Rescate - David Malouf




"Somos hijos de la naturaleza, mi señor. De la tierra, tanto como de los dioses." 





Malouf, David. Rescate. 
Barcelona: Libros del Asteroide, 2012

Ransom. Traducció de Vanesa Casanova
 



 Que en diu la contraportada...
Hacia el final de la Guerra de Troya, Aquiles, furioso por la muerte de su compañero Patroclo a manos de Héctor, hijo de Príamo, rey de Troya, mata a Héctor y profana su cadáver arrastrándolo colgado de su carro alrededor de las murallas de Troya durante once días. Príamo, que no puede honrar la memoria de Héctor como es debido, decide rebajarse como ningún otro hombre lo ha hecho antes: se arrodilla ante su enemigo, el asesino de su hijo, y le suplica que le devuelva su cuerpo a cambio de un rescate.
David Malouf explicaría que en el encuentro entre Príamo y Aquiles, dos hombres poderosos devastados por la pena, narrado brevemente en la Ilíada, descubrió una de esas “historias no contadas que encontramos en los márgenes de escritores anteriores”:
Malouf, uno de los más prestigiosos escritores australianos contemporáneos, reelabora y amplía el material de la Iliada  en la que es su primera novela en diez años, Rescate; un homenaje al arte de narrar que ele permite hablar de temas como el amor filial, la guerra, el azar o la camaradería.

 Com comença...
La mar tiene muchas voces. La voz que este hombre ansía oír es la voz de su madre. Alza la cabeza, vuelve el rostro al aire gélido que entra por el golfo y prueba el sabor penetrante de su sal en los labios.

 Moments...
(Pàg. 11)
Era hijo de su padre, era mortal. Había entrado en el arduo mundo de los hombres, donde los actos del hombre lo siguen allá donde va en forma de historia. Un mundo de dolor, pérdida, dependencia, estallidos de violencia y euforia; de fatalidad y contradicciones fatales, de anhelantes saltos hacia lo desconocido y, por último, de muerte: la muerte de un héroe a plena luz del sol bajo la atenta mirada de dioses y hombres para la que el yo despiadado, el cuerpo endurecido, debía ejercitarse y prepararse a diario.

(Pàg. 33)
Desde la plataforma del carro, con rostro ceñudo y mirada de halcón, Aquiles baja la vista. Las lágrimas caen por dentro, las mejillas secas. Lanza una mirada atrás por encima del hombro hacia el lugar donde Héctor yace, boca abajo, en el polvo. Todo esto, se dice, es por ti, Patroclo.
Pero nunca es suficiente. Eso lo atormenta.

(Pàg. 51) 
Claro está, querida mía, que tú sabes que he cambiado, porque a ti nada o casi nada puedo ocultar de lo que soy. Para los demás soy lo que siempre he sido: el gran Príamo, pero solo porque realmente nunca me han mirado de cerca. Y cuando miran, lo que ven es lo que se supone que deben ver. Esa marca permanente a la que todo en mi reino hace referencia. Un figura decorativa y solemne que bien podría ser de piedra o de madera.

(Pàg. 75) 
¿Realmente crees que Héctor, que tan orgulloso era, que tanto te amaba y a quien tanto preocupaba tu dignidad regia, que combatió y entregó su vida para preservarla, le daría las gracias a su padre por aferrarse a las rodillas de su asesino como un simple humano, poniendo la gloria de Troya a la altura del polvo? Héctor lloraría, señor, como lo hago yo.

(Pàg. 78)
“Cierto es que los dioses me hicieron rey, pero también me hicieron hombre, un ser mortal. Me dieron la vida y todo lo que con ella viene. Hasta aquí, todo precioso. Pero también terrible, puesto que solo aquello que sabemos que vamos a perder nos resulta verdaderamente precioso. Los propios dioses nada saben de esto y, en este sentido, quizá incluso nos envidien (...).”

(Pàg. 100)
(...) el carretero siguió la estela que habían dejado bajo la superficie. A continuación se enderezó y volvió donde Príamo, quien, con aspecto inseguro y fuera de lugar, permanecía en pie observándolo. “Es como un niño –pensó-, un poquito retrasado. O como un hombre que se ha extraviado en sueños y no sabe ni dónde está ni cómo ha llegado hasta allí.”

(Pàg. 105) 
Un hombre tiene que tener un sentido práctico de las cosas, para ayudar al espíritu, señor, mientras se entretiene el pensamiento con una agradable sensación en el estómago y las piernas. Nada hay de malo en ello. Somos hijos de la naturaleza, mi señor. De la tierra, tanto como de los dioses.

