La filosofía en el tocador - Donatien de Sade



"(...) es muy agradable escandalizar; produce un pequeño triunfo para el orgullo, nada despreciable."




De Sade, Donatien. La filosofía en el tocador. 

Barcelona: Tusquets Editores, 1988. 

La philosophie dans le boudoir. Traducció de Ricardo Pochtar
Col·lecció La sonrisa vertical
 



 Què en diu la contraportada...
Escrita en 1795, La filosofía en el tocador es una de las obras más significativas del marqués de Sade. Con el relato minucioso, casi científico, de las peripecias de Eugenia, una adolescente de quince años iniciada en los rituales del sexo por tres preceptores que desconocen -o quieren ignorar- los límites entre el bien y el mal, Sade franquea una vez más la barrera de todo precepto moral, de ayer y de hoy, introduciéndose a sí mismo -y de paso introduciéndonos a nosotros- en los abismos de los fantasmas y las fantasías sexuales que todos incubamos, con mayor o menor intensidad, en lo más recóndito de nuestro inconsciente.
A finales del siglo XVIII era costumbre publicar y leer lo que hoy se ha dado en llamar «la novela libertina».Sade transgrede por completo este género ligero y alegre, pues su enorme curiosidad por «los infiernos del alma» del ser humano le conducen a penetrar siempre más en las profundidades del deseo sexual dejándolo fluir sin reparos, sucumbiendo a él y arrastrándonos en su insaciable investigación del placer y del goce.
Es en este sentido precisamente en el que la obra erótica de Sade pasa a ser algo más que pura narración ; es no sólo una introspección en el mundo de lo incontrolable, mucho antes que la aparición del psicoanálisis, sino también un auténtico tratado sobre las múltiples caras de la moral en un período histórico de grandes conmociones, en el que los valores establecidos perdían su razón de ser. No es de extrañar que, periódicamente, la obra del «divino marqués» cobre renovado interés…

 Com comença...
A vosotros, voluptuosos de todas las edades y de todos los sexos, sólo a vosotros ofrezco este libro: nutríos de sus principios, que favorecen vuestras pasiones; pasiones con las que fríos y ramplones moralistas os espantan y que son sólo los medios que utiliza la naturaleza para lograr que el hombre llegue a comprenderse como ella misma lo comprende; escuchad únicamente a esas deliciosas pasiones; su órgano es el único que ha de conduciros a la felicidad.

 Moments...
(Pàg. 23)
Mme. de Saint-Ange. (...)¿Acaso no sabes que en esta reunión he de iniciarte en los más secretos misterios de Venus? ¿Tendremos tiempo en dos días?
Eugenia. Si no llegase a conocerlo todo, me quedaría... He acudido para instruirme y no me iré antes de alcanzar la sabiduría.

(Pàg. 26) 
Eugenia. (...) ¡Oh!, sin embargo, me siento tan confundida...
Dolmancé. Vamos, bella Eugenia, poneos cómoda... el pudor es una vieja virtud de la que, con todos vuestros encantos podéis prescindir de maravilla.
Eugenia. Pero la decencia...
Dolmancé. Otra costumbre gótica a la que en la actualidad se presta muy poca atención. ¡Es tan contraria a la naturaleza!

(Pàg. 30)
Mme. de Saint-Ange. (...) Una bonita muchacha sólo debe preocuparse por joder y nunca por engendrar. Pasaremos por encima de todo lo que se refiere al burdo mecanismo de la procreación y nos dedicaremos única y principalmente a las voluptuosidades libertinas, cuyo espíritu nada tiene de procreador.

(Pàg. 33)
Dolmancé. (...) Entregaos, Eugenia, abandonad todos vuestros sentidos al placer; que sea el único dios de vuestra existencia; sólo a él ha de sacrificarlo todo una joven, y nada ha de ser tan sagrado para ella como el placer.

(Pàg. 36)
Eugenia. (...) ¿Qué entiendes por la expresión puta? Perdóname, pero estoy aquí para aprender, ¿sabes?
Mme. de Saint-Ange. Así llaman, ángel mío, a esas víctimas públicas del libertinaje de los hombres, siempre dispuestas a plegarse al temperamento o al interés de ellos; dichosas y respetables criaturas que la opinión infama, pero que la voluptuosidad corona y que, mucho más necesarias para la sociedad que las mojigatas, tienen el coraje de sacrificar, para servirla, la consideración que esa sociedad se atreve a retirarles injustamente. ¡Vivan aquellas que se sienten honradas por ese título! ¡Esas son las mujeres verdaderamente ambles, las únicas verdaderamente filósofas!

