dimarts, 2 de febrer de 2016

La mujer justa - Sándor Márai



" -(...) ¿te has fijado que el amor, como la muerte, tiene un tiempo que no se puede medir con el reloj ni con el calendario?".



Márai, Sándor. La mujer justa. 
Barcelona: Salamandra, 2005

Az Igazi y Judith. Traducció d’Agnes Csomos
Col·lecció Narrativa



 Què en diu la contraportada...
Tres voces, tres puntos de vista, tres sensibilidades diferentes para desentrañar una historia de pasión, mentiras, traición y crueldad concebida por Sándor Márai en los años cuarenta, los años de El último encuentro y Divorcio en Buda, la época más fértil y lúcida de la obra del gran escritor húngaro. Compuesta de tres monólogos, correspondientes a los tres personajes que conforman la novela, esta edición de La mujer justa reúne por primera vez en castellano las dos primeras partes, publicadas en 1941 en Hungría, y la tercera, escrita durante el exilio italiano de Márai y añadida a la versión alemana de 1949.
Una tarde, en una elegante cafetería de Budapest, una mujer relata a su amiga cómo un día, a raíz de un banal incidente, descubrió que su marido estaba entregado en cuerpo y alma a un amor secreto que lo consumía, y luego su vano intento por reconquistarlo. En la misma ciudad, una noche, el hombre que fue su marido confiesa a un amigo cómo dejó a su esposa por la mujer que deseaba desde años atrás, para después de casarse con ella perderla para siempre. Al alba, en una pequeña pensión romana, una mujer cuenta a su amante cómo ella, de origen humilde, se había casado con un hombre rico, pero el matrimonio había sucumbido al resentimiento y la venganza. Cual marionetas sin derecho a ejercer su voluntad, Marika, Péter y Judit narran su fallida relación con el crudo realismo de quien considera la felicidad un estado elusivo e inalcanzable.
Márai inició su carrera literaria como poeta y ese aliento pervive en La mujer justa. En esta novela están sus páginas más íntimas y desgarradas, las más sabias. Su descripción del amor, la amistad, el sexo, los celos, la soledad, el deseo y la muerte apuntan directamente al centro del alma humana.


 Com comença...
Fíjate en ese hombre. Espera, no mires ahora, gírate hacia mí, sigamos charlando. Si mirase hacia aquí podría verme y no quiero que me salude... Ahora sí, ya puedes mirar. ¿Ese bajito y rollizo del abrigo con cuello de garduña? No, que dices. Es el alto y pálido, el del abrigo negro que está hablando con la dependienta rubia y delgada. Le están envolviendo naranja escarchada. Qué curioso, a mí nunca me compró naranja escarchada.

 Moments...
(Pàg. 13)
A mí me enseñaron que en la vida hay que salir adelante con lo que hay. A é lle enseñaron que ante todo hay que vivir como se debe, con refinamiento, siguiendo las reglas y las buenas costumbres.

(Pàg. 34)
Dios no perdona esas cosas. No se puede amar con segundas intenciones. No se puede amar con tanto crispamiento y delirio.

(Pàg. 42)
- (...) No creo en el llanto. El dolor no tiene lágrimas ni palabras.

(Pàg. 43)
Me consumían las llamas heladas y salvajes de una extraña apatía y un desprecio feroz. No es cierto que el sufrimiento nos purifique y nos haga mejores, más sabios y comprensivos. Nos vuelve demasiado lúcidos, fríos e indiferentes. Cuando, por primera vez en la vida, comprendes de verdad lo que es el destino, adquieres una especie de serenidad, te sientes aliviado y terriblemente solo en el mundo.

(Pàg. 59)
- Sufro mucho, reverendo padre –dije temiendo que se me saltaran las lágrimas.
- Pues entonces sufra –contestó con voz apagada, casi con indiferencia. Y un poco después añadió-: ¿Por qué teme el sufrimiento? Es una llama que quemará su egoísmo y su orgullo. ¿Quién es feliz? ¿Y con qué derecho quiere usted ser feliz? ¿Está usted segura de que su amor y su deseo son tan desinteresados y de verdad merece la felicidad? Si fuese así no estaría aquí arrodillada sino viviendo dentro de los límites que la vida le ha asignado, cumpliendo con su deber, esperando las órdenes de la vida.

(Pàg. 64)
Ahora pensarás  que soy una histérica. No, querida, soy una mujer y, por ende, soy a la vez una piel roja y una detective profesional, una santa y una espía cuando se trata del hombre al que amo. No me avergüenzo de ello. Dios me hizo así. Ésta es mi misión en la vida.

