Bajo el árbol de los toraya - Philippe Claudel





"Como todo el mundo, necesito un poco de ilusión para resistir."  







Claudel, Philippe. Bajo el árbol de los Toraya.
Barcelona: Salamandra, 2017. 

L’arbre de pays Toraja. Traducció de José Antonio Soriano.
Col·lecció Narrativas



 Què en diu la contraportada...
En las montañas de la isla indonesia de Célebes vive el pueblo de los toraya, conocido por unos ritos funerarios que se prolongan durante varios días y congregan a toda la comunidad. Cuando un bebé muere, por ejemplo, su cuerpo se deposita en el interior del tronco de un árbol centenario que, poco a poco, lo envuelve y se nutre de él. Así, al crecer, el árbol conduce a los niños hacia el cielo, un símbolo escultórico mediante el cual se mantienen próximos los seres amados que ya no están.
El narrador de esta historia, un cineasta profundamente afectado por el fallecimiento de Eugène, su mejor amigo y confidente, descubre en los árboles de los toraya la síntesis del misterio de la vida y la muerte, como una llave maestra capaz de abrir ese recinto hermético en el que las personas escondemos las vivencias más íntimas. Asomándose al abismo de la pérdida, el narrador se encuentra, paradójicamente, cara a cara con la intensidad del amor, ese enigma insondable que nos liga al futuro mientras el presente desgarra nuestro ser.
Reconocida y celebrada en sus obras más emblemáticas —Almas grises, La nieta del señor Linh y El informe de Brodeck—, la prosa depurada, poética y luminosa de Philippe Claudel brilla aún más en este texto intimista, de gran hondura filosófica, que es a la vez un homenaje a la amistad y una oda a la fragilidad de la vida. Un viaje interior lleno de esperanza que nos invita a valorar la belleza que encierra nuestra efímera existencia.

 Com comença...
Los toraya viven en la isla Célebes. Son un pueblo cuya existencia está obsesivamente marcada por la muerte. Cuando fallece un toraya, la organización de su funeral se prolonga durante semanas, meses, a veces años.

 Moments...
(Pàg. 27)
El remordimiento, el tiempo, la muerte, el recuerdo no son más que las diferentes máscaras de una experiencia para la que el idioma no tiene nombre, aunque podría designarse de un modo simple con la expresión “uso de la vida”. Pensándolo bien, toda nuestra existencia consiste en los experimentos que realizamos con ella.

(Pàg. 57)
El ser humano sólo es un ser en paz durante una veintena, digamos que una treintena de años en la actualidad. Antes, y sobre todo después, lucha.

(Pàg. 61) 
Lo que acabó con nosotros también fue una cuestión de distancia. Yo era el perpetuo ausente. Mi presencia era temporal, intermitente, imprevisible. Florence quería un marido y había tenido una corriente de aire. Agradable, decía. Refrescante a veces. Insuficiente siempre.

(Pàg. 62)
Cuando me preguntan si tengo hijos, respondo que no, y digo la verdad. Y si me preguntan si los tuve, también contestaría que no, y seguiría diciendo la verdad. Pero si se lo preguntan a Florence, respondería que sí, que tuvo una hija, Agathe, pero que murió. Que ahora tendría veintidós años. Que seria una chica joven. Y Florence también diría la verdad, porque, a diferencia de mí, ha hecho crece a Agathe en su interior.

(Pàg. 71)
Estoy convencido de que, en el fondo, el cine puede prescindir de la cámara, de la película, de la sala. Hacer cine es decidir reorganizar los elementos que nos rodean. Es elegir contar una historia de la que formas parte. Es tomar el mando un poco y por un tiempo.

(Pàg. 94)
A veces el silencio parece el diálogo profundo de quienes se comprenden.

(Pàg. 100) 
(...) por primera vez en su vida, en su edad adulta, Eugène estaba solo. Un momento en que no estaba enamorado, en que ya no estaba con su anterior compañera, pero tampoco aún con la siguiente. El cáncer se había colado por la rendija que había dejado el amor. Un vez dentro, ya no había querido marcharse y se había dedicado a ensanchar metódicamente el pequeño hueco. Eugène había muerto de no amar y no ser amado.

(Pàg. 105)
Eugène era mucho más lector que yo. A ese respecto, su piso engañaba, porque no había libros en ninguna habitación. No los guardaba en su casa. En cuanto los leía los regalaba o los dejaba en un banco, un tren, la mesa de un bar. “Que den vueltas, como el mundo”.

(Pàg. 119)
Muerto Eugène, comprendí hasta qué punto nuestra amistad era una amistad de palabras y cómo, durante años, esas palabras intercambiadas habían representado para mí el armazón de la casa que todos intentamos construir con esfuerzo y paciencia y que se llama vida.

(Pàg. 125)
(...) necesito creer que lo que hago no se ha hecho nunca, al menos tal como yo lo hago, aunque no sea verdad. Si no, ¿cómo perdurar?

(Pàg. 132)
No tenemos más que una imagen parcial de nosotros mismo. Nunca nos vemos como nos ven los demás. La mayor parte del tiempo no somos para nosotros mismos más que una superficie plana y frontal, nunca una figura en movimiento, un cuerpo entero visto en el espacio, que se esculpe en tres dimensiones.

(Pàg. 151)
Nuestra vida no se parece en nada a una figura lineal. Más bien se asemeja al único ejemplar de un libro compuesto, para algunos de nosotros, tan sólo de unas cuantas páginas, limpias y lisas, escritas con una letra seria y esmerada; para otros, por un número mucho mayor de hojas, algunas desgarradas, otras con más o menos tachaduras, llenas de reinicios y “arrepentimientos”. Cada página refleja un momento de nuestra vida y, sobre todo, al hombre o la mujer que fuimos entonces y ya no somos, al que, si alguna vez sentimos el deseo o la necesidad de hojear el libro, vemos como un ser humano ajeno y a la vez, de forma paradójica, extrañamente cercano.

(Pàg. 157) 
Como todo el mundo, necesito un poco de ilusión para resistir.

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