(Pàg. 38)
Dolmancé. (...) [Dios] si es cierto que, suponiendo que exista, ese ser inerte sería seguramente el más ridículo de todos lo seres, porque sólo hubiese servido un solo día y desde hace millones de siglos se encontraría en una inacción despreciable; que, suponiendo que existiese tal como nos lo describen las religiones, sería seguramente el más detestable de los seres, porque permite el mal sobre la tierra, cuando su omnipotencia le permitiría impedirlo; si, digo, todo esto estuviera probado, como innegablemente lo está, ¿creeríais entonces, Eugenia?  Que la piedad el hombre hacia ese Creador imbécil, insuficiente, feroz y despreciable sería una virtud necesaria?.

(Pàg. 44)
Dolmancé. (...) la beneficencia es más un vicio de orgullo que una verdadera virtud del alma; socorremos a nuestros semejantes por ostentación, nunca con el solo propósito de hacer una buena obra; mucho nos enfadaríamos si la limosna que acabamos de dar no tuviese la mayor publicidad posible.

(Pàg. 49)
Mme. de Saint-Ange. (...) Que tus placeres no conozcan más limitaciones de lugar, de tiempo ni de personas. Todos los momentos, todos los sitios, todos los hombres deben ser apotr para tus placeres. La continencia es una virtud imposible, y por la que la naturaleza, violada en sus derechos, nos castiga inmediatamente con mil desdichas. Mientras no cambien las leyes, usemos algunos velos; la opinión nos lo impone; pero desquitémonos en silencio por esta castidad cruel que estamos obligados a mantener en público.

(Pàg. 62)
Dolmancé. (...) La imaginación es el aguijón de los placeres. En los de esta especie lo gobierna todo, todo lo guía. ¿Acaso no es por ella que se goza? ¿Acaso de ella no proceden las más excitantes voluptuosidades?

(Pàg. 66)
Dolmancé.. (...) En síntesis; en todas estas cosas parto del principio de que si la naturaleza prohibiese los goces sodomitas, los incestuosos, las masturbaciones, etcétera, ¿permitiría acaso que nos resultasen tan placenteros? Es imposible que pudiese toleras algo que verdaderamente la ultrajase.

(Pàg. 80) 
Dolmancé. (...) Lo único que cabe conservar de todo ellos es la blasfemia. No porque ne ésta haya más realidad, puesto que desde el momento en que Dios ya no existe ¿para que serviría insultar en su nombre? Pero ocurre que es importante pronunciar palabras fuertes o sucias en miedo de la embriaguez del placer, y las blasfemias son muy útiles para la imaginación. No hay que callar nada en ellas. Conviene adornarlas con el mayor lujo de expresiones. Es necesario que escandalicen lo más posible. Porque es muy agradable escandalizar; produce un pequeño triunfo para el orgullo, nada despreciable.

(Pàg. 82)
Dolmancé. (...) Fueron los primeros cristianos, permanentemente perseguidos por su imbécil sistema, quienes gritaban a los que querían escucharles: “¡No nos queméis, no nos desolléis! La naturaleza dice que no hay que hacer a los demás lo que no quisiéramos que se nos hiciera”. ¡Imbéciles! ¿Cómo podría la naturaleza, que siempre nos aconseja que nos deleitemos, que nunca imprime en nosotros otros movimientos, otras inspiraciones, cómo podría asegurarnos luego, con una incoherencia insólita, que no hemos de pensar en deleitarnos en caso de que ello suponga dolor para los demás?

(Pàg. 83)
Dolmancé.. (...) La crueldad está en la naturaleza; todos nacemos con una dosis de crueldad que sólo la educación modifica, pero la educación no está en la naturaleza: perjudica los sagrados efectos de la naturaleza tanto como el cultivo perjudica los árboles.

