justifique con eso, ya que ellos saben perfectamente, lo mismo que usted, que su misión, su deber de cristianos no es apaciguar a los enfermos que se desangran, sino a los hombres sanos que marchan con la única misión de matar. No hagan como el médico que cura las llagas de la sífilis con una simple crema y no traten de justificarse alegando que apoyan esta horrorosa situación por lealtad al monarca o al gobierno, por amor a la patria o al llamado ejército ruso. No se justifiquen, ya que saben que su monarca es Cristo; su patria, la conciencia; su gobierno, el Evangelio; y su ejército, el amor. De modo que recapaciten y actúen. Actúen, ya que cada instante es precioso; a cada minuto, a cada segundo hay gente que dispara, mata y cae.  Recapaciten y actúen, ya que esas gentes, madres, padres, hijos, hermanos, todos esperan de ustedes, precisamente de ustedes, servidores de Cristo, que sacrifiquen intrépidamente sus vidas, intervengan en esta ignominia y, levantándose en medio de los dementes, griten con fuerza, con fuerza porque son muchos, tantos que pueden gritarle al mundo entero: “¡Hombres, deteneos! ¡Hombres, dejad de matar!” Ésa, ésa, ésa es su tarea.

(Pàg. 125)
- (...) Puedes –me dijeron sus ojos, que se cerraron con fatiga.
Me incliné y rocé sus labios. Quizá era precisamente así, con esa pureza inhumana, con ese preciso dolor, con esa gozosa disposición a darlo todo, el corazón, el alma y la vida, como rozaban antaño los iconos los mártires resecos, terribles y asexuados.
- Querido –dijo Sonia con voz lastimera, apartando sus labios y volviendo a aproximarlos-. Pequeño , cariño mío, dime que me amas.
Buscaba con ahínco las palabras necesarias, esas palabras milagrosas y mágicas del amor que estaba obligado a pronunciar en ese mismo instante. Pero no las hallé. Era como si mi experiencia amorosa me hubiese convencido de que sólo se pueden decir cosas bonitas sobre el amor cuando éste es ya sólo recuerdo, de que sólo se puede hablar de manera convincente sobre el amor cuando éste ha conmovido la sensualidad; pero cuando el corazón ha sido fulminado, al hombre no le queda sino callar.

(Pàg. 204)
(...) Puede incluso entenderse que una nación se enorgulleza de Beethoven, Voltaire, o Tolstói (aunque nada tiene que ver la nación en esto), pero que una nación se enorgullezca de que los muslos de Iván Tsibulkin sean  más fuertes que los de Hans Muller, ¿no les parece, señores, que un orgullo semejante habla no tanto de la fuerza y salud de Tsibulkin como de la debilidad y la enfermedad de la nación?

(Pàg. 221)
Es evidente que todo lo que se expone más arriba sobre la cocaína no debe entenderse como una opinión general, sino como el razonamiento de un hombre que lleva poco tiempo drogándose. Ese hombre piensa que la cualidad fundamental de la cocaína consistes en su capacidad para crear una sensación de felicidad; así, el ratón que ha evitado la trampa está convencido de que la cualidad fundamental de la ratonera es el trozo de tocino que él quiere comer.

(Pàg. 236)
Lo que sucede es que en la vida somos cobardes y poco sinceros; en la vida nos
preocupa ante todo nuestro bienestar personal, por eso halagamos y ayudamos –y a veces personificamos nosotros mismos- a esos canallas y miserables cuyos actos despiertan en nosotros una indignación tan terrible en el teatro. En cambio en el teatro, ese interés personal, esa ruin aspiración a los bienes terrenales desaparecen de nuestras almas; en el teatro nada personal viola la nobleza y honradez de nuestros sentimientos; en el teatro nos volvemos mejores y más puros; por eso, mientras contemplamos una obra, nuestros sentimientos más prístinos de justicia, nobleza y humanidad dominan por entero nuestras aspiraciones y nuestras simpatías. Llegados a este punto, surge un pensamiento terrible: la idea de que, si no nos volvemos completamente salvajes, si no matamos a los otros en nombre de la justicia pisoteada, es sólo porque somos cobardes, corruptos, ávidos y en general malvados, pues si en la vida, como en el teatro, exaltados por el estremecimiento en nuestras almas de los sentimientos de justicia y amor por los humillados y los débiles, hubiéramos  cultivado nuestros sentimientos más humanos, , si en la vida nos hubiéramos hecho mejores, habríamos realizado, o habríamos sentido el deseo de realizar (que es exactamente lo mismo, en tanto estamos hablando de movimientos del alma), tales crímenes colectivos, matanzas, torturas y asesinatos vengadores como ningún empedernido criminal ha realizado nunca por afán de lucro y riqueza.

 Altres n'han dit...
Enfermedad social, El laberinto del verdugo, Cronópios y Famas, Libros envenenados, Vallejo & Co., La Cause Littéraire, Moi, Juliette F., Culture Vulture, Arukiyomi.

 Enllaços:
M.Aguéiev, un enigma, context, rastrejant, el punt de vista filosòfic, ecos

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Rus (html)

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