(Pàg. 69)
¿Qué es el éxito? Voluntad, parece ser, una voluntad demencial que abrasa todo y a todos los que se le acercan.

(Pàg. 96)
Hay momentos en la vida en que comprendemos que lo absurdo, lo imposible y lo inconcebible son en realidad tan ordinarios como sencillos. De pronto vemos con claridad todo el entramado de la vida: desaparecen entre bastidores personas que creíamos importantes y del fondo en sombras emergen otras de las que no sabíamos nada, pero en cuanto aparecen sabemos que estábamos esperándolas (...).

(Pàg. 130)
Un día desperté, me incorporé en la cama y sonreí. Ya no sentía dolor. Y de golpe comprendí que la persona justa no existe. Ni en el cielo ni en la tierra, ni en ningún otro lugar. Simplemente hay personas, y en cada una hay una pizca de la persona justa, pero ninguna tiene todo lo que esperamos y deseamos. Ninguna reúne todos los requisitos, no existe esa figura única, particular, maravillosa e insustituible que nos hará felices. Sólo hay personas.

(Pàg. 140)
(...) nosotros no vivimos en una auténtica cultura, lo nuestro es una civilización de masas, anodina, mecanizada y enigmática. Todos se llevan su parte, pero a ninguno le proporciona verdadera felicidad.

(Pàg. 146)
Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas. Un valor que es casi heroísmo. La mayoría de la gente no puede dar ni recibir amor porque es cobarde y orgullosa, porque tiene miedo al fracaso. Le da vergüenza entregarse a otra persona y más aún rendirse a ella porque teme que descubra su secreto... el triste secreto de cada ser humano: que necesita mucha ternura, que no puede vivir sin amor.

(Pàg. 175)
Los acontecimientos decisivos en la vida maduran en el tiempo, es decir, muy poco a poco. No tienen una auténtica trama. Uno vive... y ése es todo el enredo que hay en los hechos más importantes de su vida.

(Pàg. 177)
Empiezo a pensar que la belleza es también una cuestión de voluntad; por supuesto, no me refiero a la voluntad de recurrir a tratamientos cosméticos, no tengo en mucha estima la belleza producida por medios artificiales, pues me recuerda las técnicas de embalsamamiento. No, detrás de la belleza, que al fin y al cabo está compuesta de un material frágil y perecedero, se agita siempre la llama de una fuerte voluntad. Sólo gracias a sus glándulas y su corazón, a su razón, sus instintos y su carácter, en resumen, a su energía moral y física, consigue una persona mantener la armonía, el equilibrio de una afortunada y maravillosa fórmula química cuyo efecto último es la belleza.

(Pàg. 184)
Y nos quedamos solos porque somos engreídos y no tenemos el valor de aceptar el regalo un poco intimidatorio del amor. Porque consideramos que nuestro papel en la sociedad es mas importante que la experiencia del amor. Porque somos orgullosos. Todo burgués es orgulloso si es un verdadero burgués. Y no me refiero a los burgueses de tres al cuarto que sólo llevan ese título en virtud de su dinero o porque han ascendido de cualquier modo en la escala social. Ésos  son unos paletos. Hablo de los verdaderos burgueses, ya sean creadores o conservadores. Es en ellos donde un día empieza a cristalizar la soledad. Y entonces empiezan a tener frío, se vuelven hieráticos y majestuosos, como los nobles objetos de arte, los jarrones chinos o las mesas renacentistas. Se vuelven solmenes, empiezan a coleccionar títulos estúpidos y condecoraciones inútiles, hacen todo lo que está en sus manos para conseguir que los llamen Ilustrísimo o Su Excelencia, o pierden su tiempo en procedimientos tortuosos para que los nombren vicepresidentes o incluso presidentes de algo, aunque sea presidentes honoríficos... Es la soledad, que actúa de ese modo. Las personas felices no tienen títulos, no hacen distinciones de rango, no reconocen ni pretenden ningún papel inútil en el seno de la sociedad.

(Pàg. 206) 
(...) ¿te has fijado que el amor, como la muerte, tiene un tiempo que no se puede medir con el reloj ni con el calendario?.

(Pàg. 214)
(...) sólo obtienes algo de los libros si eres capaz de poner algo tuyo en lo que estás leyendo. Quiero  decir que sólo si te aproximas al libro con el ánimo dispuesto a herir y ser herido en el duelo de la lectura, a polemizar, a convencer y ser convencido, y luego, una vez enriquecido con lo que has aprendido, a emplearlo en construir algo en la vida o en el trabajo.

