diumenge, 12 de juny de 2011

Flora Poste y los artistas - Stella Gibbons


Gibbons, Stella. Flora Poste y los artistas.
Madrid: Impedimenta, 2011







Conference at Cold Comfort Farm
Traducció de José C. Vales



>> Què en diu la contraportada...
Dieciséis años después de haber puesto el pie por última vez en el pintoresco pueblo de Howling, Flora Poste, la díscola y encantadora protagonista de La hija de Robert Poste, vuelve a la carga para socorrer a los atribulados Starkadder, propietarios de la granja de Cold Comfort Farm. La finca ha sido rehabilitada como un museo decorado en falso estilo rústico inglés, y se convierte en el lugar de celebración de una conferencia del Grupo de Expertos Internacionales, entre los que se cuentan inefables pintores, escultores insufribles, excéntricos sabios orientales, y toda una plétora de intelectuales fastidiosos cuya máxima obsesión es dejar pasmados a los lugareños.

Tras el formidable éxito de La hija de Robert Poste, Stella Gibbons nos deleita con una sátira sobre el estirado establishment artístico inglés. Humor inteligente con un delicioso aroma rústico, que nada tiene que envidiarle a su antecesora en cuanto a descaro y afán de sátira.


>> Com comença...
Una soleada mañana, en plena Segunda Edad Oscura, Flora y Charles Fairford se encontraban sentados desayunando con su familia en la rectoría, con vistas a Regent’s Park, en Londres, donde habían vivido desde que Charles obtuviera su plaza, unos tres años atrás. Flora, como probablemente se recordará, era la famosa Flora Poste, alabada en su momento por la rectitud de su nariz y la eficacia de sus trabajos de orden y aseo en la granja de Cold Comfort , en Sussex. La nariz seguía conservando su elegancia clásica; respecto a otros trabajos, ese era un asunto en el que Flora rara vez pensaba ya, puesto que tenía cinco hijos y no disponúa ya de tiempo para nada. El correo acababa de llegar y la familia se afanaba en la lectura de cartas.

>> Moments...
(Pàg. 68)
- (...) ¿Dónde quedó nuestro orgullo de hombres, el que tú nos mostraste que debíamos mantener en tanto la pobre tierra pudiera darnos medio acre de pan y un plato de sopa de codillo para cenar? ¿No habrán caído maldiciones como grajos sobre esta casa para pudrir las ubres y los graneros? Pues vaya que sí que habrán caído, y bien empleado que nos está, pensarás, y tendrás razón. ¿Y qué dices de cómo está Cold Comfort ahora, hija de Robert Poste, o Flora Fairford, como dices que te llamas ahora? ¿O es que acaso esperabas encontrártela así? ¿No te parece que lo han hecho todo un vilipendio y que más bien parece una cataplasma en los bonitos praderíos de Mockuncle Hill? ¡Andam dilo, dilo con toda franquicia!

(Pàg. 93)
- (...) Los consumidores no pueden vivir sin nutrición, sin empleo o sin domicilio, ¡pero pueden funcionar eternamente sin amor! Y otro tanto se puede decir del arte, de la belleza, de la naturaleza (excepto cuando la naturaleza, obviamente, resulte de alguna utilidad para los consumidores), de la religión, y de todo ese tipo de zarandajas por el estilo. Ese tipo de cosas son muy bonitas, sin duda. Muy agradables, sin duda. ¡Muy útiles, en algunos casos, sin duda! Podrían utilizar-se en campañas de publicidad... pero, damas y caballeros, ¡ NO SON FUNDAMENTALES!

(Pàg. 105)
- Mamá lee poemas –dijo Peregrine con atrevimiento.
- Unos poemas terribles, además –dijo Torquil.
- Todos los poemas son terribles... –murmuró Hereward, que también se había dado a las efusiones líricas y que por eso era el favorito de su madre.

(Pàg. 108)
(...) El lugar se convirtió en el emplazamiento en el que los intelectuales se cansaron de sus propios libertinajes y de sus banquetes de inteligencia y de sus elevaciones de espíritu, y comenzaron a sacar con aire contrito el té y los arenques fritos que les habían preparado gentes que no eran intelectuales.

(Pàg. 134)
Muy pronto a Flora se le hizo evidente que algo no marchaba bien en el carromato. Al parecer, sus ocupantes se habían enzarzado en algún tipo de trifulca. Los brazos manoteaban en el aire, en la distancia vislumbró algún que otro rostro amoratado, y a los oídos de Flora llegaban fragmentos de frases sueltas y airadas...”¡Heidegger!”, “...angustia...”, “l’homme est ce qu’il faut”, “wahl!”, “el hombre común...”, “¡el ID!”. Los físicos, algunos de los cuales iban colgando precariamente de los flancos del carromato, sobrepasados por una sensación de irrealidad ante la percepción de todos los fenómenos naturales (e incluso por al sensación de irrealidad del sentido visual que les permitía percibirlos, si es que eso era posible) que con frecuencia los sumía en violentos ataques de histeria, proferían una avalancha de ininteligibles símbolos.(...)

(Pàg. 174)
- (...) Codificarían sus ventajas. Codificarían sus inconvenientes. Y luego, diseñarían un proyecto.
- Tendría que ser uno muy bueno...
- Por supuesto que sería un proyecto imponente –dijo el señor Claud Hubris-.Vaya, incluso yo mismo, mientras estoy aquí sentado, sin la ayuda de ningún asesor de Instalaciones y Servicios, podría diseñar un plan de lo más brillante. De salida, cementaría las paredes de los acantilados. Construiría un mirador. Pondría una línea de autobuses para traer a la gente y que viera a todos esos desdichados hundirse en las arenas movedizas y ahogarse en los pantanos. Congregaríamos a miles de turistas... si no le parece a usted mal, claro.
- ¿Y cómo conseguiría que la gente se hundiera en las arenas movedizas?- preguntó Flora, con gesto fascinado.
-Venderíamos entradas. Tengo un acuerdo con la Sociedad para el Fomento de la Eutanasia. Le daría a usted el ocho y medio por ciento de los beneficios brutos. Además, vendríamos entradas para que los sádicos tirasen a los suicidas por los acantilados, y también para que los masoquistas se ahogasen en las arenas movedizas, si así lo desean. Bah, venderíamos montones de entradas sin despeinarnos. (...)


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