(Pàg. 109)
En su propio mundo, un hombre hablaba únicamente para dar forma a la decisión que había tomado o para presentar un argumento a favor o en contra de algo. Para dar las gracias a alguien que se hubiera comportado bien o para reprender, ya fuera airadamente o con un ligero pesar, a quien no lo hubiera hecho. Para ofrecer un cumplido caracterizado por frases decorativas e invocaciones a la vanidad o al orgullo familiar prefijadas y establecidas desde antiguo. Era el silencio, no las palabras, el que expresaba algo. El poder residía en la contención: en mantener ocultas las intenciones propias y, en consecuencia, en preservar su misterio. A un niño se le permitía parlotear, hasta haber aprendido la lección; o a las mujeres, en el retiro de sus aposentos.
Pero allí fuera, cuando uno se paraba a escuchar, todo parloteaba. Era un mundo que hablaba por los codos.

(Pàg. 120)
La costumbre real, ese hábito de desviar la mirada, siempre, lejos de lo innecesario y particular, lo había puesto a salvo de todo aquello. Y aun así eran todas esas cosas innecesarias que poblaban la conversación del viejo, las ocasiones en las que el dolor y el placer se presentaban inextricablemente entrelazadas, las que tanto lo interesaban y conmovían.

(Pàg. 134)
(...) creo que es tentador, cuando se es joven como yo, hablar y escuchar lo que ocurre en el mundo. Ya habrá tiempo más adelante de poner caras largas y mostrarse taciturno, de quedarse quieto y decir hmmm... esto y hmmm... aquello. Ya pasaremos bastante tiempo en la tierra, padre. Ahí sí que hay silencio.

(Pàg. 144)
Aquiles apenas advierte nada. No es más que el ruido que los hombres adultos hacen cuando están en compañía y tienen miedo de adónde pueda conducirlos el silencio. Es el mismo estruendo que provocan los árboles zarandeados y las piedras al estrellarlas las unas contra las otras.

(Pàg. 150)
- Yo soy Príamo, rey de Troya –se limita a decir-. Me presento ante ti, Aquiles, tal y como me ves, tal y como soy, para pedirte, como padre y de hombre a hombre, el cuerpo de mi hijo. Para ofrecerte un rescate y llevármelo a casa.

(Pàg. 161)
Y cada mañana, al descubrir una vez más cómo los dioses lo han desafiado, enloquece de nuevo. Un dolor atroz recorres sus venas.

(Pàg. 169)
- Llámame, Príamo –dice con suavidad-, cuando las murallas de Troya caigan a tu alrededor y yo acudiré en tu ayuda.
Ha llegado el momento de la despedida.
Príamo hace una pausa y la crueldad de su respuesta que sale de sus labios lo sorprende.
- ¿Y si cuando yo te llame tú ya estás entre las sombras?
Aquiles siente cómo un escalofrío le recorre el cuerpo.
Hace frio ahí fuera.
- Entonces, para tu desgracia, Príamo, no acudiré.
Aquiles sabe que aquella es una broma de esas que hacen disfrutar a los dioses por su tétrico sentido del humor.

(Pàg. 181)
(...) ¡menuda historia que tiene para contar! La contará durante muchos, muchos años.
En sus primeros tiempos, mientras Troya permanece en pie, sólida y reluciente sobre su elevada colina, las figuras de las que hablará (Príamo, Hécuba, Aquiles) serán aún, en la mente de su audiencia, coetáneos de su mismo mundo, criaturas de carne y hueso como ellos. Más adelante, cuando Troya se haya convertido en la cumbre de una colina más batida por el viento, sus torres reducidas a escombros, sus ciudadanos dispersos o conducidos al exilio o la esclavitud, como Hécuba y la esposa de Héctor, Andrómaca, y Casandra y las demás mujeres de Troya, todo lo que tenga que contar, que alguna vez fue tan real como el picor que siente bajo su túnica y los piojos que aplasta entre sus uñas, se habrá convertido en una leyenda, mitad cuento, mitad fanfarronada de anciano.

(Pàg. 184)
¿Acaso los reyes, en su grandeza, se mojan los pies en corrientes heladas?
Este anciano, como casi todos los cuentacuentos, no es más que un ladrón de los cuentos de otros, de las vidas de otros. Se ha pasado la vida siendo un pobre obrero.

 Altres han dit...
El mono de tinta, DownunderEl atrevimiento de leerEl hacedor de sueños, La hora azulNovilis, Volver a GreciaEl Periódico, Détour, NPR (Dawn Tripp), Pep Grill.

 Enllaços:
David Malouf, l'autor i el seu procés creatiuuna història sencilla (segons l'autor)el veritable rescat, obrir els ullsnovel·la de personatges, context. claus interpretatives, Príam, Aquil·les, Hermes, Somax-Ideoel valor afegit de la traducció.

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