(Pàg. 115)
Dolmancé.  (...) Todos los hombres, todas las mujeres, se parecen: no hay amor que resista a una reflexión sana. ¡Oh, qué engaño es esa embriaguez que absorbe el resultado de nuestros estudios y nos pone en un estado tal que ya no vemos, que ya no existimos más que a través de ese objeto locamente adorado! ¿Acaso eso es vivir? ¿No es más bien privarse voluntariamente de todas las dulzuras de la vida?

(Pàg. 116)
Dolmancé. (...) Siempre putas, nunca amantes, huidoras del amor, adoradoras del placer (...).

(Pàg. 117)
Dolmancé. (...) conservemos nuestros amigos mientras nos sirvan; olvidémosles cuando ya no podamos extraer nada de ellos; nunca hay que amar a la gente por otra cosa que le propio beneficio amarla por ella misma es un engaño.

(Pàg. 118)
Eugenia. Pero si todos los horrores que nos preconizáis están en la naturaleza, ¿por qué las leyes se oponen a ellos?
Dolmancé. Porque las leyes no han sido hechas para lo particular sino para lo general; esto las coloca en una contradicción perpetua con el interés, dado que el interés personal contradice siempre al interés general. Las leyes, buenas para la sociedad, son muy malas para el individuo; porque, por una vez que lo protegen o lo resguardan , lo molestan  y lo esclavizan durante las tres cuartas partes de su vida; de modo que el hombre sabio y lleno de desprecio hacia ellas las tolera como hace con las serpientes y con las víboras, que aunque hieran o envenenen son útiles a veces en medicina; se protegerá de las leyes como lo hace de esos animales venenosos; se resguardará de ellas mediante precauciones, secretos, recursos habituales de la sabiduría y la prudencia.

(Pàg. 128)
(...) Un republicano no ha de arrodillarse ante un ser imaginario ni ante un vil impostor; sus únicos dioses han de ser ahora el valor y la libertad. Roma desapareció a partir del momento en que en ella se predicó el cristianismo (...)

(Pàg. 130)
(...) Licurgo, Numa, Moisés, Jesucristo, Mahoma, todos estos grandes bribones, todos estos grandes déspotas de nuestras ideas, supieron asociar las divinidades que fabricaron con su ambición desmesurada y, seguros de esclavizar a los pueblos con la sanción de esos dioses, se cuidaron bien de interrogarlos sólo en ocasiones determinadas y de hacerles responder únicamente lo que consideraban que podía serles útil.

(Pàg. 131)
(...) No nos contentemos con quebrar los cetros; pulvericemos para siempre los ídolos: de la superstición a la monarquía nunca hubo más que un paso.

(Pàg. 135)
(...) Ha de evitarse, pues, con el mayor cuidado, el introducir cualquier fábula religiosa en esa educación nacional. Nunca perdamos de vista que queremos formar hombres libres y no viles adoradores de un dios.

(Pàg. 136)
(...) cuando se tiene miedo, se deja de razonar; que se les ha recomendado especialmente que desconfiasen de su razón y que, cuando el cerebro está perturbado, se cree todo y no se examinada nada. La ignorancia y el miedo son las dos bases sobre las que se apoyan todas la religiones. La incertidumbre en que se encuentra el hombres respecto de su dios es precisamente el motivo que lo apega a su religión. El hombre tiene miedo de las tinieblas, tanto en el aspecto físico como en el moral; el miedo se hace habitual en él y se transforma en una necesidad. Creería que le falta algo si ya no tiene qué esperar o qué temer.

(Pàg. 140)
(...) No derroquéis sus ídolos con ira: pulverizadlos como si jugarais, y veréis cómo la opinión cae por su propio peso.

(Pàg. 176)
Dolmancé.  Lo único peligroso que hay en el mundo es la piedad y la beneficencia; la bondad sólo es una debilidad, y la ingratitud y la impertinencia de los débiles obligan siempre a la gente honesta a arrepentirse de ella.

 Altres n'han dit...
Paraísos artificiales, La pasión inútil, Buscando a las musas perdidas, Aminoapps, Pep Grill.

 Enllaços:
Marquès de Sade, el context de l'autor, el context del llibre, possibles fonts inspiradoresels principals punts de la filosofia sàdicafeminista i misògin, sobre l'egoisme i el llibertinatge, sobre la moralitat i contra la religió, natura non constritatur, contradiccions.

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