(Pàg. 226)
¿Qué he recibido? ¿Qué he dado? ¿Qué debo?... Son cuestiones espinosas. Yo tardé años en llegar a comprender que entre tantas obligaciones existe un derecho, un derecho que no han establecido los hombres sino el Creador. Tengo derecho a morir solo, ¿entiendes?
Es el derecho más importante. Todo lo demás son puras deudas. Estás en deuda con la familia y con la sociedad, que te ha dado muchas cosas buenas, estás en deuda con un sentimiento, con tus recuerdos. Pero llega un momento en que invade tu alma el deseo de soledad, cuando ya sólo quieres prepararte en silencio y con dignidad para la última gran tarea del ser humano: la muerte.

(Pàg. 309)
Se ve que la tierra natal no es sólo una región, una ciudad, una casa o determinadas personas sino sobre todo un sentimiento.

(Pàg. 347)
(...) no creía en el amor ni en el cariño, sólo creía en la pasión y en la piedad, pero decía que tampoco ayudan porque sólo duran un momento... tanto la piedad como la pasión.

(Pàg. 363)
No es verdad que los seres humanos sean todos unos monstruos egoístas. Hay algunos que están dispuestos a ayudar a sus semejantes. Pero lo que los impulsa a echar una mano al prójimo no es la bondad, menos aún la compasión. Creo que el calvo tenía razón cuando un día me dijo que a veces las personas son buenas porque tienen inhibiciones que les impiden actuar con maldad. Eso es lo máximo que una persona puede dar de sí... Y luego están los que son buenos porque son demasiado cobardes para ser malos.

(Pàg. 380)
(...) pero se habrá extinguido el grupo de los seres humanos que tenían conciencia de una cultura. La gente sólo tendrá conocimientos y no es lo mismo. Sepa que la cultura es experiencia –dijo en tono didáctico, apuntando con un dedo hacia el techo, igual que un cura durante el sermón-. Una experiencia constante, como la luz del sol. Los conocimientos son una carga –añadió, encogiéndose de hombros (...).

(Pàg. 399)
-Se avecina un mundo en el que todo el que sea bello será sospechoso. Y todo el que tenga talento. Y el que tenga carácter -afirmó con voz ronca-. ¿No lo comprende? La belleza será un insulto y el talento, una provocación. ¡Y el carácter, un atentado! Porque ahora llegan ellos, saldrán de todas partes cientos de millones de ellos. Y estaran por todas partes. Los deformes. Los faltos de talento. Los débiles de carácter. Y arrojarán vitriolo a la belleza, untarán con brea y calumnia el talento, apuñalarán el carácter en el corazón. Ya están aquí... y serán cada vez más. ¡Tenga cuidado!.

(Pàg. 400)
En la eterna y aburrida guerra de los sexos –en la que a pesar de todo nunca nos cansamos de luchar-, llega un momento en que el hombre es el más fuerte porque ya no lo atormenta el deseo como antes, no lo empuja a dar pasos en falso. Ya no es el cuerpo el que manda, es él quien manda en su cuerpo. Y las mujeres se dan cuenta, lo huelen en el aire como los animales salvajes huelen al cazador. Nosotras sólo somos dominantes mientras podemos hacer sufrir a los hombres. Mientas podemos enredarlos con nuestro poder y volverlos locos con nuestro continuo y astuto toma y daca, sacándolos primero y luego poniéndolos a dieta... y mientras vosotros gritáis, escribís cartas o nos amenazáis, nosotras nos sentimos tranquilas y satisfechas, porque aún tenemos poder sobre vosotros. Pero cuando un hombre empieza a envejecer se convierte en el más fuerte. Sí, es verdad, no dura mucho... porque una cosa es un hombre de mediana edad y otra un viejo decrépito y chocho.

 Altres n'han dit...
Valentí Torra, El cau de l'oroneta, Los ojos de CaínMis lecturas y más cositas, Perdida entre libros, Literatura +1, LibrópatasAl calor de los libros, Entre mis libros y yoA tientasFilias' homeEscuchando con los ojos, La página 17, Non solo Proust.

 Enllaços:
Sandor Marai, estil i forma, vinga va!, anem al gra!darrera de les confessions, el paisatge, notes de traducció, on love and class, condició econòmica obliga, ganes d'escoltarreflexions de primera mà, la regla de la primera pàgina, la batalla de Budapest.

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